El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 36 Sintra - Buçaco, febrero 1938
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Capítulo 36 Sintra - Buçaco, febrero 1938

El cuadrante de luz gris sobre el suelo de pino indicaba las ocho de la mañana cuando terminé de abrochar los botones de mi bota izquierda.

Henrique aguardaba en el umbral, con el reloj de bolsillo abierto sobre la palma de la mano derecha, registrando la duración de cada uno de mis movimientos con la fijeza reglamentaria de un ujier de tribunal.

No había prisa en su postura; la puntualidad de los hombres de leyes es una forma de la disciplina que no tolera la agitación.

Detrás de él, el pasillo conservaba el olor del tabaco frío y de la cera que Joana había frotado en los zócalos el día anterior, un rastro doméstico que empezaba a parecerme ajeno, como las pertenencias de un pariente lejano descubiertas en un baúl olvidado.

La maleta pequeña de cuero marrón descansaba sobre el jergón despojado de sábanas.

Contenía tres mudas de hilo blanco y dos vestidos de lana oscura.

En el fondo, descansaba el cepillo de carey con el monograma de mi tía que Inês había limpiado con alcohol de quemar antes de que saliéramos de Lisboa.

No hay cuadernos en su interior. Henrique vació los cajones del tocador antes del amanecer, ordenando los pliegos de papel de barba en un legajo atado con cinta verde, el color administrativo de los asuntos concluidos.

Examinó las cubiertas de los libros que permanecían en el estante este, buscando anotaciones en los márgenes, rastros de una caligrafía que no fuera la suya.

Sus dedos pasaron sobre la traducción de Colette sin detenerse; para él, el francés es una lengua decorativa, un adorno que las mujeres de la buena sociedad emplean para disimular la escasez de sus pensamientos durante las cenas oficiales de Estrela.

—El doctor Soares llegará con el automóvil a las nueve —dijo Henrique, guardando el reloj en el bolsillo del chaleco con un chasquido seco—. Asegúrate de llevar los guantes de lana. La costa es fría en esta época del año y el sanatorio exige un vestuario conforme al rigor del régimen.

Asentí sin mirarlo. Mi vista permanecía fija en el espacio vacío entre el armario y la jamba de la puerta, allí donde la sombra cobijaba una pequeña mancha de humedad antigua.

Él bajó los peldaños de la escalera con su paso regular, haciendo crujir el tercer escalón, esa nota alta que ya no despertaría mi atención a la medianoche.

Me quedé sola en la planta alta. La casa parecía más grande ahora que los libros de cuentas y los frascos de agua de azahar descansaban en el interior de las cajas de cartón que el mozo había cargado en el patio.

Bajé a la cocina con pasos lentos. La loseta agrietada junto a la cocina económica continuaba en su sitio, un relieve conocido bajo la suela de mis botas de paño.

La puerta trasera cedió al segundo tirón; el larguero de madera, deformado por las lluvias del invierno, opuso la resistencia habitual antes de dejar entrar el aire de la serra.

El jardín amurallado carecía de los colores del verano.

Las dalias se habían deshecho en una masa grisácea sobre los arriates.

La glicinia del muro sur era apenas una maraña de filamentos secos que golpeaban la piedra con el viento del Atlántico.

Caminé hacia el centro del patio, esquivando los restos del invernadero de hierro donde la cal nueva del muro ocultaba el cuaderno de borradores.

La tierra que rodeaba el tronco del naranjo mostraba una superficie compacta, cubierta por una capa delgada de escarcha que empezaba a disolverse bajo la claridad del día.

Apoyé la palma de la mano izquierda sobre la corteza rugosa del árbol.

La madera estaba fría, impregnada de una humedad mineral que parecía subir desde las raíces profundas, allí donde los pliegos encerados de O Pomar aguardaban su propio invierno.

No hubo pensamientos de despedida. Una mujer que ha decidido escribir para los que no existen aprende a mirar los objetos con la distancia de quien contempla una lámina de historia natural.

El naranjo continuaría allí, ofreciendo su fruta amarga a las criadas de la serra, indiferente a las leyes del Secretariado o a los informes médicos de Henrique.

En las tardes de junio, Inês se sentaba en el banco de granito, con las faldas recogidas sobre las rodillas para proteger la tela de la resina, leyendo en voz alta los poemas de Florbela mientras el sol descendía hacia las colinas de Colares.

Aimer, écrire, choisir. Los verbos franceses regresaban a mi memoria con el ritmo de una marea alta, desprovistos del castigo que los hombres de leyes les asignaban en los despachos de Lisboa.

En esta lengua de provincias, desear en voz alta es una forma de la demencia; en la otra, es apenas una elección que se sostiene con los dedos firmes sobre una página limpia.

Consideraban mi silencio una apostasía, un desvío del decorum exigido a las hijas de los Almeida.

No entendían que el silencio también puede ser una fortaleza amurallada.

El tableteo sordo del Citroën interrumpió el murmullo del viento en las copas de los pinos.

El sonido subía por las revueltas de la Estrada da Pena, una percusión metálica y regular que anunciaba la llegada del doctor Soares.

Regresé a la casa antes de que Henrique saliera al porche a buscarme.

Mis botas dejaron dos hileras de marcas oscuras sobre el granito del vestíbulo, un rastro que Joana limpiaría con el cepillo de raíces antes del mediodía.

Henrique aguardaba junto a la puerta principal, con el abrigo de paño negro abrochado hasta la barbilla y los guantes de piel de foca puestos.

A su lado, un hombre menudo, de cabellos grises y ojos ocultos detrás de unos lentes redondos de montura de carey, sostenía un maletín de cuero gastado por las esquinas.

El doctor Soares tenía la apariencia pulcra de un burócrata de ministerio, un hombre que firma actas de defunción y órdenes de traslado con la misma neutralidad con que despacha un recurso de apelación.

—Maria do Carmo —dijo Henrique, dando un paso hacia el exterior—. El doctor desea comprobar tu estado antes de iniciar el viaje. El camino hacia la costa es propenso a las nieblas y no conviene demorar la salida.

El doctor Soares inclinó la cabeza con una cortesía funcionarial.

Su mano, tibia y seca, tomó mi muñeca izquierda para medir el pulso.

Sus dedos presionaron la piel justo sobre la cicatriz pequeña que me hice a los diez años al romper un frasco de tinta en el escritorio de mi padre.

Permaneció en silencio durante treinta segundos, con la vista fija en el suelo de azulejos azules y blancos de la entrada, como si buscara en los dibujos geométricos la confirmación de su diagnóstico.

—La debilidad es evidente —declaró Soares, soltando mi brazo con un movimiento blando—.

El pulso carece de la firmeza necesaria.

La reclusión en la serra ha agravado la extenuación de los nervios que ya apuntamos en Lisboa.

El aire de la costa, en la Línea de Estoril, combinado con el régimen de reposo absoluto, es el único remedio para devolver la regularidad a su espíritu.

No respondí. Las explicaciones de los médicos son como las sentencias de los tribunales; no buscan el diálogo, sino el establecimiento de un hecho oficial que permita archivar el expediente.

Tomé la maleta pequeña por el asa de cuero.

El peso era mínimo, una masa insignificante que no requería el esfuerzo de mis hombros.

Salimos al camino. El automóvil del doctor, un Citroën de color negro con las aletas salpicadas de barro gris, aguardaba frente a la verja de hierro forjado.

El chofer, un muchacho joven con gorra de plato y chaqueta de lona, abrió la portezuela trasera con un movimiento mecánico.

Henrique subió primero, acomodándose en el lado derecho del asiento, dejando el espacio izquierdo para mí.

El doctor Soares ocupó el asiento delantero, junto al conductor, colocando su maletín sobre las rodillas como si temiera que el movimiento del carruaje pudiera alterar el orden de sus papeles.

El motor arrancó con un temblor que sacudió los cristales de las ventanillas.

Al avanzar por la Estrada da Pena, la Quinta dos Loureiros comenzó a encogerse detrás de las ramas de los camelios.

La verja oxidada, la camelia roja que continuaba en flor a pesar del invierno, el porche de piedra donde había pasado las mañanas de octubre traduciendo versos prohibidos, todo se ocultó detrás de la masa grisácea de la niebla que bajaba por las pendientes.