El jardín del mundo El jardín del mundo
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El jardín del mundo

EL JARDÍN DEL MUNDO

Yo no nací sino para quereros

(Garcilaso de la Vega)

*

Amanece sobre el círculo de la tierra.

Todo es vago e incierto.

Transcurre el tercer día de la creación.

Las nubes se arremolinan.

Las praderas, sembradas de árboles inmensos, se desperezan.

La luz que cae desde arriba,

como si se tratara de riachuelos verticales,

posee la blanca consistencia de tu semilla.

*

Fecundación incesante por los siglos de los siglos.

El amor y el deseo ajenos al tiempo.

Desprovistos de toda palabra

y de cualquier interpretación.

*

Se crean el sol y la luna.

El agua y la tierra.

Los bosques y los animales.

Faltamos vos y yo

para que la vida adquiera su sentido verdadero.

*

Una voz dice que seamos.

Y somos.

Nos vemos desnudos en la pupila transparente del mundo.

Y aunque hemos sido recién creados,

estamos sedientos ya de eternidad.

*

Corremos desnudos.

Alucinados por los parajes florecidos.

El polen nos invade

como una bendición y una promesa.

Nos introducimos en los ríos

y chapaleamos envueltos en la dicha.

Untados de fugacidad,

nos sabemos perennes y absolutos.

*

El tiempo no existe, amor mío.

Y si él asoma su perfil de agobio,

podemos destruirlo con el abrazo.

*

Vos y yo.

Encaramados en los árboles.

Recibiendo en los rostros

el agua de las cascadas.

Hablando con las ranas, las salamandras y las lombrices.

Sumergidos por siempre

en la cálida humedad de nuestra unión.

*

Sobrevuelan el horizonte.

Fluido maculado detenido en el viento.

Su aleteo es más elocuente que cualquier canto.

Movimiento de alas traspasado por la luz.

Y son incontables.

Están pasando desde el inicio del tiempo.

En la lejanía, hacen un giro

y entran por las oquedades de la tierra.

Su huella es la pregunta que debemos responder.

En la elevación y en la caída

somos como ellos.

En el vértigo y también en la parálisis.

Su destinación poco importa.

Más allá hay un horizonte jaspeado.

En él está pintado el vuelo.

Único signo capaz de nombrarnos.

*

Nos detenemos ante una fuente diáfana.

Vemos al unicornio y las gacelas beber el agua.

En el centro, encima de unas rocas diamantinas

y circundada de grama verde,

está la forma erguida.

En su florecimiento puntiagudo y rosado

se refleja la imagen de tu sexo.

Como él dentro de mí,

aquel se dispara hacia el cielo

donde las estrellas se vuelven infinitas.

*

Tu rostro es el de un fruto luminoso.

En él no hay ojos, ni boca, ni cejas, ni cabello.

Su color y redondez

son de una intensidad jugosa.

Entonces hablas con la voz de un vegetal.

No sé lo que me dices.

Pero entiendo cabalmente tu secreto.

*

Indagar tu cuerpo deseado.

Descifrar el significado de tus lunares.

Besar el que está encima de tus labios.

Husmear el que se oculta en tu pubis.

Sumergirse en el boscaje de tu pelo.

Vararse en la suavidad de tus manos.

No salir del pozo de tu ombligo.

Y, en la amplitud de la felicidad,

iniciar de nuevo mi búsqueda.

*

Por un momento,

oteamos al hombre

que conversa con el búho.

Al otro que se olvida de sí

hundiendo el tórax en las aguas cristalinas.

Y a ese otro,

situado debajo de nosotros,

que espera la llegada de un ratón mensajero.

Lo nuestro, sin embargo, es hablarnos.

Una vez más dices lo inasible

y yo respondo con la expiración

de mi asombrado aliento.

Me tocas el vientre

y yo toco tu rodilla.

Ambos tibios en la ansiedad compartida.

Preguntamos,

cuando creemos terminado nuestro diálogo,

si se debe salir de la burbuja donde estamos.

Y el silencio

es lo único que se nos contesta.

*

Giro para verte

y de nuevo tu rostro

se ha metamorfoseado.

Me miras ahora

con la sinceridad de una ciruela.

Donde estaba tu pelo,

hay un peciolo de verdor ennegrecido.

Percibo que levantas una pierna

y jugueteas con ella.

Yo quisiera posar mis manos

sobre tus nalgas

para sentir otra vez su diáfana dureza.

Pero empiezas a decirme algo.

Constato que,

donde antes había labios y lenguaje,

surge el ignoto deleite.

Sé que amarte es adentrarse

en una música ajena

a cualquier significación.

*

Cabalgas sobre un pájaro enorme

y cierras los ojos

y alzas un brazo

y tu cabeza se convierte

en una gota de agua.

Del pico de otra ave

recibes una mora

cuyo jugo posee la espesura

de toda la sangre enamorada.

Más allá, brotas del penacho

de otra criatura alada

y te dispones a volar

hasta la nube más inalcanzable.

*

Me acomodo sobre unas alas recogidas.

Y mientras me nutre el calor

de las plumas abigarradas,

escucho.

Abarco la sonoridad del jardín

y soy por un instante la matriz

en que la música transcurre.

*

Tu pelo es como el mío.

Semejante a una fogata,

capaz de llegar hasta el inicio de tus caderas.

Es, a veces, amarillo como el plumaje del canario.

En otras, brilla al modo de un sol inextinguible.

Tu pelo cubre la desnudez que nos acompaña.

Para luego propagarse

en el aire como una señal,

propicia a todas las celebraciones.

Tu pelo, coronado de manzanas rojas

y de un ramillete de tréboles de tres hojas,

clarifica cualquier duda.

Al olerlo,

se traza la vía que lleva al prístino principio.

*

Doy pequeños saltos.

Cada vez logro ascender más.

Atrapo con mis manos el aire fugitivo.

Y reconozco que soy

la raíz más honda de la tierra.

Los círculos hechos por mi cuerpo

comienzan a producirme vértigo.

Me dices que cierre los ojos.

Giro una y otra vez

y mi pecho se transforma en una fruta

y mi cabeza es la de una avecilla

de grandes ojos cerúleos.

En algún momento,

temeroso de que te envuelva

en mi circunvolución infinita,

me has puesto una yedra púrpura

dueña de la misma flexibilidad de mis movimientos.

Me observas

como si yo fuera un ser de otro tiempo.

Y decides unirte a mí.

Somos cuatro piernas que danzan.

Cuatro brazos

que juegan con el viento.

*

El pájaro en mi pie.

La frambuesa en mis manos.

Mi espalda en el césped.

La cabeza que hace movimientos

de atrás hacia adelante.

Si me impulso lograré dar la vuelta

y rodar hasta que mi cansancio se funda en risa.

Acaso no quede más territorio para recorrer.

Sólo estoy para vivir suspendida

en el anhelo de querer hacer otro giro más.

*

Te inclinas para ofrecerme tu culo.

Florescencia parda

como un río de aguas remotas

y después bermeja

como el manjar más inolvidable.

*

Las valvas negras están tatuadas

con las irradiaciones argénteas del agua.

Nos hemos introducido en ella

para sabernos en la oscuridad del légamo.

Aunque la luz del jardín entra al aposento

y tapiza de azul la superficie

sobre la cual nos hemos acostado.

Besarnos ha sido probar

lo salobre y lo dulce.

En el instante

en que nuestras lenguas se tocan,

somos como ese mejillón de rocío

protegido por las valvas.

*

Un manojo de moras

es lo que el lago nos obsequia.

El pato de mirada ignota nos lo ha traído.

Las frutas son un manojo de estrellas rojas.

Y es como si el resplandor acuático

y la tersura tibia del aire

hicieran que cada mora

detuviera sus múltiples ojos en nosotros.

Atendemos su llamada

y nos adentramos en el lago.

Las moras,

en nuestras bocas,

revelan la acidez de lo innombrable.

*

El gran pez

ha salido del agua

para que rocemos sus escamas temblorosas.

Sigue vivo

porque la muerte no existe

en este rincón del mundo.

No sabemos cuánto tiempo ha transcurrido

y él nos sigue contemplando

desde su perplejidad sin orillas.

Dice que regresemos con él

al agua de los primeros días.

*

La arboleda

que está en tu frente

es espesa

y prolonga tu anhelo solitario

de unirte a los demás.

Te ves altivo y esbelto.

Momentáneo y soñador.

Cierras los ojos para intentar el abrazo

y ser el dueño absoluto del jardín.

*

Estas tres mariposas

son para vos,

amado mío.

Como las tres frambuesas

que salen del tronco azul

y buscan tus manos.

Estos besos míos,

palabra vaporosa y exhalación susurrante,

buscan tu aliento.

La fresa,

antes tan grande

que ambos cabíamos en su dulzura inacabable,

existe ahora sólo para tu boca.

Y estas alas mías son las tuyas

para que vueles

y explayado en la infinitud del cosmos

entres en mí una vez más.

*

Nos unimos a la cabalgata.

Detrás del felino coronado con un pez y del jabalí

y de la criatura que tiene un árbol como cornamenta.

Nos montamos sobre el equino,

que es tan blanco como la pureza de nuestro anhelo.

Nuestras piernas se cruzan

y se acarician al descender por los ijares.

Yo me aferro a tu cintura,

tú te pegas a mi pubis.

Cuando susurro mi amor en tus oídos,

caen de algún lado

unos pétalos encarnados

que nos cubren los rostros.

Forcejeamos

en medio de la tiniebla súbita.

Hasta que logramos sacar las manos

por arriba de la envoltura.

Y ante la ausencia de las palabras

y del encierro,

nuestras manos

logran la perfecta unión.

*

Te congregas, en la cabalgata,

con quienes son el reflejo de tu búsqueda.

Tu frenesí ha superado todo límite.

Me gusta que te hagas

monódico y repetitivo.

Plural y tumultuoso.

Y cuando te recuestes sobre la cola del felino.

Y gires sobre el medio arco de la luna

para contemplar la vastedad del cielo.

Cuando hayas deslizado tu desnudez

sobre la concavidad de la hoja

que tiene forma de coraza.

Y tu voz sea consumada

en el coloquio con las aves negras.

Y se te haya resuelto el arcano

de montar un cerdo transparente

para pretender el vuelo del alcatraz.

Cuando ya hayas hecho tus volteretas de vértigo

sobre el lomo del caballo,

sabrás que yo te estaré esperando.

*

Volverás a mí

sucedidos todos tus escudriñamientos.

Y nos reclinaremos sobre la giba del camello.

Y les diremos,

extasiados por la esbeltez de sus cuerpos,

a las dos garzas que nos guíen por entre las praderas.

Y allá, entre los bosques inextricables,

hallaremos por fin

nuestra amada perdición.

*

Me siento sobre el plumaje de un pájaro

que, de repente, me ha acogido.

Lo primero que oigo

es la caótica estridencia del jardín.

El agua que pasa y ensordece.

Las brisas convertidas

en huracanes desmesurados.

Las criaturas y sus variadas lenguas.

Pero, poco a poco,

llega a mis oídos una vibración pausada.

Llevo mis manos a las orejas para acariciarlas.

Y es el silencio,

revés de la agitación,

andamiaje oculto

sobre el cual se sostiene el universo,

el que comienzo a descifrar.

*

En el lago más grande,

donde desembocan los cuatro riachuelos,

nos hemos bañado otra vez.

Pensábamos que, sobre las aguas incoloras,

iba a caer la noche.

Pero arriba,

así se vea la redondez de la luna

y los astros se puedan palpar con las manos,

la luz era invencible.

Todo se detenía en el estallido

de una radiación tan rotunda

que hasta el blanco opalino del horizonte

afirmaba que nuestra herencia

nada tenía que ver con la opacidad.

*

Seguimos a la multitud que salía del agua

para introducirse en el cascarón del huevo.

¿Qué había allí que nos atraía tanto?

¿El olor del inicio de la vida?

¿El de la acritud y la putrefacción?

¿Aquel rastro pegajoso

que hablaba de nuestra consistencia más secreta?

¿El aroma providencial del vientre

del cual veníamos

y hacia el cual íbamos?

*

¿Quiénes somos?

¿Esa pareja que pregunta a la orilla del río

y es respondida por la ardilla

brotada de nuestras cabelleras?

¿Somos esos dos que se hunden

en el agua para perseguir renacuajos

imposibles de agarrar?

¿O somos aquellos que avanzan,

tomados de la mano,

hacia donde termina el agua y principia

el dominio de las infinitas moradas del viento?

*

Estos palacios tienen el color

de nuestros resquicios más ocultos.

Sus fachadas apuntan hacia arriba.

Las idean la almeja rosada de mi sexo

y los promontorios erguidos del tuyo.

Algo de seno y de testículo

hay en sus entrecruzamientos

para buscar un más allá de espesuras arbóreas.

Entrar en sus aposentos,

de caída y vacío,

es atravesar la espiral

sin fin de toda posesión.

*

Alrededor de la esfera de un azul redondo,

las grietas de la superficie nos reflejan.

Me paro en la cabeza

y me veo en ti parada en la cabeza.

Te precipitas o me precipito al lago

y alguno de los dos estira la mano

para que el otro vuelva

a la pasarela de las acrobacias incesantes.

Chorros de agua salen

por unas aberturas tubulares

que poseen un semblante de hojas bulbosas.

A veces,

nos paramos en la superficie de madera

y hablamos sobre lo que significaría

extender la mano para tocar el agua.

La extendemos

y logramos untarnos de la misma limpidez

que hay a nuestro derredor.

*

Avanzamos por entre un laberinto de paredes

formadas por cataratas sucesivas.

Hay tramos en que debemos pasar

por tubos cristalinos

y la humedad de su relieve

es lo único que nos atañe.

Es como si una luz líquida

nos guiara hacia lo alto.

En una de las encrucijadas,

el azul de las concavidades

adquiere la contextura de una espuma tibia

que nos adormece.

Nuestro sueño se edifica

desde profundos abismos.

Tomados de la mano,

entendemos que en el vértigo de la caída

nos unimos todavía más.

*

En la cúspide hay

un vástago fructuoso que se abre.

De él brota un estambre

cuyo extremo se pierde en la lejanía.

De él también salimos los dos.

Primero trepamos con algo de temor.

Pero mientras lo hacemos,

nuestra piel se torna más rosada.

Nos erguimos y damos pasos

sobre un piso de líquenes angostos.

De pronto, levantas los brazos a los lados

y te vuelves el funámbulo de la sinrazón.

Te miro capotear los vacíos.

Y me invade la felicidad

cuando subo a tus hombros

para columbrar el universo.

*

Quieres ser esa parvada de pájaros

que surge de la flor.

Quieres ser su plumaje

y su negro brillo diseminado en el firmamento.

Quieres meterte en la cáscara del huevo

maculado de un suave azul de gema.

Quieres ir hasta el tubo de plata

y beberte su mutante estrechez.

Yo te sigo en todas tus resoluciones.

Y luego caemos en una especie de agonía

para ser, al cabo de un tiempo,

sólo vuelo y levedad.

*

Nos besamos y de nuevo,

embriagados por la fruta,

traspasamos las fronteras.

Ana Micaela de López

Madrid, en la primavera