El juego del silencio Quince días antes de la desaparición #2
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Quince días antes de la desaparición #2

Valèria siguió pensando. Aquel paso en medio de la oscuridad no era el primero que oía desde que llegaron a aquella casa.

A veces había oído también ruidos extraños en plena noche o cuando iba sola al baño.

Incluso una noche le pareció percibir una respiración en su habitación.

Pero siempre se hacía la fuerte; abrazaba la almohada e intentaba pensar en otras cosas; al fin y al cabo, solo serían imaginaciones suyas.

—Sí… —dijo en esa ocasión, en cambio, asustada, pues se dio cuenta de que todo aquello quizá fuera un peligro real—. Los he oído alguna vez…

—¿Más de una vez? —preguntó Carla, sorprendida por su respuesta.

—Sí.

—Madre mía. ¿Cuántas veces? ¿Dónde?

—De noche… En la habitación, en el pasillo, en el baño…

Carla se tapó la boca. La situación era mucho más grave de lo que se imaginaba. No tenía ni idea de que hiciese tanto tiempo que Valèria los oía haciendo el amor.

—Valèria —intentó articular entonces, roja como un tomate—, perdónanos, cariño, perdónanos. No sabíamos… No teníamos ni idea.

La vergüenza la corroía por dentro. ¿Cómo podían haber sido tan estúpidos como para pensar que las paredes de aquella casa aislaban del ruido?

La imagen de los dos haciendo el amor, con Valèria en la habitación de al lado tapándose los oídos, le atravesó súbitamente el cerebro.

Era una imagen demoledora. Carla quería que se la tragara la tierra.

Tras unos segundos de estupor, hizo un gran esfuerzo para calmarse.

Tenía una misión. Debía ser valiente, debía hablar de sexo con su hija de todos modos, y con tanta naturalidad como fuese capaz; a fin de cuentas, no era nada malo, y Valèria tenía que saberlo.

Tomó aire y empezó a explicárselo todo. Midiendo cada palabra al milímetro.

Una vez que el desconocido llegó a la planta de arriba, se dirigió a la habitación más grande y se acercó al armario de Carla.

Se le aceleró el corazón. Todo olía a su perfume.

Abrió un cajón y, al ver lo que contenía, se le escapó un gemido procedente del fondo de la garganta.

Metió la mano y sacó un tanga. Era diminuto, sensual, de color negro y con unas transparencias que le parecieron terriblemente sexis.

En cuestión de minutos, la moto de Jan trepó hasta la pequeña iglesia.

Allí, en lo alto del valle, apagó el motor y se deleitó en el silencio que se imponía.

Oyó a los pájaros, los cencerros de las vacas a lo lejos, los abejorros y el arroyo.

También pudo contemplar Arcavell, recogido a sus pies.

Las cuarenta y cuatro casas de piedra, con sus tejados negros de pizarra, se dibujaban a media pendiente como si hubieran caído rodando de la cima de la montaña y se hubiesen detenido en el punto inestable donde ahora, de pura casualidad, se sostenían.

Alcanzó a verlo todo, menos a su familia.

Sentadas en la hierba del campo, delante de los caballos, Valèria y Carla seguían con su charla sobre sexualidad.

Valèria atendía a su madre con una mezcla de interés, vergüenza y un poco de angustia.

En algún momento incluso se le escapaba la risa, pero su madre parecía tan tranquila, tan firme y tan decidida que Valèria no podía sino seguir escuchándola.

Transcurridos unos minutos, la niña acabó entendiendo que todos los ruidos que oía por las noches no eran más que sus padres queriéndose, cuidándose, respetándose y pasándoselo bien, y que no debía volver a sentir miedo nunca.

En su explicación, Carla también le dejó bien claro que, aun así, a partir de entonces serían mucho más precavidos para no molestarla.

—Y con esto quiero decir que los adultos a veces también nos equivocamos y que intentaremos tener más cuidado, ¿de acuerdo? —concluyó Carla, con cierto arrepentimiento.

Valèria asintió.

Carla se inclinó hacia su hija y le dio un abrazo con la sensación de que estaba haciéndose mayor a pasos agigantados. Su hija era extraordinaria.

Una hora más tarde, Jan volvía a casa, abatido. No había sido capaz de encontrar a su familia por ninguna parte. Había probado a llamar a Carla, pero ella debía de haberse dejado el móvil en la habitación, cargando, como siempre.

Se dirigió al garaje, irritado con la despistada de su mujer, y abrió la puerta.

Pensaba aparcar la moto dentro, pero en ese momento vio que tenía las ruedas llenas de barro.

Si metía la moto en el garaje, lo dejaría todo hecho un asco.

No sabía qué hacer, se había comprometido a preparar la comida y ya eran casi las dos; Carla y Valèria debían de estar a punto de llegar.

Entonces recordó un pequeño porche de madera que había justo en la entrada del pueblo. Había visto que algunos vecinos a veces aparcaban las motos allí.

Volvió a encender el motor y salió disparado en esa dirección. La dejaría allí solo un par de días, hasta que se hubiese secado el barro.

El desconocido se despertó de golpe con el rugido de la moto que resonaba en la calle. Tuvo mucha suerte de que Jan hubiese decidido dirigirse al porche en el último momento. El hombre se había quedado dormido sobre la cama de matrimonio.

Se levantó de un salto y fue consciente de que últimamente jugaba con fuego: era el segundo día consecutivo que estaban a punto de pillarlo.

Se apresuró a recoger la ropa interior de Carla, que había acabado desperdigando por toda la habitación, y la devolvió al cajón, empujándola de cualquier manera.

Bajó las escaleras de caracol a toda prisa mientras se sacaba una bolsa de plástico del bolsillo.

Se encaminó a la cocina y la llenó de comida.

Luego se dirigió a la puerta que daba al patio, la abrió y se marchó corriendo.

A las dos y media, Jan ya había dejado la moto en el porche y había vuelto a casa.

Había ido a la cocina y había comenzado a improvisar una ensalada.

Solo le faltaba el toque final, un poco de carne, quizá, y pensó en el bull .

Se giró en redondo y miró hacia la isla, hacia el lugar exacto donde esa misma mañana Valèria había señalado los embutidos.

Pero, sorprendentemente, allí no había nada.

Se puso a abrir armarios, cada vez más extrañado; era posible que lo hubiese cambiado de lugar él mismo sin darse cuenta, últimamente tenía muchas cosas en la cabeza.

Pero el embutido no aparecía por ninguna parte.

Estaba empezando a preocuparse de verdad cuando el ruido de su familia al entrar por la puerta le quitó todos los dolores de cabeza.

—¡Papi! —gritó su hija, que echó a correr desde la entrada hacia la cocina para tirársele al cuello.

—¡Hola! —dijo él, contento de verlas—. ¿Qué tal ha ido?

—¡Muy bien! ¡Mira, tenemos un regalo para ti! —exclamó Valèria, al tiempo que le tendía el ramo de flores—. ¡Y mamá también ha preparado uno!

—¡Oh! ¡Qué bonito! ¡Y qué bien huele!

—Hola, amor —le dijo Carla al entrar en la cocina, y le dio un beso. Su voz denotaba el resentimiento por no haberlas acompañado.

Pero Jan se sacó su as de la manga.

—¿Se puede saber dónde estabais? He salido a buscaros en la moto cuando he terminado con el trabajo, pero no os he encontrado.

—¿Has salido a buscarnos? —preguntó Carla, enarcando las cejas.

—¿Has ido en moto? —contestó Valèria—. ¡Qué guay!

—Es que al final no hemos ido a la ermita —anunció Carla en un tono algo más conciliador—. Nos hemos acercado a ver a los caballos, ¿verdad que sí, Valèria?

Aquel día la familia Costa comió con una sensación extraña; cada uno tenía sus motivos: Valèria, por la inesperada charla sobre sexualidad que le había caído de la nada y que de vez en cuando aún recordaba con cierto asco; Jan, por la desaparición de los embutidos, y Carla porque, cuando subió a su habitación para cambiarse de ropa, descubrió que alguien le había revuelto la ropa interior.

Uno de sus tangas, que hacía mucho que no se ponía, estaba en el suelo.

Roto. «¿Ha sido Jan? ¿Desde cuándo lanza este tipo de indirectas? », pensó.

Faltaban muy pocos días para que todas aquellas preguntas cobrasen sentido.