El juego de Caronte (Elena Carrasco 2) AÑO 2025
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El juego de Caronte (Elena Carrasco 2)

El juego de Caronte (Elena Carrasco 2)

Por Noemi Jovellanos

© inepub.com

AÑO 2025

En algún lugar en alguna parte…

19 de octubre. 19:35h.

Darío Santamaría comprobaba todas las unidades, una por una. Valeria Cortés analizaba la situación. Era su mano derecha, la encargada de que el show no tuviese ningún contratiempo. Las redes sociales se habían hecho eco de que algo grande iba a suceder. Todas las plataformas digitales esperaban el evento. Sería retransmitido en directo, en streaming.

Pero no era un evento cualquiera. Darío había gastado una cantidad indecente para hacer realidad su último deseo antes de morir. Se puso su máscara cadavérica, tapando una gran parte de su cara amarillenta, lo que los médicos llamarían ictericia por fallo hepático. Un cáncer terminal, narrado a tiempo real por su médico de confianza, el doctor Albiol. La noticia al principio fue una patada directa al alma. Cuarenta y dos años, una de las mayores fortunas a nivel mundial, en la flor de la vida, y ese maldito cáncer de páncreas acabaría con todo. Un año de vida. Nueve meses, seis… Hasta que, días antes de la cita más morbosa de su vida, eran días. Suero, silla de ruedas, y un aspecto que no incitaba nada bueno. Sabía que no iría a la cárcel, que en el infierno le esperarían con los brazos abiertos, aunque en el fondo, no había sido tan malvado en su vida. Había ayudado a los más desfavorecidos, creó una asociación altruista para familias con pocos recursos económicos, y había construido dos centros para gente sin hogar. En el limbo siempre habría un hueco para él.

Marcos Villar era uno de los cerebros involucrados en la causa. Tres meses atrás, Darío se reunió con él. Director de realización, había trabajado en realities y diversos shows televisivos de máxima audiencia, pero se sentía frustrado por no haber hecho en su vida realmente algo importante más allá de meter en una casa a doce personajes polémicos o dirigir desde una isla del Caribe a un puñado de personajes que no hacían más que quejarse por todo. Val lo había convencido con tan solo una frase —y mucho dinero—: Esta será tu obra maestra.

Valeria Cortés y Darío Santamaría se habían conocido años atrás, durante una conferencia de mujeres en el ejército. Desde entonces congeniaron, y lograron ser grandes amigos, casi socios en el pasado. El magnate y ella habían tenido una charla tiempo atrás sobre el sistema judicial en España, no fue un debate, porque ambos opinaban igual. Las víctimas no recibían justicia y la justicia era demasiado blanda con los peores criminales inimaginables.

Y así nació “El juego de Caronte”. Horas, días y semanas de negociaciones. Darío solo esperó el momento y soltó la frase que todos estaban esperando: comenzamos el streaming el día 19 a las 22:00h.

Tal y como habían acordado, Darío pasaría durante cuarenta y ocho horas a llamarse Caronte. El barquero del inframundo en la mitología griega, el encargado de transportar las almas de los muertos a través de los ríos que separaban la vida de la muerte.

Val pasaría a ser Némesis, la alegoría del castigo divino, y también la copresentadora del evento.

Nadie dudaba de que aquello fuese a ser un éxito sin precedentes. Se habían hecho películas, sagas completas. Caronte lo equiparó a una serie, ‘The Boys’, que venía a preguntarnos cómo sería el mundo real si los superhéroes existiesen. Darío tenía su versión personal. ¿Cómo conectaría el mundo con un espectáculo en directo que puede que hayamos visto en la gran pantalla? ‘Los juegos del hambre’, ‘Saw’, ‘Escape room’. ¿Realmente el mundo sería tan morboso como para ver muertes reales en directo comiendo palomitas y bebiendo un refresco?

“El juego de Caronte” era un juego, pero también un reto, una tesis que bien podría ser objeto de estudio. Faltaban minutos para las 20:00h. Comenzaba el PreShow. Némesis dio el visto bueno a los compañeros de realización liderados por Marcos Villar. Junto a él, Lucía Andrade, directora de fotografía, una cineasta independiente que había trabajado sin subvenciones, pero también sin éxitos comerciales. Dani Ortega, editor en directo, según sus profesores, un genio técnico, pero streamer frustrado. Experto en el manejo de cámaras, efectos y gráficos a tiempo real. Iván Roca, sonidista, técnico de sonido de cine, cree que el sonido es un 60% de la experiencia, y lo graba con mimo, mezclando con la idea de dar un impacto emocional, capturando cada grito, cada respiración profunda y agónica. Sara Pons, guionista y redactora, una periodista de investigación que acabó caída en desgracia, investigó los crímenes de los concursantes, y contactó con las familias de sus víctimas. Un Community Manager, Álex Ferrer, el responsable de las redes sociales, de leer comentarios en directo, es quien seleccionará los tweets y mensajes que serán mostrados en pantalla, y también gestionará las votaciones públicas después de cada prueba. Paula Vega, técnico de Streaming, es ingeniera informática y la persona encargada de trabajar junto a Némesis en la infraestructura, manteniendo servidores distribuidos, cambiando IPs y evitando bloqueos, con antecedentes por hackeo a nivel global, aunque nunca fue condenada por ello. Y por último, tres operadores de cámara que serán los encargados de manejar las cámaras fijas y móviles, trabajando en turnos de cobertura 24/7 y capturando cada detalle, cada ángulo.

Seis guardaespaldas, un perito, ocho obreros de construcción y un médico completaban el equipo. Darío no había reparado en gastos, y se había encargado personalmente de que todo fuese perfecto, desde el primer segundo… Hasta el último. Todo coordinado, todo estudiado al milímetro.

Las redes esperaban atentas qué habría detrás de aquella cuenta atrás a la que tan solo le faltaban cuatro minutos para su streaming. Caronte se incorporó con su silla de ruedas en la plataforma elevada que habían montado para la ocasión.

Faltaban dos minutos cuando Álex Ferrer les informó de que el hashtag #ElJuegoDeCaronte acumulaba más de un millón de comentarios entre todas las redes, y el vídeo con la cuenta regresiva en directo sumaba más de cuatrocientas mil personas conectadas. El marketing había funcionado.

Marcos Villar se colocó junto a la cámara principal que enfocaba a Caronte y a Némesis con sus respectivas máscaras y sus trajes de etiqueta.

—Seis y entramos.

La luz roja se encendió. Estaban en directo.

—Buenas noches desde donde nos estéis viendo y bienvenidos a “El juego de Caronte”. Yo soy Caronte y ella —miró a Val—, es mi compañera, la conoceréis como Némesis. Aquí comienzan cincuenta horas, alguna menos, que esta noche dejaremos aire para todo lo que se viene después. Como digo, cincuenta horas de absoluto entretenimiento, diversión y justicia, que no todos podréis soportar.

Némesis continuó.

—Sí, queridos espectadores, porque lo que vais a presenciar solo lo habéis visto en películas, en series, todo ficción, pero esto es la vida real, y todo lo que veáis, sintáis y escuchéis a partir de ahora será verídico. Pero para que no os marchéis antes de tiempo —miró a Caronte—, jefe, ¿qué te parece si les vamos poniendo al día?

—Me parece una idea maravillosa, Némesis…

Álex les enseñó una pizarra blanca donde anotó un dato: 1,2m. Pasaban del millón en directo.

—Os explico brevemente de qué va esto. Esta última semana —la cámara enfocó a los guardaespaldas—, mis hombres han secuestrado a ocho personas. Os las vamos a presentar y podréis votar en directo si os parecen culpables o inocentes. Si los declaráis inocentes, se marcharán libremente, si todos os parecen así, se acabó el juego. Pero si pensáis que son culpables, el juego comienza.

Némesis bajó de la plataforma, acompañada por uno de los cámaras, que la seguía en directo.

—Esta belleza de mujer os va a presentar a nuestras auténticas estrellas de la velada. En vuestra mano está el futuro del concurso, del streaming, pero sobre todo, de ellos. Podéis empezar a votar ya en redes, hemos activado Facebook, Instagram y Twitter, o X, como ahora quieren que lo llamen.

Caronte le pasó el testigo a Némesis. Esta estaba ya en la planta baja de la nave. Frente a ella, ocho celdas individuales, cada una tapada por una lona con el logo del concurso.

—Y ahora vamos a conocer a nuestras ocho atrevidas víctimas, porque si la justicia no hace su trabajo, lo vais a hacer vosotros.

Destapó la primera lona. Un hombre de unos cincuenta años y barba de varios días despertaba del sedante que le habían suministrado.

—Julián Marcos Vega, lo vamos a hacer famoso como ‘El pederasta’. Maestro de primaria, ocho denuncias por abusos a menores, niños de entre seis y nueve años, todas ellas archivadas por falta de pruebas. Ahora da clases en un colegio privado. Chicos, desde vuestras casas, tenéis cinco minutos para votar. ¿Culpable o inocente?

La realización enfocó a Caronte.

—Julián Marcos Vega. Durante quince años abusó de niños bajo su cuidado. Ocho familias lo denunciaron, y ocho veces el sistema le protegió. Hoy, esos niños son adolescentes rotos, y mientras, él, lejos de estar entre rejas, sigue enseñando.

Realización cambió el plano a Némesis, a pie de celda.

—Julián, durante años metiste tus sucias y podridas manos en lugares sagrados, inocentes, hiciste sentir miedo a niños. Ahora es el momento de que tú sientas ese miedo multiplicado.

Julián receló, intentó agarrar a Némesis, sin éxito.

—¡Me habéis secuestrado! ¡Os voy a denunciar, hijos de puta!

—Ups, ¿se pueden decir palabrotas en directo? —Némesis sonrió a cámara—, ¡Por supuesto que se puede, y más cuando no hay tabúes!

Realización volvió a enfocar a Caronte.

—El pueblo decide, voten. Falta un minuto para cerrar la votación. Si el porcentaje de inocente es superior, Némesis abrirá su celda y ‘El Pederasta’ será libre.

Detrás, en una esquina, había una pantalla con una cuenta regresiva, similar a la que habían emitido antes de conectar con el directo. Una vez se quedó en cero, Caronte dio los resultados.