Capítulo XXVIII El huevo de la nave.
La explosión fue brutal y ensordecedora.
El huevo alienígena, aquel enorme objeto que yacía oculto en las colinas cercanas, estalló en una llamarada que iluminó la noche y llenó el aire de un calor abrasador.
Frantxo, desde la distancia, sonrió con una mezcla de triunfo y alivio, mientras veía cómo las criaturas eran consumidas por las llamas.
El fuego arrasó con todo a su paso, reduciendo a cenizas a los invasores y poniendo fin a una amenaza que parecía imparable.
Pero el costo había sido alto: casas quemadas, caminos destruidos y vidas perdidas.
Sin embargo, aquella explosión era también un renacimiento, la señal de que la resistencia podía ganar.
Frantxo se acercó a las ruinas humeantes, sintiendo en la piel el calor y la gravedad del momento. Sabía que no era el final definitivo, pero sí un punto de inflexión. La lucha seguiría, pero ahora con la esperanza encendida.
Entre el humo y las cenizas, Frantxo alzó la vista y, con una sonrisa burlona, murmuró: “Que se quemen un rato. Aquí seguimos.” La batalla podía estar ganada, pero la guerra continuaba.