Capítulo 2
Bella
Apenas había amanecido cuando abrí la puerta de mi piso.
Me sentía agotada, teniendo en cuenta que casi no había dormido nada.
Tras mi charla con Thomas, horas atrás, él acabó dándose una ducha y decidió dormir en la habitación de invitados, mientras yo me quedé en la suya con el niño.
Pasé la noche en vela, por miedo a aplastar al bebé con mi cuerpo, ya que no estaba acostumbrada a compartir la cama con nadie.
—¡Ay! —refunfuñé para mis adentros mientras dejaba caer mi bolso en el sofá y me quitaba los tacones—. Estoy destrozada.
Descalza, recorrí el camino que me llevaría a la cocina y, a continuación, preparé la cafetera, pues me moría de ganas de tomarme un café bien fuerte.
Pulsé el botón de mi contestador automático y la voz de mi hermana no tardó en resonar en la habitación:
— ¡Buenos días! ¿Y bien? Apuesto a que te has levantado con muy mala cara porque tu jefe te ha vuelto a engañar, ¿verdad? ¿Qué te ha mandado hacer esta vez?
Puse los ojos en blanco al instante, molesta por sus palabras. Bianca solía ser pesada la mayoría de las veces. De hecho, no solo ella.
Ignoré su mensaje y me fui a mi habitación. Necesitaba darme una ducha urgentemente antes de volver al piso de Thomas.
***
Un rato después
Acababa de llegar al edificio donde vivía Thomas cuando recibí su llamada.
—¿Dónde estás? —me preguntó con tono imperativo—. ¡El bebé no para de llorar, Bella, por el amor de Dios! —su tono denotaba pura desesperación. Casi me eché a reír.
—Ya voy —le avisé, sin aliento, por todo el ajetreo del día—. Envía a alguien a ayudarme con mis cosas, por favor —le pedí—. Acabo de entrar en el garaje del edificio.
—De acuerdo. —Colgó.
A pesar de estar tan liada, conseguí sacar todo del maletero. Justo después, alguien vino a echarme una mano. Era un chico muy joven y atento.
—Supongo que usted es Bella, ¿verdad? —preguntó, sonriendo—. Me llamo John. El señor Thomas me ha pedido que le ayude con el equipaje —dijo, haciendo un gesto con la mano—. ¿Puedo? —Señaló mi maleta con ruedas.
Exhalé, sintiéndome sin aliento.
—Por favor… —le di permiso—. Cuando preparé mis cosas, no imaginé que la maleta pesaría tanto —murmuré, mientras caminábamos uno al lado del otro—. Creo que soy una mujer llena de baratijas —solté una risita, acompañada por él.
— La señorita es mujer, y las mujeres suelen llevar más equipaje. Es normal —sonrió amablemente. Sus hoyuelos le daban mucho encanto.
Cogimos el ascensor y seguimos charlando, aunque sobre ningún tema relevante.
En cuanto llegamos a la planta de Thomas, le di las gracias a John y él se alejó, volviendo al ascensor.
Me llevé un susto tremendo cuando mi jefe abrió la puerta y el llanto agudo de Antony invadió mis oídos.
—¿Por qué has tardado tanto? —se quejó, con los ojos muy abiertos, mientras mecía al niño de un lado a otro.
Me fijé en que su traje estaba todo arrugado y manchado.
También tenía pequeñas ojeras bajo sus ojos claros.
—Ya sabes que el bebé no ha dormido bien, así que se ha despertado con el pañal sucio.
He intentado prepararle las gachas, pero creo que no le han gustado, porque me ha vomitado encima —se quejó, mientras yo seguía parada en la puerta—. Huelo a vómito y a caca.
Me llevé la mano a la boca, intentando ocultar las ganas de reírme ante su discurso desesperado. Antony seguía refunfuñando en su regazo.
—¿Has conseguido cambiarle el pañal? —pregunté, estirando los brazos para coger al niño.
—Lo intenté, pero creo que no salió muy bien —dijo, haciendo una mueca—. ¡Maldita sea! Llego tarde a la empresa.
—No me has contado cómo fue la reunión con los chinos —comenté al entrar. Le pedí que me trajera mis cosas, que se habían quedado en la puerta. —¿Han aceptado la colaboración? —Sería maravilloso que las palomitas de Popcorn se comercializaran en China.
—Han pedido una semana para dar una respuesta —respondió—. Pero tengo confianza.
Caminé por el vestíbulo, observando al pequeño Antony. Necesitaba un baño, además de estar, claramente, de mal humor.
—¿Has pasado por una tienda de niños? —preguntó Thomas de repente, haciéndome mirar hacia atrás, en su dirección. Vi que rebuscaba en mi bolsa de ositos de peluche.
—No —respondí, acercándome—. Estos ositos son míos. —Me miró con incredulidad—. No puedo dormir sin mi Bob Esponja.
En cuanto lo dije, Thomas se echó a reír a carcajadas. Me invadió una mezcla de rabia y vergüenza. No tenía la culpa de sentir apego por mis ositos.
— ¿Entonces duermes abrazada a «Pantalón Cuadrado»? —se burló, lo que me irritó. Tenía la cara roja de vergüenza. — ¿Dónde está? —preguntó, rebuscando en el contenido de la bolsa que tenía en las manos.
Enfurecida, le quité la bolsa de las manos.
—¿Por qué no te vas a dar un baño y te arreglas un poco, en lugar de perder el tiempo burlándote de mis ositos? —gruñí, dejando clara mi indignación.
Thomas parpadeó, dándose cuenta de que me había enfadado. Su postura se volvió rígida mientras intentaba esquivar la situación embarazosa.
—Vale, vale, lo siento —levantó las manos, alejándose y disimulando mientras miraba la hora en el reloj—. Creo que… —se rascó la garganta— voy a subir a darme un baño.
Al decir eso, dio media vuelta y, prácticamente, salió a toda prisa.
***
Media hora después, estaba terminando de cambiarle el pañal sucio a Antony cuando oí a Thomas llamándome desde el baño. Dejé al niño en el suelo, donde ya había colocado almohadas y cojines, y salí de la habitación, recorriendo el pasillo hacia el baño de invitados.
—¿Qué pasa? —pregunté tras llamar a la puerta.
—¿Me puedes traer una toalla? Se me ha olvidado —respondió.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? Por casualidad, no querrás que entre ahí, ¿verdad? —Automáticamente, mi mente se llenó de imágenes obscenas sin que pudiera controlarlo. Sentí cómo se me calentaban las mejillas al imaginarlo desnudo. ¡Maldita sea! Empecé a quedarme sin aliento.
—¡Solo tienes que abrir la puerta y pasármela, Bella! —explicó él, totalmente ajeno a mi desesperación interior.
Nerviosa, fui a su habitación y busqué toallas en su armario.
Mientras buscaba, oí llorar al pequeño Antony.
Unos instantes después, volví al baño, pero con el bebé en brazos.
Temblando, di un golpecito en la puerta y la abrí, pero acabé tropezando por los nervios y por llevar al niño en brazos, así que la puerta se abrió más de lo que debía y vi…
¡Oh, mio Dio! Vi la magnífica belleza del hombre que dominaba mis pensamientos las veinticuatro horas del día.
Sin aliento y mortificada, le lancé la toalla y traté de escapar lo más rápido posible; sin embargo, volví a tropezar y me golpeé la frente contra el marco de la puerta.
—¡Ay! —exclamé, notando que me había hecho un rasguño.
Unos instantes después, Thomas se acercó.
—¿Te has hecho daño? —preguntó angustiado.
—No ha sido nada, todo va bien —me apresuré a decir, porque estaba deseando salir de allí lo antes posible. Me moría de vergüenza de mirarle.
—¡Ni mucho menos! Déjame ver… —exclamó, acercándome hacia él. Sus ojos se fijaron en mi frente—. Tienes un pequeño corte. —Lo examinó minuciosamente—. Ven…
Me arrastró hasta el lavabo, de donde sacó un botiquín de primeros auxilios.
Yo era un manojo de nervios; lo único que mi cerebro era capaz de mostrarme era la rápida visión que había tenido de su cuerpo, gloriosamente desnudo.
Y allí… estaba el ser humano… cubierto únicamente con un trozo de tela alrededor de la cintura. ¿Por qué, Dios? ¿Por qué me tientes?
Contuve la respiración todo lo que pude; estaba tan tensa que Antony, en mis brazos, pareció sentir mi tensión, porque empezó a lloriquear.
—Oh, cariño, no llores… Shh… —murmuré, forzando la voz.
En ese momento, Thomas terminó de pegar la tirita sobre el corte y eso hizo que el pequeño soltara una risita encantadora. El sonido agudo nos hizo reír a los dos.
Aparté la mirada del niño y me topé con Thomas mirándome con un brillo diferente; me sentí avergonzada.
— Soy un desastre como padre, y tú como niñera —susurró en tono divertido.
Sonreí.
—Niñera y secretaria —le corregí, arrancándole una preciosa sonrisa.
Por un instante, nos perdimos el uno en el otro; estábamos tan cerca que podía oler el aroma de su piel y de su pelo recién lavado… No me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta el momento en que él, por fin, se apartó, con aire incómodo.
— Bueno, yo… —se aclaró la garganta— voy a arreglarme e irme a la empresa.
Asentí con la cabeza, arreglándome un poco.
—Vale —murmuré, sin saber muy bien qué decir—. Yo… me ocuparé del bebé —dije. Pero él ya había salido del baño.
¡Maldita sea!