Capítulo 26 Tomás
La habitación número doce de la pensión cercana a la plaza de la Figueira olía a cera vieja, a la humedad estancada de los caños antiguos y al lino lavado con jabón de sosa que cubría el jergón.
Era un cuarto de techos desmesuradamente altos, decorado con unas molduras de yeso grisáceo que amenazaban con desprenderse cada vez que el tranvía nocturno torcía la esquina hacia la rúa de los Fanqueiros.
Tomás se había quitado los zapatos y la chaqueta de pana, pero permanecía sentado en el borde del colchón de muelles, con las medias puestas sobre el parqué gastado y la espalda encorvada hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
La luz que entraba por las lamas de la persiana de madera dibujaba una geometría de líneas doradas y cenicientas sobre las sábanas blancas.
Venía de las farolas de gas de la plaza, una claridad pública e indiferente que acentuaba la fijeza de su propia reclusión.
En mitad de aquella penumbra, Tomás se sentía como un náufrago que acaba de salvarse de un oleaje imprevisto solo para descubrir que la orilla a la que ha llegado está completamente vacía.
Todavía conservaba en la palma de la mano el tacto frío del cristal de A Brasileira y, en la memoria del cuerpo, la certeza milimétrica de esos quince centímetros que lo habían separado de Clara bajo la llovizna invisible del Chiado.
Durante diez segundos enteros, el aire de Lisboa se había vuelto tan denso que había creído escuchar el latido de la sangre en las sienes de la traductora.
Había estado a punto de alargar los dedos, de rozar el lino de su abrigo o de pronunciar ese nombre que ella defendía con la meticulosidad de un archivero militar.
Había estado dispuesto a ofrecerle su propia mitad rota, el luto oficial de Coímbra que arrastraba por las estancias de Sintra como un reproche mudo.
Pero ella había dado un paso adelante. Un paso eficiente, limpio, desprovisto de nostalgia.
Un simple «vamos» que había devuelto las cosas a su lugar reglamentario.
Tomás metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el teléfono.
La pantalla se encendió con una violencia azulada que le dolió en los ojos, quebrando la penumbra del cuarto.
Abrió la aplicación de mensajería. El nombre de Clara encabezaba la lista de conversaciones recientes, pero al entrar en el chat, el historial era un desierto burocrático: dos enlaces a los índices digitalizados de la Biblioteca Nacional y una nota breve sobre el horario del convoy de Rossio.
No había rastro de las horas compartidas en la mesa de comidas de la rúa de São José, ni del vino verde, ni del espejo de nogal que reflejaba los fantasmas de Maria do Carmo e Inês Vasconcelos.
Apoyó los pulgares en el teclado virtual. Quería escribir. Necesitaba tender un hilo, por delgado que fuera, que uniera la inmovilidad de esa habitación de pensión con el hotel de moqueta gris donde Clara debía de estar deshaciendo la maleta.
Escribió: Me alegro de haber venido a Lisboa.
Se quedó mirando las palabras. Le parecieron burdas, casi una confesión de vulnerabilidad que ella recibiría con ese arqueo de cejas tan suyo, dispuesta a corregir el desvío emocional con una frase sobre los créditos de la contracubierta de Madalena Vilas-Boas. Borró el mensaje.
Escribió entonces: El pliego del treinta y siete aclara muchas cosas sobre Henrique.
Lo borró también. Era otra mentira administrativa, un refugio de historiador que no hacía justicia a la fijeza de lo que había permanecido suspendido entre los dos frente a la terraza vacía de la cafetería.
Pasaron los minutos. El gran reloj de péndulo que presidía el pasillo de la pensión dejó caer la media con un eco sordo, metálico.
Tomás seguía allí, con el cursor parpadeando en la pantalla blanca, una línea vertical que aparecía y desaparecía con la regularidad de un pulso artificial.
Le tomó diez minutos enteros reducir la complicación de sus pensamientos a tres palabras desnudas, una cortesía mínima que no admitía réplica ni exigía explicaciones.
Gracias por hoy.
Pulsó el botón de envío. El silbido del mensaje saliendo hacia el espacio de la ciudad sonó desproporcionadamente alto en el silencio del cuarto.
Tomás dejó caer el teléfono sobre la colcha de piqué, exhalando un suspiro largo, preparándose para la habitual parsimonia con la que Clara solía demorar sus respuestas, ese silencio defensivo que había aprendido a levantar tras sus años de cautiverio en Madrid.
Pero no hubo espera.
A los dos segundos exactos, el aparato vibró sobre la tela con un zumbido seco. La pantalla volvió a encenderse. Tomás alargó la mano, con el corazón acelerado por un resorte absurdo.
Gracias a ti.
Se quedó con el teléfono en la mano, fijos los ojos en esas doce letras impresas a la velocidad del reflejo.
El impacto físico de la respuesta lo dejó inmóvil.
Clara tampoco dormía. Clara no estaba revisando las galeradas impresas ni organizando las carpetas de cartón.
Estaba al otro lado de la noche de Lisboa, en su hotel despersonalizado, sosteniendo el teléfono contra el pecho, esperando el mismo hilo que él acababa de lanzar.
La inmediatez de su réplica era una confesión más nítida que cualquiera de las frases que habían evitado pronunciar en la rúa Garrett.
Habían elegido no, sí, pero la fijeza de esa renuncia seguía vibrando en mitad de la madrugada.
Tomás apagó la pantalla y dejó el teléfono sobre su regazo.
La quietud regresó al cuarto, pero era una quietud cargada, agria como el olor de los membrillos que la abuela Eulália había dejado sobre la mesa de la cocina en Sintra.
La conciencia de su propia mitad rota se le clavó en el pecho con la fuerza de un diagnóstico antiguo.
Sintió la necesidad de escuchar una voz que no supiera nada de traducciones, ni de manuscritos enterrados bajo los naranjos, ni de los silencios eficientes de las mujeres que huyen de su pasado.
Una voz que le recordara quién era antes de convertirse en el guardián de los desvanes de la Quinta dos Loureiros.
Buscó en la agenda el número de la casa de su madre en Coímbra.
Era tarde, pasada la una, pero en esa casa el luto había abolido los horarios regulares hacía cuatro años.
El tono de llamada resonó tres veces en el auricular, un eco metálico y distante que cruzaba las provincias del norte.
Al cuarto tono, la línea se abrió con un chasquido rústico, pero la voz que llegó a través del cable no fue la de su madre, cansada y monacal, sino una respiración más corta, rápida, que Tomás reconoció de inmediato con un vuelco en el estómago.
Lia estaba despierta.
—¿Papá? —preguntó la niña, con esa limpieza de las vocales que no conoce la doblez del idioma.
Tomás se enderezó en el jergón, sintiendo que la rigidez del sofá de pana de Sintra se le trasladaba a los huesos del cuello.
—¿Lia? ¿Qué haces despierta a estas horas, mi amor? Deberías estar en la cama. Tu abuela se va a enfadar.
—La abuela se ha quedado dormida en el sillón con el rosario —contestó la niña, con la naturalidad implacable de sus siete años—. Yo estaba terminando el dibujo del barco que me dejaste en el escritorio. El de las velas grandes. ¿Dónde estás?
—En Lisboa, en un hotel cerca de la plaza de la Figueira —dijo Tomás, intentando forzar un tono de normalidad doméstica que le sonaba extraño en su propia boca—. He estado trabajando en la Biblioteca Nacional. Revisando unos papeles muy viejos.
—¿Papá?
—Dime, Lia.
—¿Vuelves mañana? —La pregunta de la niña llegó sin reproche, pero traía consigo el peso acumulado de todas las semanas en que Tomás había preferido el polvo de los archivos de Henrique de Sousa a las tardes de domingo en el jardín de Coímbra.
—Sí, vuelvo mañana —contestó él, cerrando los ojos contra las líneas doradas de la persiana—. Tomaré el convoy de Rossio por la mañana y pasaré por casa antes de subir de nuevo a la serra. Te llevaré un dulce de la Baixa. Un pastel de nata de los que te gustan.
Lia guardó silencio un instante, asimilando la promesa del dulce con la parsimonia de los niños que han aprendido a esperar. Luego, con una inflexión diferente en la voz, preguntó:
—¿La señora gallega sigue contigo?
Tomás abrió los ojos. La imagen de Clara en la cocina amurallada, muda ante las palabras en gallego antiguo de doña Eulália, regresó al cuarto con una nitidez casi dolorosa.
—Sí —dijo, midiendo el alcance de su respuesta—. Ha venido conmigo al archivo. Hemos estado revisando las cajas juntos.
—¿Es maja? —insistió Lia.
Tomás recordó la firmeza de sus dedos sobre la loza blanca, la mentira sobre el correo que no podía enviarse por falta de cobertura y la dignidad desolada con la que se había apartado de él frente a la estatua de Pessoa.
Recordó el diagnóstico de la anciana de noventa y un años: el hombre está limpio.
—Sí, Lia —dijo Tomás, con una suavidad remota—. Es muy maja. Es una persona limpia.
La niña no dudó. Para ella, el mundo seguía estando dividido entre las cosas que se rompen y las que pueden salvarse con un gesto sencillo. El auricular devolvió el rumor de su respiración pequeña antes de que pronunciara la sentencia:
—Pues entonces tráela. Tráela a casa un día. Quiero que vea mi dibujo del barco.
Tomás no contestó. El silencio se instaló entre Lisboa y Coímbra como una fosa infranqueable.
La idea de traer a Clara a la casa de su madre, de sentarla a la mesa donde las ausencias tenían el peso del granito húmedo, le pareció una imposibilidad biológica.
Su estructura de reproche no admitía invitados; su corazón a la mitad no tenía espacio para hospedar a nadie que no compartiera el inventario de su pérdida.
—¿Papá? ¿Sigues ahí? —preguntó Lia, extrañada por la mudez del cable.
—Tengo que colgar, mi amor —dijo Tomás, con una voz que parecía venir de un desván lejano—. Acuéstate ya. Mañana nos vemos.
Sin esperar la réplica de la niña, apartó el teléfono de la oreja y pulsó el botón rojo, interrumpiendo la comunicación con un golpe seco.
El cuarto quedó entregado de nuevo al siseo del tranvía exterior y al olor a cera vieja de la colcha.
Tomás dejó caer el aparato sobre la mesilla, junto al vaso de agua intacto que reflejaba la claridad de la farola.
Se tumbó cuan largo era, sin quitarse los pantalones de pana ni desabrocharse los botones de la camisa, mirando las molduras agrietadas del techo.
Pensó en la inocencia de su hija, en esa facilidad con la que los niños ofrecen el territorio de su afecto.
A Lia le bastaría con una frase mía para perdonarme. Yo todavía no me he perdonado.