Capítulo 36 Sintra - Buçaco, febrero 1938 #2
Dejamos atrás los relieves de Sintra antes de las diez.
En el cruce de la rotonda, donde el cartel oficial indicaba la dirección hacia la costa de la Línea de Estoril, el chofer giró el volante en sentido contrario.
El Citroën enfiló la carretera nacional hacia el norte.
Henrique no se inmutó; mantuvo los ojos fijos en su legajo de papeles con la misma fijeza administrativa con que firmaba los recursos de apelación en el bufete de la Estrela.
Comprendí entonces que la promesa del aire marino de Estoril, repetida durante semanas en el comedor de Lisboa por el doctor Soares, no figuraba en la hoja de ruta real.
Era una construcción protocolaria para los archivos del juzgado, una entrada limpia que el secretario de la Audiencia podría consultar más adelante sin sospechar de los desvíos del trayecto.
El automóvil avanzaba hacia el norte por la carretera nacional, cruzando un paisaje que iba perdiendo la frondosidad húmeda de la sierra para adoptar la monotonía de las llanuras del Ribatejo.
A través de la ventanilla, el mundo exterior se reducía a una sucesión de campos de cultivo anegados por las lluvias invernales, donde los rastrojos del maíz flotaban en el agua turbia como hilos de paja sucia.
Los olivares de las pendientes mostraban sus hojas plateadas bajo un cielo bajo y de un color plomo uniforme sobre los tejados de las aldeas.
En el interior del vehículo, el olor a gasolina se mezclaba con la humedad de nuestros abrigos de lana, creando una atmósfera densa que dificultaba la respiración.
Henrique permanecía inmóvil a mi lado, con las piernas cruzadas y un fajo de documentos del bufete desplegado sobre las rodillas.
Sus dedos, largos y limpios, pasaban las páginas con un ritmo metódico, ajeno al traqueteo de las ruedas sobre el firme irregular.
De vez en cuando, extraía un lápiz del bolsillo interior de su chaqueta para trazar una línea recta en el margen de un folio, una corrección menor que ejecutaba con la misma fijeza con que había ordenado el cierre de mi dormitorio en Lisboa.
Para él, este viaje no era una ruptura, sino la continuación natural de un procedimiento administrativo destinado a restaurar el orden de su casa.
El coche cruzó el puente sobre el río Mondego a primera hora de la tarde.
Coímbra apareció a la derecha, una acumulación de fachadas blancas y tejados oscuros que trepaban por la colina hacia la torre de la Universidad, cuyo perfil de piedra recortaba el horizonte gris con la fijeza de un centinela antiguo.
En las orillas limosas, las barcas de los pescadores cabeceaban sobre el agua ocre que bajaba cargada con la tierra de las montañas del interior.
En las calles bajas, las mujeres caminaban con los mantones de lana negra ceñidos a los hombros, con las cabezas inclinadas para protegerse de la llovizna menuda que empezaba a empañar los cristales del Citroën.
Los estudiantes cruzarían los arcos de la biblioteca en ese mismo instante, hombres jóvenes con las capas raídas por las esquinas y los ojos fijos en los manuales de derecho penal, ignorantes de las vidas que se decidían al otro lado de los muros de granito.
El saber oficial es una herencia que se transmite de padres a hijos en las salas de Coímbra, una cadena de nombres propios que no tolera la intrusión de los cuadernos íntimos ni las Cartas para Quem Não Existe.
El traqueteo del motor cambió de ritmo cuando el chofer desvió el automóvil hacia la carretera que subía a la serra del Buçaco.
El firme de asfalto dio paso a un camino de macadán, una pista de piedras sueltas y barro arcilloso que obligaba al vehículo a avanzar en segunda marcha, con un gemido metálico que resonaba en el habitáculo como la queja de un animal cansado.
La vegetación de las márgenes se volvió más densa, sustituyendo los olivares del llano por los primeros ejemplares de pinos marítimos y robles centenarios cuyos troncos estaban cubiertos por una costra de musgo verde.
El aire que entraba por las rendijas de la portezuela traía un aroma diferente, una mezcla de resina quemada y tierra mojada, con ese olor a hojas en descomposición que sustituía el perfume de agua de azahar que había dejado en el patio de Sintra.
Henrique cerró su legajo de papeles con un golpe sordo, deslizando los folios en el interior de la cartera de cuero antes de abrochar las hebillas de bronce.
Se volvió hacia mí, examinando mi perfil con esa distancia crítica que los tasadores emplean antes de fijar el valor de un mueble de herencia.
Su rostro, iluminado por la claridad mortecina que se filtraba a través del cristal manchado de lluvia, no mostraba signos de fatiga ni remordimiento.
—Es por tu bien —dijo Henrique, apoyando su mano enguantada sobre el respaldo del asiento, sin llegar a tocar mi hombro—.
El doctor Soares revisó la indicación a última hora.
Los pulmones de Estoril no servirían en tu caso; el aire marino habría debilitado todavía más tu sistema.
El sanatorio del Buçaco ofrece, además, la discreción que un caso como el tuyo requiere.
Las mujeres de tu estirpe carecen de la templanza necesaria para resistir las novedades de la capital sin perder el sentido del deber.
En el Buçaco no habrá libros franceses ni correspondencias descarriadas.
Encontrarás el orden que tu familia no supo darte en las dehesas del Alentejo.
No respondí. El silencio es la única propiedad que Henrique no ha podido incluir en su inventario de bienes matrimoniales.
Mantuve la mirada fija en el limpiaparabrisas, cuyo movimiento de vaivén trazaba dos arcos limpios en el cristal empañado, revelando la entrada al bosque sagrado.
Las grandes puertas de hierro de la cerca carmelita aparecieron entre la arboleda, oxidadas y cubiertas de hiedra, abriéndose despacio ante el paso del automóvil con un chirrido metálico que interrumpió la marcha.
El Citroën avanzó bajo la sombra de los cedros y los cipreses antiguos, unos árboles colosales que los monjes descalzos habían plantado tres siglos atrás para recrear la penumbra del monte Carmelo.
La luz del día desapareció casi por completo, sustituida por una claridad mineral que se filtraba entre las copas entrelazadas de los árboles.
El suelo estaba cubierto por un manto espeso de hojas muertas y helechos arborescentes que amortiguaban el ruido de los neumáticos, reduciendo el avance del coche a un deslizamiento silencioso, casi fúnebre.
A lo lejos, al final de una alameda de hortensias secas, se recortaba la silueta del sanatorio, un edificio de tres plantas con muros de piedra encalada y ventanas estrechas que miraban hacia el abismo de la montaña.
No había nadie en los jardines; las sillas de mimbre de la terraza permanecían volcadas contra la pared para protegerlas de la humedad y un hilo de humo gris subía de la chimenea central, perdiéndose en la masa de vapor que descendía de las cumbres.
El automóvil se detuvo frente a la escalinata de granito.
El chofer descendió para abrir la portezuela, dejando entrar una ráfaga de aire helado que me enfrió las mejillas y me trajo el sabor del salitre de la costa lejana.
Henrique descendió primero, extendiendo su mano para ayudarme a bajar, un gesto de cortesía conyugal que mantuvo frente a la mirada del enfermero que aguardaba en el porche.
Tomé mi maleta pequeña y apoyé los pies en el suelo mojado.
La tierra del Buçaco tenía una consistencia blanda, un mantillo de agujas de pino y tierra negra que cedía bajo mi calzado con el mismo suspiro húmedo que había escuchado la noche anterior bajo el naranjo de Sintra.
Sabía que las treinta y dos cartas estaban a salvo, durmiendo bajo el cuidado de las raíces del arriate, lejos del alcance de las órdenes médicas y de los registros notariales.
Henrique creía haberme traído a un lugar de confinamiento; no entendía que una mujer que ha dejado sus palabras verdaderas bajo la tierra de su jardín es una mujer que ya no puede ser encerrada.
Crucé el umbral del sanatorio sin mirar atrás, siguiendo los pasos pulcros del doctor Soares por el pasillo de baldosas grises.
El aire del interior olía a fenol y a sábanas hervidas, mezclado con la cal húmeda de las habitaciones cerradas.
Al final del corredor, antes de que la celadora cerrara la puerta de madera de mi nuevo dormitorio, me volví hacia el gran ventanal que miraba hacia los valles del norte.
En febrero, Buçaco tiene la niebla más blanca que jamás haya visto. Fue la última cosa hermosa que vi.