Quince días antes de la desaparición
Quince días antes de la desaparición
De buena mañana, el olor a café y tostadas empezó a escapar de la cocina y fue ascendiendo por la escalera de caracol hasta llamar a la puerta de las habitaciones.
A los pocos minutos, y sintiéndose como el flautista de Hamelín, Jan vio aparecer por la puerta a una Valèria medio dormida y en pijama.
—¡Mira a quién tenemos aquí! —anunció Jan para sí mismo.
A aquella hora entraba una increíble luz blanca en la cocina. Todo —la isla central de madera, la encimera, las paredes de piedra, las vigas de madera maciza y el suelo de parquet— adquiría un tono invernal y nítidamente alpino.
Jan se encontraba delante de la isla, sentado en uno de los taburetes, mientras desayunaba con el periódico en la mano.
—¿Has dormido bien, preciosa?
Valèria había pasado una noche estupenda.
El día anterior, después del incidente de la ventana, sus padres habían empezado a tratarla con un buen humor del todo inusual.
La mimaron durante toda la cena, le rieron las gracias y la colmaron de atenciones, como hacía tiempo que no ocurría.
Incluso habían pasado por alto que no se acabase los guisantes.
No sabía a qué se debía todo aquello, pero le gustaba el aire que habían adoptado las cosas de pronto.
—Muy bien, papá —respondió muy sonriente.
Avanzó cuatro pasos y le dio un abrazo. Luego observó que en el centro de la isla descansaba la cafetera llena junto con varios platos con queso, fruta y embutidos.
Jan también lo miró, orgulloso. Acababa de ir a comprar a Can Pintor, el único establecimiento del pueblo, que hacía de tiendecita y de bar a la vez.
—¡Cuántas cosas! —exclamó la niña.
—Es para coger fuerzas para la caminata —dijo Jan—. ¿Qué te apetece?
La noche anterior, mientras cenaban, Carla había propuesto ir de excursión a Sant Andreu, una ermita situada en lo alto del pueblo. Valèria, con solo oírlo, se había puesto a dar saltos de alegría para celebrarlo.
—¿Y qué es esto de aquí? —preguntó, animada.
—Es bull . Y eso de ahí, butifarra negra.
—Mmm… ¿Y hay chocolate?
Su padre se rio y señaló el indispensable tarro de crema de avellanas, encima de la estantería.
—¡¿Qué pasaría si no hubiese chocolate en esta casa?! —rezongó, poniendo los ojos en blanco.
—¡Se acabaría el mundo! —Valèria rio.
—¡Ey, qué bien huele! —oyeron que exclamaba Carla desde la escalera, tras salir de la ducha—. ¿Ya estáis listos para la superexcursión?
Los dos contestaron que sí en el preciso momento en que el móvil de Jan empezó a vibrar encima de la mesa.
El padre lo cogió y comprobó que todos los planes del sábado acababan de irse al traste.
Se trataba de un mensaje de su jefe, que le decía que tenía que reelaborar un par de presupuestos y entregarlos antes de las dos de la tarde. Era una orden innegociable.
Carla entró en la cocina, cambiada y preparada para salir, con ropa deportiva, diadema y gafas de sol. Iba hacia el grifo para llenar la cantimplora de agua fresca cuando vio la expresión de su marido.
—¿Qué pasa?
—¿Te acuerdas de los presupuestos que te comenté, los de V. C. Studios? —balbució Jan—. Pues hay que rehacerlos por completo.
Carla frunció el ceño.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Pues que tengo tres horas para presentarlos antes de que nos retiren el contrato.
Carla cerró los ojos.
—Pero ¡no pueden hacerte eso, es sábado! —protestó—. ¿No puedes decirles que no?
Jan negó rápido con la cabeza.
—Ya sabes que me dejaron teletrabajar a cambio de ser un poco más flexible con los horarios.
—Ya…, pero ¡es sábado! —insistió Carla en tono de súplica.
Se estaba cabreando. A veces pensaba que a su marido le faltaba un poco más de mala leche, no era la primera vez que su jefe lo manejaba a su antojo.
—¡Lo siento! —respondió Jan, con un dejo de indignación. Los dos sabían que no podía hacer nada. Acto seguido miró a Valèria, se agachó y, con ternura, le dijo—: Papá no va a poder ir de excursión…, pero nos vemos a la hora de comer, ¿vale?
La niña lo encajó con una punzada en el estómago, y Carla lo percibió con claridad.
Al cabo de un rato, las dos salieron de casa. Entretanto, Jan subía las escaleras camino de su estudio para encender el ordenador y ponerse a teclear de mala gana.
Carla y Valèria comenzaron a recorrer las calles empedradas de Arcavell, oliendo las flores que los vecinos tenían en los balcones. Hacía un día espléndido. La primavera llegaba tarde a aquella montaña, pero, cuando lo hacía, era con rotundidad.
Quien no parecía captar la belleza que las rodeaba era Carla.
Con cada paso se enfadaba más con Jan. Estaba todo el santo día trabajando.
Era cierto que ahora ganaba mucho dinero, pero aun así habría preferido que dedicase más tiempo a la familia.
Además, hoy era un día importante, tenían que hablar de sexo con Valèria y hubiera estado bien contar con una figura masculina.
Poco a poco, salieron del pueblo y enfilaron un caminito sin asfaltar, rodeado de campos verdes.
Avanzaron unos metros más y pronto todo empezó a llenarse de árboles y flores silvestres.
Los insectos volaban de un lado para el otro, frenéticamente, disfrutando de aquel espectáculo de colores.
Valèria cogió un capullo de amapola que aún no había florecido.
—Mamá, ¿es gallo, gallina o pollito? —preguntó, jugando al juego que le había enseñado su madre.
—Mmm… Es grande —dijo Carla al tiempo que examinaba el capullo—. Pues yo creo que… es gallo.
Valèria abrió el capullo y aparecieron unos preciosos pétalos de color rojo.
—¡Has acertado! —celebró la niña—. ¡Has acertado! ¡Muy bien, mamá!
Carla rompió a reír.
—Venga, ahora te toca a ti, a ver… —murmuró, mientras buscaba otro capullo.
Carla echó un vistazo alrededor y recordó que muy cerca de allí había una explanada increíble.
Conocía el lugar de haber ido algunas veces sola a hacer yoga.
Si se acercaban, se desviarían de la ermita, pero podrían ver algo que a Valèria le gustaría mucho más que unas ruinas romanas: un cercado lleno de caballos.
—Vamos por aquí —dijo, señalando el camino de la izquierda—. Ya verás, tengo una sorpresa.
Tras una hora de trabajo intenso, Jan acabó.
Había avanzado mucho más rápido de lo que calculó en un principio.
Revisó dos veces los éxceles para comprobar que no se dejaba ningún dato y, con una dulce sensación de victoria, se lo envió todo a su jefe.
Luego, sin esperar respuesta, se levantó de la silla y fue a cambiarse.
Tenía una idea. Iba a dar una sorpresa a su familia.
Cuando llegaron ante los caballos, Valèria se quedó boquiabierta.
Eran unas yeguas enormes y majestuosas que galopaban y jugaban por un prado verde de ensueño.
Más allá, la pendiente descendía con suavidad hasta el fondo del valle y dejaba ver todas las montañas, con bosques frondosos y cordilleras escarpadas, algunas todavía con neveros en la cima.
Por todas partes, las flores llenaban aquel bodegón de lilas, amarillos y azules.
—¿Y si preparamos un ramo? —propuso Carla, tras contemplar a los caballos durante un buen rato.
—¡Un ramo! ¡Sí, sí! —respondió Valèria.
La madre pensó entonces que, aunque Jan no estuviese, aquel era un buen punto para sacar con Valèria el gran tema de conversación. No debía desaprovechar la oportunidad. Ni siquiera hacía falta que llegaran a la ermita, reflexionó, lo más importante en ese momento era hablar de madre a hija.
Jan se dirigió a la parte posterior del garaje, detrás de los coches.
Allí se alzaba una montaña insondable de cajas, bicicletas, maderas y bártulos diversos que habían amontonado con la mudanza y que nadie se había atrevido a ordenar aún.
Ensuciándose las manos de polvo, empezó a retirarlo todo para sacar lo que descansaba justo al fondo: su preciosa moto de cross.
Madre e hija habían empezado a recoger las margaritas y campanillas que tenían alrededor cuando Carla se armó de valor:
—Oye, Valèria, una pregunta. Anoche… ¿oíste algo extraño?
Valèria dejó de recoger flores y enderezó la espalda. Sus ojos azules como dos zafiros la observaron sin parpadear.
—No.
Cuando vio que Jan salía disparado calle abajo en su moto, cabalgando por encima de los adoquines, la silueta del desconocido volvió a dibujarse delante de la puerta de la Era Vella. Debía terminar el trabajo que había dejado a medias el día anterior.
Abrió la puerta con destreza y se introdujo en la vivienda como un gato. Después, empezó a pasearse por el comedor, sintiéndose como en su casa, recreándose en el olor que había dejado impregnado la familia.
A continuación, subió la escalera de caracol despacio, oyendo cada crujido que emitían los escalones de madera al acoger su peso. Era como la sinfonía de su existencia, lo que le hacía formar parte del mundo real.
—¿No nos oíste a papá y a mí? ¿En la cocina? —insistió Carla.
La niña hizo memoria y volvió a negar con la cabeza.
—Valèria —repitió Carla, muy despacio—, antes de que se rompiese la ventana…, ¿no oíste nada?
Valèria se puso a pensar y finalmente recordó que sí que había oído algo a su espalda, un sonido muy similar a un paso. Y era cierto que había sido justo antes de que se produjese aquel golpe tan fuerte contra el cristal. Al pensarlo, un escalofrío de temor le recorrió la columna.
—Ah —dijo—. Creo que sí…
Carla suspiró, acababan de llegar al meollo del asunto.
A unos kilómetros de su casa, Jan recorría un sendero lleno de barro que serpenteaba por la montaña. Era el camino que llevaba a la ermita de Sant Andreu.
La invencible KTM, a pesar de los años, devoraba el paisaje con avidez, surcando los charcos y sorteando las rocas que encontraba a su paso sin ninguna clase de esfuerzo. Hacía tiempo que Jan no se sentía tan vivo ni tan joven. Ya tenía ganas de ver a su familia.
—Y esos ruidos no te gustaron, ¿verdad? —preguntó Carla, persistente—. ¿Te molestaron?