El jefe y el bebè Capítulo 1
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Capítulo 1

Bella

De niña, solía oír a mi madre decirme que mi corazón era tan grande como mis propias fuerzas. Decía que, algún día, mi bondad podría meterme en un buen lío.

Y allí estaba yo… a mis veintitrés años, sintiendo cómo el arrepentimiento me carcomía por dentro y por fuera, mientras veía al bebé revolviéndose en la cama con esas piernecitas cortas y regordetas.

¿Por qué no fui capaz de decirle que no a ese pecado con forma de hombre?

Thomas no podía tener tanto control sobre mí. ¡Era injusto, por no decir ridículo!

Nerviosa, empecé a rebuscar en la bolsa del pequeño, que estaba tirada a los pies de la cama.

Pasé tanto tiempo allí, parada como una idiota, después de que Thomas se marchara, que tardé en darme cuenta de que, cuando el bebé se despertara, necesitaría comer y, probablemente, que le cambiaran el pañal.

Notaba cómo me temblaban las manos mientras rebuscaba en el contenido de la bolsa. Encontré el biberón y las papillas. Pero no tenía ni idea de si habría leche en la nevera.

Eché un vistazo al bebé en cuanto empecé a oír sus gorjeos.

Me acerqué, después de dar la vuelta a la cuna, y me incliné para observarlo mejor. Los ojos azules eran los mismos que los de Thomas. La boquita era pequeña y roja, y se chupaba los deditos, con aire hambriento e impaciente.

—Hola, pequeño. —Le acaricié su carita rosada—.

¿Tienes hambre, eh? —Lo cogí en mi regazo, analizando sus reacciones.

Su mirada fija en la mía era seria y curiosa.

Parecía estudiarme, tal y como yo lo estaba haciendo con él.

—¿Estás intentando seducirme? —Bromeé, pellizcándole la naricita.

Su gritito sonó fuerte, haciéndome derretir de puro amor.

¿Cómo pudo su madre dejarlo atrás de esa manera?

Salí de la habitación y me dirigí a la cocina para prepararle unas gachas. No tenía ni idea de cómo hacerlo, pero sin duda sería más fácil que los cálculos que tenía que hacer en mi día a día en la empresa.

Un rápido vistazo al reloj me hizo darme cuenta de que Thomas llevaba ya unas dos horas fuera, lo que me hizo sospechar.

Sabía que la reunión con los chinos no tardaría tanto, teniendo en cuenta que ya llevaban unas semanas comunicándose por teleconferencia.

No quería creer que él, sencillamente, me hubiera abandonado allí con ese bebé tan mono.

Manteniendo el equilibrio, me arrastré de un lado a otro por aquella cocina, sujetando al bebé con un brazo y utilizando el otro para preparar el biberón. Nunca había tenido experiencia con niños, aunque deseaba formar mi propia familia.

Una vez lista, calenté la papilla en el microondas y, a continuación, fui al salón.

Acuné al niño en mi regazo y le di el biberón.

Me resultó imposible no sonreír al ver con qué avidez empezaba a succionar el líquido espeso.

Sus preciosos ojitos se fueron cerrando automáticamente a medida que su barriguita se iba llenando.

No pude evitar pensar en lo egoísta que había sido la mujer que le había dado a luz al abandonarlo como si no fuera nada.

La verdad era que mi mente bullía con todas las posibilidades, preguntas y dudas sobre todo aquello, teniendo en cuenta que ni siquiera sabía que Thomas había tenido una relación que hubiera dado lugar a un hijo.

Obviamente, no teníamos toda esa intimidad, aunque yo lo deseaba con todas mis fuerzas.

—Eres el bebé más bonito que he visto nunca —susurré, acariciándole las mejillas rosadas y regordetas.

Al cabo de unos minutos, lo llevé de nuevo al dormitorio y lo acurruqué en la cama. Lo rodeé de almohadas y cojines, por miedo a que se despertara y se cayera.

Frustrada, me quité los zapatos y me puse más cómoda, ya que mi noche imaginaria —llena de sexo con mi jefe— se había ido al traste. Intenté concentrarme solo en el lado positivo… estaba haciendo una buena acción.

***

Medianoche en punto.

Mi paciencia ya estaba por los suelos y lo único en lo que mi mente podía pensar era en las innumerables posibilidades de acabar con mi jefe.

Era obvio que se había olvidado de mí y de su propio hijo.

Era evidente que, sencillamente, estaba actuando como si fuera mi obligación pasar la noche haciendo de niñera de un niño que no era mío.

Pasé las últimas horas deambulando por todas las habitaciones; husmeando en todo y descubriendo detalles que, hasta entonces, solo existían en mi imaginación. Admiré su habitación… olí su ropa… y me imaginé revolcándome con él por el suelo, los dos desnudos…

Sin embargo, en ese momento, ya no quedaba amor en mi interior, solo rabia y frustración.

Amarlo no significaba pasar por alto sus errores.

***

A las dos de la madrugada empecé a oír el ruido del pomo de la puerta.

Como estaba echando una siesta en el sofá, me desperté de repente, asustada.

Enseguida me levanté, un poco aturdida, y corrí al vestíbulo a tiempo para vislumbrar la llegada de ese holgazán de mi jefe.

Estaba tan enfadada que lo que me apetecía era lanzarme sobre él.

—¿Acaso se ha olvidado de que yo también tengo una vida? —le pregunté en cuanto lo vi cerrar la puerta, todavía de espaldas a mí. Mi voz alterada pareció asustarlo. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba borracho.

¡Justo lo que me faltaba!

—Por-por favor, no… grites —murmuró, tambaleándose y presionándose la cabeza.

Pasó a mi lado, casi tirándome al suelo al chocar sin querer con mi brazo. Fui tras él como una loca.

—¡No me puedo creer que te estuvieras emborrachando mientras yo estaba aquí cuidando de tu hijo, Thomas! —exclamé, indignada—. ¿Al menos fue en la reunión con los chinos?

—¡Claro que sí! —replicó, casi ofendido.

Se dejó caer en el sofá, derrotado y sin fuerzas.

—Es que no sabía qué hacer cuando llegara a casa…

—me miró con esos ojos asustados—. No entiendo nada de bebés…

ni sé cómo cuidar de niños. —Se llevó las manos a la cara y se la frotó, despeinándose.

Me fijé en que tenía la ropa toda arrugada.

Suspirando, me dejé caer a su lado en el sofá. Acabé compadeciéndome de él.

¡Oh, mio Dio! Era muy influenciable.

— Al fin y al cabo, ¿cómo ha aparecido este niño aquí? ¿Desde cuándo sabes que tienes un hijo?

Respirando con dificultad, se inclinó apoyando los codos en las rodillas; miró al frente, pero sin ver nada en realidad.

—Fue un descuido de una noche —respondió con la voz un poco entrecortada, pero lo entendí perfectamente—.

Cuando me enteré, insistí en hacerme cargo del niño después de que hiciéramos la prueba de ADN.

Jenna es una mujer totalmente desequilibrada.

No tiene ni el más mínimo tacto para ser madre.

—Sacudió la cabeza, perdido—. Siempre la he ayudado con los gastos, pero no tenía pensado criarlo.

Esa loca, sencillamente, apareció aquí y me dejó a nuestro hijo, y luego se marchó. ¿Qué voy a hacer con este niño, Bella?

Me sentí angustiada ante su desesperación.

Le cogí las manos entre las mías, intentando transmitirle una tranquilidad que yo misma estaba lejos de sentir.

—Estoy segura de que las cosas se arreglarán —afirmé, esforzándome por mostrarme optimista—. El niño es un encanto. Ni siquiera ha llorado. —Solté una risita solo para intentar aliviar el ambiente.

De repente, percibí un brillo diferente en sus ojos. Me asusté cuando sus manos apretaron las mías y su cuerpo se volvió completamente hacia mí.

—Tienes que ayudarme —me pidió con tono suplicante—. Tienes que ayudarme a cuidar de este niño.

Abrí mucho los ojos y parpadeé frenéticamente.

—¡Ni hablar! —Negué con la cabeza, soltándome de sus manos y poniéndome de pie. Todo mi cuerpo se tensó—. Ese es un problema tuyo, Thomas. Lo siento.

Lo dejé en el salón y subí corriendo las escaleras para coger mis cosas. Tenía que salir de allí lo antes posible.

—Pero ni siquiera has escuchado mi propuesta —murmuró a mis espaldas. Me sorprendió incluso que hubiera conseguido subir las escaleras tan rápido, a pesar de su evidente embriaguez.

—No me interesa. —Volví a negarme, sentándome en la cama para ponerme las sandalias—. Tú fuiste quien hizo a ese bebé tan mono, así que asume las consecuencias. Yo no tengo nada que ver con eso.

Thomas se desesperó y se puso de rodillas delante de mí. ¡Oh, madre mía! ¿Por qué tenía que hacerme eso a mi tonto corazón?

—Te prometo que te pagaré una buena suma de dinero —declaró, mirándome con ojos suplicantes.

Mi corazón latía a destiempo mientras miraba de él al precioso y regordete bebé que dormía en la cama.

¡Mierda!

—¡Oh, dannazione[1] , Thomas! —exclamé en italiano, indignada conmigo misma—. ¡Basta ya!

La desesperación iluminaba sus hermosos rasgos.

—Podrías venir a vivir aquí —insistió, poniéndose de pie mientras se aflojaba la corbata—. ¡Sería perfecto! —balbuceaba como un loco.

Parpadeé, incrédula.

—¿V-vivir aquí? —Mi voz apenas se oía.

—Claro —respondió como si fuera obvio—. ¿Cómo piensas cuidar de él a tiempo completo?

—¿Pero quién ha dicho que haya aceptado? —pregunté con voz ahogada—. ¡No me he estudiado para ser niñera! —me indigné.

Y ahí estaba otra vez… el pánico en sus ojos… el miedo a que yo no aceptara.

—Por favor, Bella… ¡Te duplico el sueldo! De hecho, te lo triplico. Pero no me dejes tirada.

Me quedé en silencio, analizando todo… asimilando sus palabras.

—Mira… —sacó un talonario de cheques y garabateó algo rápidamente—. Te adelanto el primer sueldo, por favor, acéptalo. Si te parece demasiado, al menos quédate el tiempo necesario hasta que encuentre a alguien en quien confíe.

—¿Cómo se llama? —susurré la pregunta, señalando al bebé.

—Anthony —respondió, dirigiendo la mirada hacia su hijo dormido—. El pobrecito fue fruto de una noche de borrachera y sexo desenfrenado, no entraba en mis planes. Su madre no va a volver y yo no puedo abandonarlo.

—¿Tu familia no puede ayudarte?

—¡Ni siquiera saben que el niño existe! —explicó, cansado—. Su madre es una mujer sin escrúpulos, si sabes a lo que me refiero…

Me quedé pensativa. Era obvio el tremendo lío en el que se había metido y, lo peor, parecía totalmente perdido. Pero mi vida ya era un auténtico caos, ¿cómo iba a poder ocuparme de un bebé?

Cogí el cheque y se me cortó la respiración al ver la absurda cantidad. Me habría caído de espaldas si no hubiera estado sentada.

No podía ser hipócrita y negarme a mí misma lo beneficioso que sería ese dinero en mi vida.

— ¡Argh! — refunfuñé, sacudiendo la cabeza, sin poder creer que fuera a aceptar toda esa locura. — Vale. Lo aceptaré.

¡Qué lío![2]