Capítulo IX Que hable la escopeta.
La noche cubría El Jardín con un manto oscuro y pesado, como si el propio cielo quisiera ocultar el desastre que estaba por venir.
Las calles, que hasta hace poco vibraban con risas y música, ahora eran escenario de un silencio tenso y expectante.
Desde la lejanía, se oían los primeros disparos, cortando el aire nocturno con su eco metálico y seco.
Frantxo se movía con rapidez, la escopeta apretada contra el pecho, sus ojos clavados en las sombras que se deslizaban por los bordes del pueblo.
Cada disparo era un grito de resistencia, un desafío lanzado al enemigo invisible que avanzaba con ferocidad.
“Que hable la escopeta, que se enteren que aquí no somos corderos”, mascullaba entre dientes mientras ajustaba la mira y disparaba.
En cada centelleo del cañón, una sombra caía, pero eran muchas más las que emergían.
La batalla no era solo física, sino también moral: mantener la valentía cuando el miedo quería apoderarse de cada rincón.
En el Vallejo, algunos vecinos, armados con palos, cuchillos y lo que encontraran, se agrupaban alrededor de Frantxo, buscando una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.
Álvaro, con el rostro tiznado y la mirada firme, gritaba órdenes improvisadas para reforzar las barricadas.
“No os rindáis, que esto es nuestro hogar, nuestra tierra,” decía con voz ronca, intentando que el terror no les robara el alma.
Frantxo sentía el peso de un liderazgo inesperado.
Nunca se había visto a sí mismo como un héroe, pero ahora, con la vida de tantos colgando de un hilo, no le quedaba otra.
“Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará,” pensaba, mientras el sudor mezclado con polvo le corría por la frente.
Cada disparo era un latido que mantenía vivo al pueblo, un grito de resistencia que se negaba a callar.
La noche avanzaba y la lucha se volvía más encarnizada.
Pero a pesar del ruido, del caos y del miedo, en cada gesto, en cada acción, brillaba la voluntad inquebrantable de un pueblo que no iba a entregarse sin pelear.
El eco de la escopeta era también el eco de su corazón, firme y decidido, resonando en la oscuridad.