Capítulo 15 #3
—Vamos, volvamos con tu marido. Es tu día y no deberías preocuparte por nada ni por nadie.
Eleanore decidió no bailar esta vez para darle un descanso a la pierna, y en pocos minutos se encontró entre unas cuantas damas que se habían congregado en un extremo de la recepción.
A pesar de la atmósfera festiva, no lograba quitarse de encima la incertidumbre que se cernía sobre ella como una sombra. Bajo el resplandor de las arañas de cristal y la luz suave de las velas, de pronto se sintió perdida en un mar de invitados elegantemente vestidos.
Pequeños detalles seguían aflorando en su memoria, alimentando sus dudas y socavando su autoestima.
Su mente analizaba sin descanso cada momento con George, excluyendo lo sucedido la noche anterior, y le señalaba con doloroso detalle que, aunque el tiempo juntos ciertamente había sido agradable, el joven conde nunca había comenzado verdaderamente a cortejarla.
Luchaba por mantener una sonrisa en el rostro, pero por dentro, la duda y la incertidumbre la carcomían.
El pensamiento de que George simplemente la había usado la víspera la golpeó como una bofetada. Incluso en medio de aquella alegre compañía, se sentía sola y perdida. Los ojos de los demás invitados parecían clavados en ella, y se veía como una marioneta obligada a bailar al son que otros marcaban.
Y entonces, cuando la noche se acercaba a su punto álgido, sintió de pronto un alivio.
Alivio de que George al menos hubiera sido lo bastante considerado como para hacer todo lo posible por evitar un posible embarazo.
Una fría oleada de alivio la invadió, porque en el fondo no creía que él fuera a querer casarse con ella jamás.
Al mismo tiempo, sin embargo, llegó otra punzada al corazón cuando la conclusión lógica tomó forma en su mente: aquello era exactamente lo que él había planeado desde el principio, y sus acciones obedecían más a su propia protección.
En ese momento, comprendió que su relación con George nunca había tenido futuro. El frío de aquella certeza se posó sobre su corazón como un manto helado, y supo que tenía que alejarse de él antes de que sus sentimientos le causaran más daño.
Con un hondo suspiro, Eleanore se sentó en una de las viejas y ornamentadas sillas de la habitación de invitados, a la que había entrado en silencio y con discreción.
Tenía los hombros caídos, el rostro marcado por las lágrimas y el dolor.
La desesperación la había vencido, y todas sus preocupaciones y temores sobre su supuesta insuficiencia la abrumaban.
Un sollozo suave escapó de sus labios mientras se limpiaba con manos temblorosas las lágrimas que seguían corriendo por sus mejillas enrojecidas. Se sentía pequeña e insignificante, con la autoestima desmoronándose bajo el peso de sus propias dudas.
Cuando se miró en el espejo, la imagen la golpeó como una bofetada.
Tenía el rostro hinchado y enrojecido, los ojos abultados por el llanto.
Las manchas rojas en las mejillas brillaban como marcas de su tormento interior.
Sus propias carencias le gritaban que alguien como Lord George, fuerte, atractivo y deseable a pesar de su discapacidad, jamás se interesaría por alguien como ella.
Un grito ahogado de dolor escapó de su garganta mientras se hundía en el autodesprecio. Toda esperanza se desvaneció cuando se admitió que nunca merecería el amor ni la aprobación de un hombre como Lord George.
***
Con paso decidido y un suave golpe, Eleanore entró en las habitaciones de Lord George.
Tenía que hablar con él, aunque por dentro estuviera hecha un manojo de nervios.
El corazón le latía con tanta fuerza que temía que él pudiera oírlo.
Cuando se volvió hacia ella, sus ojos reflejaron sorpresa y preocupación.
—George —comenzó con voz temblorosa pero firme—. Necesito hablar contigo.
Se levantó pesadamente de la silla, con la mirada intensa fija en ella.
—¿Qué ocurre, Eleanore? Pareces alterada.
Eleanore tragó saliva antes de continuar.
—Es lo que Caroline me contó esta noche... Sobre lo que les dijiste a mis padres cuando estaba inconsciente.
La expresión de George se ensombreció un instante antes de responder con suavidad:
—Lamento que tuvieras que enterarte así. No quería hacerte daño.
—Eso no basta, George —respondió ella con una mezcla de desesperación y determinación—. ¿Por qué dijiste que no sentías nada por mí? ¿Era verdad?
George suspiró y se acercó un paso.
—Eleanore, tienes que entender...
—No, George —lo interrumpió con la voz quebrada—. Quiero oír la verdad. Dime que no me amas, que nunca seré más que una amiga para ti.
Amor. ¿De verdad quería que le dijera que no la amaba?
El joven conde ni siquiera estaba seguro de lo que sentía, y mucho menos de lo que no.
Se hizo un silencio entre ellos mientras George buscaba las palabras adecuadas. Finalmente, bajó la mirada y respondió con suavidad:
—No puedo decirte eso, Eleanore. Lo único que puedo decir es que te aprecio mucho, pero... es complicado.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos al oír aquellas palabras.
—No me basta, George —susurró con la voz rota de dolor—. No me basta.
George sintió que se quedaba sin palabras mientras intentaba explicarle a Eleanore por qué había dicho aquello.
Vio el dolor en sus ojos y se le desgarró el corazón.
De repente sintió el impulso de consolarla, de sentirla, de abrazarla.
Sin pensar, fue hacia ella tan rápido como pudo, se inclinó y la besó con suavidad, posando los labios sobre los suyos.
Eleanore vaciló al principio, con los labios apretados, pero luego se abandonó poco a poco al beso. La ira que había estado hirviendo en su interior se transformó gradualmente en desesperación y desolación. Anhelaba consuelo, cercanía, una distracción de todos sus pensamientos y preocupaciones.
Al percibir su reticencia, George intensificó sus esfuerzos por calmarla. Le lamió los labios con suavidad, invitándola con delicadeza a abrirse a él. Finalmente, ella lo besó con pasión y sus cuerpos se fundieron en un intento desesperado de llenar el vacío.
La colmó de afecto, besándole cada centímetro de piel que podía alcanzar mientras la acariciaba con toques suaves y tiernos.
Eleanore se hundió en su abrazo, en su ternura, aunque una pequeña parte de ella le gritaba que lo apartara, que lo rechazara para siempre por haberla traicionado.
Pero su cuerpo, el traidor, respondió al instante.
El calor le estalló en el pecho y entre los muslos. Cuanto más urgentes e intensos se volvían los besos de él, más humedad se acumulaba entre sus labios ya hinchados.
El deseo de George estalló al saborearla, olerla, tocarla. Con suavidad pero con firmeza, la presionó contra la sólida superficie del escritorio.
Fuerte como era, logró levantarle un poco las nalgas y sentarla sobre el escritorio. A ella se le escapó un gritito de sorpresa cuando él se colocó entre sus piernas, y lo sofocó con más besos ávidos.
No estaba estable sin las muletas, pero se apoyó en el escritorio con la mano izquierda mientras con la derecha le agarraba la falda y se la subía.
El deseo lo dominó, aunque una pequeña parte de él, la que aún era un caballero, le preguntaba con urgencia si estaba haciendo lo correcto.
Pero cuando Eleanore le devolvió los besos y las caricias con igual intensidad, con una mirada lujuriosa y febril en los ojos, las objeciones se desvanecieron tan rápido como habían llegado.
Con un gemido, se sacó del pantalón el miembro más que dispuesto y abultado y la penetró profundamente; un gemido hondo y retumbante se le escapó de los labios.