Capítulo 17 Tomás
El aceite de oliva humeaba en la sartén de hierro con un chasquido rudo, un siseo violento que llenaba la cocina de los guardeses de una neblina densa y azulada.
Tomás, con las mangas de la camisa de pana remangadas hasta los codos y la frente perlada de sudor, removía el montón de bacalao desmigado con una cuchara de madera que ya había tomado el color oscuro del tizne.
A su lado, en un plato de loza desconchada, aguardaba el batido de cuatro huevos y una bolsa de patatas paja industriales que había comprado a última hora en el colmado de la rúa de Padarias, bajo una lluvia sorda que no había dejado de castigar las aceras en todo el día.
Cocinar nunca había sido una disciplina técnica para él; era, a lo sumo, un trámite de supervivencia que en Coímbra despachaba entre legajo y legajo con latas de atún y arroz hervido sin sal.
Pero aquella noche era diferente. Al mediodía, mientras revisaba las actas notariales de la Estrela, se había descubierto a sí mismo planificando la cena con la fijeza obsesiva que solía reservar para las variantes lingüísticas del Alentejo.
Quería un bacalhau à brás. Un clásico limpio, una estructura portuguesa elemental que sirviera de adoquín firme sobre el que asentar la noche.
El desastre, sin embargo, comenzó a fraguarse en el instante en que vertió los huevos batidos sobre el aparejo.
La sartén de hierro retenía demasiado calor.
En lugar de la crema suave y untuosa que debía ligar las hebras de pescado y el crujido de las patatas, el huevo cuajó de golpe, transformándose en una costra ruda, un revuelto de consistencia gomosa que se pegó al fondo con un rastro de carbonilla negra.
Por si fuera poco, el bacalao, que supuestamente llevaba veinticuatro horas en remojo en el poyo de la ventana, desprendió una salinidad tardía, un aroma espeso a sal de salina que inundó el cuarto como una bofetada atlántica.
Cuando Clara entró en la cocina, atraída por el olor a quemado y el vapor denso que escapaba hacia el pasillo, se detuvo en el umbral.
Llevaba el jersey gris de cuello alto y los ojos cansados de pasar la tarde frente a las cartas de Inês, pero la rigidez habitual de sus facciones se quebró al ver el escenario.
Tomás seguía de pie junto al hornillo, con la cuchara de madera suspendida en el aire y una expresión de desconcierto absoluto, contemplando aquella masa grisácea, reseca y salpicada de briznas negras que humeaba en la sartén.
—Es un atentado contra la gastronomía de la República —dijo Clara.
Intentó mantener la voz seria, el tono funcionarial de las mañanas en la biblioteca, pero la comisura de sus labios cedió de inmediato.
Miró el plato, miró el delantal improvisado con un trapo de cocina que Tomás se había atado a la cintura y, de repente, soltó una carcajada limpia, un sonido alto y vibrante que Tomás jamás le había escuchado.
No fue una sonrisa de cortesía. Fue una risa rota, desbocada, que comenzó en el pecho y terminó por inundarle los ojos de lágrimas.
Clara se apoyó contra el marco de la puerta, con los hombros sacudidos por el espasmo, tapándose la boca con las manos mientras señalaba el fondo de la sartén de hierro.
La solemnidad de la Quinta dos Loureiros, el peso muerto de Henrique de Sousa y la distancia administrativa que habían construido durante semanas se disolvieron en ese instante, arrastrados por el ridículo de un revuelto de cuajada seca.
Tomás la miró y, por primera vez en muchos meses, sintió que la herrumbre de su propio rostro cedía. Sonrió con timidez, una mueca torpe que terminó por convertirse en una risa muda, avergonzada pero real.
—La receta del manual de Coímbra parecía más flexible —consiguió decir, dejando la cuchara sobre el azulejo.
Terminaron cenando aquello en la mesa de pino de la cocina, bajo la luz mortecina de una bombilla sin tulipa.
Fue su primera comida real juntos, desprovista de las fiambreras individuales y los cafés tomados de pie en el vestíbulo.
El bacalao estaba incomible; sumamente salado, seco como el corcho de los alcornoques de la sierra y con un persistente sabor a ahumado rancio.
Cada bocado exigía un trago largo de agua de la jarra de barro que compartían en el centro de la mesa.
Cenaron entre bromas cortas sobre la intolerancia al sodio y la necesidad de pedir asilo político en la embajada española si el dueño del colmado se enteraba de lo que Tomás había hecho con sus patatas paja.
Sin embargo, cuando las fuentes se vaciaron y solo quedaron las raspas flotando en el aceite del fondo, el tono de la cocina mudó de piel. El silencio regresó, pero ya no era la distancia erizada de los primeros días; era una quietud limpia, un espacio ventilado por la risa previa.
Tomás retiró su plato hacia un lado, apoyó los antebrazos en la madera basta y miró el vaso de agua. No hubo preguntas por parte de Clara. Ella se limitó a recogerse el pelo detrás de las orejas, esperando, como quien ve venir un cambio de viento en la barra del río.
—Ana murió en el invierno de 2022 —dijo Tomás.
La frase cayó sobre la mesa con la fijeza de una coordenada geográfica. Su voz sonó neutra, despojada de cualquier adorno melodramático, modulada con la misma regularidad con la que habría leído un acta de defunción en el archivo de Coímbra.
—Fue un linfoma de células grandes. Duró ocho meses exactos desde el primer diagnóstico en el hospital general.
El tratamiento de quimioterapia no llegó a completar la segunda fase porque los riñones fallaron a las tres semanas.
Murió una madrugada de martes, mientras llovía sobre el botánico. Tenía treinta y cuatro años.
Clara no se movió. Mantuvo las manos unidas alrededor de su vaso de agua, con los ojos fijos en los nudillos de Tomás.
Él continuó hablando, ofreciendo los datos como si estuviera inventariando un legado ajeno.
Le contó el tamaño del piso que compartían cerca de la Universidad Nova, la marca del coche que tuvo que vender para pagar los gastos de la clínica privada y la forma en que el seguro de decesos tardó cuatro meses en tramitar la repatriación de los libros de ella a la casa de sus padres en el norte.
Le dio los hechos desnudos: el día del entierro, el nombre del cementerio de piedra gris en las afueras de Braga y el inventario de las cajas de ropa que aún permanecían selladas con cinta de embalar en el trastero de su pensión.
No le habló del dolor. No mencionó el vacío físico que sentía en los costados cada vez que se despertaba a las cuatro de la madrugada en una cama extraña, ni la culpa sorda, esa rabia animal que le subía por el cuello cada vez que se descubría a sí mismo disfrutando del sabor de una sopa o de la risa de otra mujer en una cocina de Sintra.
Guardó la herida bajo el forro de su discurso factual, protegiendo el núcleo de su duelo con una armadura de fechas y términos médicos.
Clara escuchó hasta el final, asintiendo levemente con la cabeza, asimilando cada cifra sin intentar suavizar los márgenes de la historia con consuelos de oficina.
Cuando Tomás calló, ella tomó aire, miró la mancha de grasa que la sartén había dejado en el azulejo y empezó a hablar con la misma fijeza descalza.
—Daniel y yo rompimos en marzo —dijo—. Llevábamos seis años viviendo juntos en un piso de la calle Hortaleza, en Chueca.
Él es crítico literario en un suplemento nacional y coordina los talleres de una fundación privada.
Los tres primeros años fueron buenos, supongo; el tipo de vida que esperas tener cuando sales de la facultad y crees que el mundo se divide entre los que leen y los que no.
Hizo una pausa corta, rozando el borde del vaso con la uña.
—En marzo descubrí que llevaba catorce meses manteniendo una relación con una de las becarias de la editorial.
No hubo una gran discusión, ni portazos, ni reproches en el pasillo.
Daniel manejaba la condescendencia con una precisión profesional; intentó explicarme que aquello era una consecuencia natural de mi alejamiento, de esa fijeza terca con la que yo me encerraba en las traducciones para no tener que enfrentarme a la realidad de la casa.
Me dejó la mitad del alquiler pagado hasta mayo, como quien liquida una indemnización por despido, y se llevó la colección de la Pléiade en tres cajas de mudanza.
Dejé Madrid a la semana siguiente. No volví a llamarlo.
Tampoco ella entró en lo profundo. No habló de la humillación sorda de sentirse un mueble prescindible, una nota a pie de página en la vida de un hombre que corregía sus adjetivos mientras vaciaba el armario de los abrigos.
Ofreció el armazón de la ruptura, la estructura legal del naufragio, dejando que el silencio de la cocina completara los huecos que las palabras no debían tocar.
Era la primera vez que cada uno de ellos hablaba en voz alta de su pasado inmediato con alguien que no perteneciera al círculo estrecho de la familia o a las obligaciones del luto oficial.
Al pronunciar los nombres de Ana y de Daniel en aquella cocina de los guardeses, bajo el olor a bacalao quemado y el ruido de la tormenta de Sintra, ambos supieron que acaban de cruzar una frontera invisible.
El pacto de silencio profesional que los había mantenido a salvo de sí mismos durante las últimas semanas había quedado revocado por completo.
Habían mostrado las cartas del origen; habían enseñado las cicatrices exteriores del tejido antes de empezar a traducir el manuscrito clandestino. Era el punto de no retorno.
A medianoche, Tomás recogió su cartera de cuero y se abrochó los botones flojos de la gabardina gris. La lluvia había remitido en el exterior, sustituida por una niebla baja y densa que ascendía desde los valles de la serra, cubriendo los troncos de los castaños con una mortaja de vapor húmedo.
—Hasta mañana, Clara —dijo desde el umbral, con el paraguas cerrado bajo el brazo.
—Hasta mañana.
Tomás cruzó la verja de hierro y sus pasos se perdieron de inmediato en la rampa adoquinada que bajaba hacia el centro del pueblo, un eco apagado que la niebla tardó pocos segundos en absorber por completo.
Clara se quedó sola en la entrada de la Quinta. Al ir a entornar la pesada puerta de madera de castaño, un destello blanco entre el follaje oscuro del portal llamó su atención. Se detuvo, sosteniendo el picaporte de hierro forjado con la mano fría.
La camelia del portal, un arbusto viejo y nudoso cuyas raíces levantaban las losas del camino, había florecido otra vez.
En una rama lateral, una guía delgada que esa misma mañana estaba pelada, seca y cubierta por el moho gris de la humedad, se abría ahora una única flor de pétalos carnosos, un blanco limpio y herido que desafiaba la penumbra del invierno de Sintra.
Clara contempló la flor durante un largo minuto, sintiendo el aire helado de la sierra en el rostro. Luego, cerró la puerta despacio, escuchando el clic seco del pestillo al encajar en el marco de piedra.
No subió a la biblioteca, ni encendió el ordenador portátil para revisar los correos de la notaría.
Se sentó en el primer escalón de la escalera de granito, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo de lana y la espalda apoyada en la pared encalada que olía a cal húmeda.
El teléfono móvil permaneció apagado en el fondo de su bolso.
No llamó a su madre a Vigo, ni buscó el refugio de ninguna voz conocida en la distancia.
Se limitó a quedarse allí, inmóvil en mitad de la quietud de la casa muerta, escuchando el goteo constante de la niebla sobre los cristales del vestíbulo.