Capítulo 14
La puerta se cerró tras ella con un golpe seco, y el silencio que quedó me golpeó con más fuerza que la bofetada que había recibido segundos antes.
Me quedé inmóvil, mirando fijamente el espacio vacío que ella había dejado al salir, como si aún pudiera sentir el rastro de su presencia impregnado en el aire.
Me llevé la mano a la cara, notando cómo me ardía la mandíbula justo en el punto exacto donde me había golpeado con la palma. Esbocé una sonrisa, breve, pero sin fuerza. Allí no había victoria alguna. Solo el sabor amargo del recuerdo de todo lo que habíamos perdido.
Me hundí de nuevo en la silla y apoyé los codos sobre la mesa, enterrando el rostro entre las manos. La fría superficie de cristal parecía latir bajo mis dedos, siguiendo el ritmo acelerado de mi corazón. Debería convencerme de que no importaba. De que solo era una entrevista, solo negocios…
—No significa nada —murmuré, intentando convencerme. Pero la mentira sonaba hueca incluso para mí. Con cada imagen que regresaba, su rostro se entremezclaba con el de la joven becaria que conocí hace años, y con el de la mujer devastada por el dolor que yo le había causado.
Me levanté, caminé hasta la ventana y contemplé la iluminada Milán allá abajo. Las luces se reflejaban en el cristal, y en ese reflejo no vi al hombre poderoso que todos conocían, sino un rostro cansado, marcado por el peso de unas decisiones que nunca habían dejado de atormentarme.
Ella se había marchado una vez más. Pero el vacío que había dejado era como un eco, y sabía que no podría escapar.
Esta vez no.
Me pasé los dedos por la mandíbula, que aún me ardía, pero no era la bofetada lo que me dolía. Lo que me carcomía eran sus ojos. La forma en que me miró antes de darme la espalda. El odio que brillaba en ellos, pero también el dolor que no se apagaba.
Durante todos esos años me había repetido la misma mentira: que había sido mejor así. Que no estaba preparado para ser padre, que el accidente solo había adelantado lo inevitable, que no habría sitio para un niño en la vida que llevaba.
Pero verla allí, destrozada una vez más, me transportó de vuelta a aquella noche. El chirrido de los neumáticos contra el asfalto. El cristal astillándose como una lluvia de cuchillas. El olor a gasolina, el sabor metálico de la sangre. Y después, el silencio opresivo del hospital.
Y, sobre todo, su voz.
«Has matado a lo que más quería».
Cerré los ojos, pero las imágenes no desaparecieron. Nunca desaparecían. Solo había aprendido a acallarlas con trabajo, poder, mujeres y whisky. Pero nada borraba el recuerdo de las acusaciones que me perseguían como una sombra.
Apoyé las manos en el borde de la mesa, con los nudillos blanquecinos.
—Quizá haya sido mejor así… —susurré para mí mismo, repitiendo la vieja excusa—. No estaba preparado… —Mi voz vaciló, quebrada, como si la mentira por fin ya no cupiera en mí.
Tenía la garganta seca, como si cada palabra que intentaba tragar se hubiera convertido en polvo. Me pasé la lengua por los labios, buscando un atisbo de humedad, pero no había nada más que el sabor amargo de los recuerdos.
Quizá pudiera enterrarlo todo de nuevo. Enterrarlo como hice antes. Sumergirme en el trabajo , en las negociaciones, en los rostros anónimos de las mujeres que nunca significaron nada. Fingir que aquella noche había sido solo un accidente y no la línea que dividió mi vida en dos.
—Ya basta… —susurré, llevándome el vaso vacío de whisky a los labios como si aún quedara algo en él—. Ya basta de pensar en eso. —Arrojé el vaso sobre la mesa; el cristal golpeó con fuerza contra la superficie de cristal y resonó en el silencio de la habitación.
Me acerqué a la ventana y apoyé la frente contra el cristal frío. La ciudad allá abajo seguía viva, indiferente, con las luces entrecruzándose como constelaciones en movimiento. Milán no se detenía, nunca. Pero yo estaba parado, atrapado en una noche que no dejaba de atormentarme.
Cerré los ojos, apretando los dedos contra el alféizar hasta que se pusieron blancos. Quizá pudiera volver a ser el hombre que había sido todos esos años: frío, calculador, impenetrable. Quizá, si lo intentaba con suficiente fuerza, Larissa volvería a ser solo un nombre enterrado en el pasado.
Pero su imagen, esa mirada devastada antes de salir de la habitación, me quemaba por dentro como el fuego.
Sin embargo, no estaba seguro de si aún era capaz de enterrar algo.