Capítulo 27 Sintra, octubre 1937
El viento de octubre traía desde el Atlántico una lluvia menuda, agria y constante, que se pegaba a los cristales de la Quinta dos Loureiros como una capa de grasa fría.
La serra se había borrado por completo tras un telón de niebla sucia que olía a hojarasca podrida y a la combustión lenta de los hornos de carbón de los guardeses.
En el interior del salón principal, la humedad bajaba por las esquinas de las paredes revestidas de seda polvorienta, dejando cercos oscuros que nadie se molestaba en limpiar.
Maria do Carmo escuchó el siseo de los neumáticos del automóvil sobre la grava del camino de entrada antes de que el motor se detuviera con un estallido sordo.
No se alteró. El ritmo de su corazón no se aceleró, porque la prisa y el miedo eran lujos que su cuerpo, consumido por la fiebre de las tardes, ya no podía permitirse.
Cerró los ojos un instante, respiró el aire espeso del cuarto y tragó la saliva amarga para calmar la contracción de la laringe.
No podía toser. No ahora. El pañuelo que guardaba en el puño de la manga izquierda ya tenía tres manchas circulares de un rojo herrumbre, secas bajo el encaje.
Se acomodó en el sillón de orejas de terciopelo verde, junto al ventanal que daba al jardín trasero.
Sobre su regazo descansaba un volumen encuadernado en piel de cabra: las Meditaciones de Bossuet, un libro que su tía le había regalado en el Alentejo y cuyas páginas contenían la fijeza moral que Henrique consideraba adecuada para una esposa enferma.
Pasó la página con un movimiento deliberado, liso, asegurándose de que sus dedos violetas no temblaran contra el papel de hilo.
Cuando la puerta de doble hoja del salón se abrió con un chasquido rústico de la serrallería, su rostro era una máscara perfectamente compuesta, un lienzo de cal muerta donde la voluntad había sustituido a la salud.
Henrique de Sousa entró sin quitarse el sombrero de fieltro gris ni el abrigo de paño inglés, que venía salpicado por las gotas de la tormenta.
Traía los ojos encendidos por esa fijeza contable de los hombres acostumbrados a buscar el error decimal en los márgenes de los libros de fletes.
Traía consigo el olor de los despachos oficiales de Lisboa: tabaco de estanco, tinta ferrogálica y el rastro rancio del cuero de los maletines donde guardaba las órdenes de embargo.
—La estación de Rossio está tomada por la policía —dijo, sin mediar saludo, dejando los guantes de cabritilla sobre la mesa de caoba con un golpe seco—. Buscan a un tipógrafo de Setúbal que dicen que ha estado pasando pasquines para la frontera. Un asunto sucio de la Federación Anarquista.
Maria do Carmo no levantó los ojos del libro de inmediato. Terminó de leer el párrafo sobre la brevedad de las glorias terrenales antes de ofrecerle su mirada limpia, despojada de cualquier relieve personal.
—Buenas tardes, Henrique —dijo, con una voz que poseía la neutralidad técnica de una sentencia notarial—. Espero que el convoy no haya tenido retraso por culpa de los controles. Los criados dicen que las vías del norte están reservadas para los suministros militares.
Henrique no contestó. Se quedó de pie en mitad de la estancia, mirando a su alrededor con una desconfianza zoológica, como un perro de caza que regresa a una dehesa conocida y detecta el rastro de una pieza que no puede ver.
Su mirada recorrió las molduras del techo, las alfombras de Arraiolos gastadas por los pasos y la hilera de secretarios de madera de nogal donde ella solía guardar las cartas de la Liga de la Divina Providencia.
Había algo en la quietud de la casa que no cuadraba con sus informes.
Las cuentas de la naviera Vasconcelos indicaban un desvío de fondos que él no conseguía justificar, una línea de sombra que moría en los muelles de Alcântara y que sospechaba que se transformaba en pan y calzado para los hombres que cruzaban por Badajoz.
—Voy a revisar los inventarios de la planta alta —anunció él, con una dureza militar—. El administrador me ha dicho que hay goteras en el desván viejo y que la humedad del Alentejo está empezando a pudrir los marcos de las ventanas. No quiero sorpresas antes de que empiece el invierno crudo.
—Me parece eficiente —contestó ella—. Las llaves del secretario del despacho están en el cajón de la cocina, junto a la loza blanca.
Henrique no esperó. Dio media vuelta y sus botas de montar resonaron en la escalera de granito con una cadencia regular, sorda, que hacía vibrar las lunas del invernadero exterior.
Comenzó entonces la inspección. Maria do Carmo permaneció inmóvil en su sillón, escuchando el eco de la violencia burocrática de su marido a través de los techos de yeso.
Escuchó el arrastre de los arcones de cedro, el golpe seco de los cajones al ser extraídos de sus guías y el susurro de los pliegos de papel comercial al ser removidos con prisa.
Henrique buscaba con rabia. Buscaba una tachadura en los libros mayores, un cuaderno de tapas de cartón negro, una carta manuscrita con la caligrafía despojada de Inês Vasconcelos o el olor dulce de la cera de abejas mezclada con resina de pino que delatara la existencia de un bloque compacto de treinta y dos capítulos.
Entró en el dormitorio de ella, abrió el armario de lino, hundió las manos entre las faldas de lana gris y los chales negros, buscando el tacto áspero del papel de algodón.
Subió al desván, donde las vigas de pino sudaban una resina densa, y removió las cajas de los antiguos registros de la propiedad.
Bajó a las estancias bajas de la cocina vieja, miró el fregadero de granito y el hornillo de gas, buscando el bote de cobre donde ella había derretido la cera.
Nada. No había rastro de O Pomar. Las palabras verdaderas se habían disuelto en la geografía del secreto que ella había construido dos meses atrás con una disciplina de enterrador.
Cuando Henrique regresó al salón, dos horas más tarde, estaba furioso.
La falta de pruebas le provocaba una hinchazón en las venas de las sienes que volvía su rostro de un color rojizo, casi obsceno.
Traía los puños de la camisa manchados de polvo gris y una brizna de paja pegada al paño del abrigo.
Se sentó en la silla de caoba frente a ella, respirando con una agitación que denotaba la humillación de la derrota.
No había encontrado nada. La casa, esa noche, había sabido proteger lo que la ley no contemplaba.
Maria do Carmo cerró el Bossuet sin hacer ruido.
Se levantó de la silla apoyando los dedos en el brazo de madera para disimular el latido rápido de sus sienes.
Cruzó la estancia hasta el aparador de nogal y tomó una botella de vidrio tallado que contenía un oporto denso, oscuro como la sangre de buey.
Servió dos copas cortas con una parsimonia meticulosa. Dejó una de ellas al alcance de la mano de Henrique y retuvo la otra entre sus propios dedos finos, sintiendo el peso del cristal.
—Debes estar cansado —dijo, con una suavidad remota, sentándose de nuevo a una distancia reglamentaria—.
La serra es dura en octubre. He estado pensando en lo que me dijiste la última vez sobre las tierras bajas de Colares.
El administrador cree que deberíamos cambiar el plan para la cosecha del año que viene.
Henrique levantó los ojos, desconfiado, pero la palabra cosecha actuó en su mente con el efecto de un resorte familiar. Su vanidad de propietario, esa estructura rígida que medía el mundo en fanegas y quintales de uva, no pudo resistirse al cebo.
—¿Qué dice ese ignorante? —preguntó, tomando la copa de oporto con un movimiento brusco—. Las viñas de Colares necesitan la fijeza de la arena. Si alteramos los turnos de la poda, el viento del Atlántico quemará la hoja antes de que el fruto tome el azúcar necesario.
—Dice que el suelo del pomar está agotado —continuó Maria do Carmo, manteniendo la mirada fija en el líquido oscuro de su copa—.
Que el naranjo viejo del patio trasero ya no dará fruta dulce a menos que cavemos una zanja profunda a lo largo del muro de la cocina para sanear las raíces principales del flanco norte.
Ha propuesto traer a los peones de Sintra el mes que viene.
Henrique soltó una carcajada áspera, un sonido seco que no traía alegría.
—Ese hombre es un estúpido. Si cavan junto al muro de la cocina, levantarán las losetas de granito y desestabilizarán la cimentación de la casa vieja.
El naranjo se queda como está. Que muera si tiene que morir; la madera de cítrico sirve para los hornos de cal.
No voy a gastar un solo escudo en un árbol que no produce beneficio neto.
El plan para el año que viene incluye la ampliación del viñedo de Ramisco, nada más.
La táctica había funcionado. Al introducir el debate sobre la rentabilidad de las tierras, Maria do Carmo había desviado la corriente de su sospecha hacia el territorio seguro de su avaricia.
Durante el resto de la tarde, Henrique habló de contratos de arrendamiento, de los fletes de la naviera y del precio del trigo en el Alentejo, convencido de que la mujer pálida que tenía enfrente no era más que un cuerpo enfermo que se apagaba sin otra preocupación que el orden doméstico de la finca.
Cenaron en silencio un caldo de gallina frío y un trozo de pan de centeno que el ama de llaves les sirvió sin mirarlos a los ojos.
Henrique se retiró a su despacho antes de las diez para repasar las facturas de aduana, y al día siguiente, con las primeras luces grises de la mañana, volvió a subir a su automóvil con destino a los muelles de Lisboa, sin haber descubierto una sola línea del manuscrito.
Maria do Carmo lo vio marchar desde la ventana de la alcoba.
Cuando el ruido del motor se disolvió en mitad de la niebla de la serra, se dejó caer sobre el jergón con las fuerzas rotas.
Un violento acceso de tos le sobrevino entonces, un espasmo largo que le llenó la boca de ese sabor a hierro que ya conocía tan bien.
Presionó el chal contra sus labios hasta que el aire volvió a entrar en sus pulmones con un silbido asmático.
Se miró las manos desnudas. Sabía leer los gestos de Henrique mejor que sus propios libros de cuentas.
Había ganado una batalla, sí; las dos copias estaban a salvo bajo la cal y la tierra, pero la mirada con la que él se había despedido en el umbral de la puerta no era la de un hombre convencido, sino la de alguien que aplaza una decisión administrativa.
Henrique volvería. No tardaría mucho en darse cuenta de que el desvío de los fondos comerciales continuaba y de que la fijeza de la quinta ocultaba una lealtad que él no podía comprar.
Entendió que le quedaban, como mucho, seis meses.
Seis meses antes de que la tos se volviera definitiva o de que Henrique regresara de Lisboa no con un cuaderno de inventarios, sino con un médico urbano y una orden firmada para declararla incapacitada, encerrándola en un sanatorio de la costa donde nadie pudiera escuchar la voz de O Pomar.
Se giró hacia el jardín amurallado, buscando con los ojos la silueta del naranjo viejo bajo la lluvia de octubre.
Seis meses eran suficientes para morir; el tiempo justo para dejar que la tierra hiciera su trabajo y el pasado esperara, bajo las raíces, a que alguien viniera a desenterrarlo.