Capítulo 1
El sol de la mañana atravesaba las cortinas de mi piso en Milán y teñía las paredes de dorado. La ciudad ya bullía ahí fuera, con los cláxones mezclándose con el ruido de las motos que circulaban por las estrechas calles. En el interior, solo el silbido de la tetera en la cocina rompía el silencio.
Me levanté con pasos lentos, agotada tras una noche de sueño intranquilo. Un café negro y fuerte parecía lo único capaz de mantener mi corazón en ritmo ante la agenda que me esperaba. Bebí el primer sorbo como quien se traga una medicina amarga.
Volví al dormitorio y abrí el armario. Mis ojos recorrieron las perchas.
Me decidí por una falda negra y una blusa de seda blanca, acompañadas de unos tacones que transformaban mi andar en un paso seguro.
El espejo reflejaba a una mujer que parecía lista para enfrentarse al mundo; sin embargo, yo sabía que, por dentro, aún había cicatrices abiertas.
Me pinté los labios con calma, como quien sella un pacto silencioso consigo misma. Me mantendría firme para afrontar un día más.
Las calles de Milán me recibieron con el aroma a pan recién horneado que salía de las panaderías y el murmullo apresurado de los transeúntes.
Me subí al taxi, me hundí en el asiento y cerré los ojos durante unos segundos.
La ciudad desfiló ante mí como una película a cámara rápida: escaparates lujosos, turistas con cámaras en la mano y hombres de traje con maletines.
Todo me resultaba tan familiar y, al mismo tiempo, tan alejado de lo que había soñado años atrás.
El edificio de In Moda apareció ante mí, elevándose con su fachada espejada que reflejaba el cielo azul. Respiré hondo antes de bajar, arreglándome la falda y sujetando con fuerza el bolso. Mi corazón latía acelerado en una mezcla de expectación y desconfianza.
—Buenos días, Larissa. —El guardia de seguridad de la portería me abrió paso con una sonrisa amable.
—Buenos días —respondí, levantando la barbilla mientras apretaba el asa del bolso contra mi cuerpo.
El vestíbulo estaba lleno de gente: periodistas cargados de blocs de notas, fotógrafos discutiendo sobre los ángulos, becarios corriendo de un lado a otro.
El olor a café y a papel impreso me envolvió como un abrazo de antaño.
La redacción era mi campo de batalla, y allí había aprendido a ganarme el respeto.
Caminé hasta mi mesa, echando un vistazo a los paneles luminosos que mostraban los titulares más recientes. Me senté y abrí el portátil, cuando la editora apareció con paso apresurado y una sonrisa llena de intenciones.
—Larissa, te necesito para un reportaje especial. —Apoyó las manos sobre mi mesa y su perfume floral se mezcló con el fuerte aroma a café que flotaba por la redacción.
Cerré el portátil lentamente y levanté la vista. El corazón se me aceleró sin motivo aparente, o quizá por puro instinto. Ya sabía reconocer cuándo se avecinaba algo peligroso.
—¿Qué reportaje? —Me incliné ligeramente hacia atrás en la silla.
Ella me miró fijamente con una sonrisa que mezclaba entusiasmo y picardía profesional.
—Un reportaje exclusivo sobre el imperio Ferraro Uomo. Vas a entrevistar a Enzo Ferraro en persona. —Dio dos ligeros golpecitos en la superficie de mi mesa, como si estuviera sellando mi destino ante mí.
Se me secó la garganta.
El mundo pareció girar lentamente. Por un instante, el ruido de la redacción desapareció. Solo oía los latidos de mi propio corazón, descoordinados.
Apreté los dedos contra el borde de la mesa, como si ese gesto pudiera mantenerme con los pies en la tierra. Enzo Ferraro… El nombre resonó dentro de mí como un trueno. No era solo un hombre. Era mi pasado. Mi infierno particular.
—Imagino que eres consciente de la importancia de este reportaje —continuó, inclinándose hacia mí—. Nadie mejor que tú para captar no solo el brillo de la marca, sino también la esencia del hombre que hay detrás de ella.
La esencia del hombre …
Tragué saliva, conteniendo la risa amarga que amenazaba con escaparme. Si ella conociera la esencia que yo conocía, nunca habría puesto este reportaje en mis manos.
—¿Y bien? —preguntó, arqueando las cejas, como quien esperaba un «sí» inmediato.
Apreté los labios y levanté la barbilla para ocultar el torbellino que me devoraba por dentro. Respira, Larissa. Ya no eres la chica a la que él destrozó. Eres la periodista respetada que le mirará a los ojos sin temblar.
—Acepto. —La respuesta salió firme, pero mis uñas ya marcaban la madera de la mesa, como si fuera la única forma de soportar el choque inevitable que me esperaba.