Capítulo 4
Joseph se quedó paralizado en la calle, como si le hubiera caído un rayo encima. Sentía que no podría mover un solo músculo ni aunque lo intentara.
Es ella. Marianne.
Apenas alcanzaba a ver su espalda mientras ella se alejaba a paso rápido en dirección opuesta.
Llevaba un vestido amarillo pálido con un sombrero a juego.
Distinguía sus rizos color miel escapándose del moño y cayendo por la nuca.
Reconocería su figura en cualquier parte, pues siempre había tenido un porte impecable.
Alta, de espalda recta, casi imperial. Como una reina.
Fredrick también estaba en la calle, con la mirada fija en ella. ¿Acababan de hablar? Eso parecía.
Reprimió el impulso de echar a correr para alcanzarla. Las ganas de volver a ver su rostro eran casi insoportables. Se contuvo a duras penas. ¿De qué serviría? Probablemente ni siquiera le dirigiría la palabra. No tenía ni idea de si ella seguía guardándole rencor.
Fredrick se volvió al verlo y caminó lentamente hacia él.
—¿Es quien creo que era? —preguntó Joseph con la voz cargada de emoción.
Fredrick suspiró. —Me temo que sí, viejo amigo. Supongo que era inevitable cruzarnos con ella estando aquí. Acton-on-Rye es un pueblo pequeño, al fin y al cabo.
El rostro de Joseph se crispó. —Creo que deberíamos volver a la casa. Ya he terminado lo que tenía que hacer en el pueblo.
Fredrick asintió. Dieron media vuelta y emprendieron el camino de regreso a Bartok House, dejando atrás la calle principal en dirección al río y al molino. Pero el paisaje pastoral que tanto había cautivado a Joseph a la ida ya no le atraía. Apenas lo veía.
Nunca debí volver aquí, pensó con rabia. Podría haber gestionado la venta de la casa por correspondencia. No había ninguna necesidad de venir en persona. El señor Newcombe podría haber actuado como mi agente en todo lo relacionado con la venta.
—¿Cómo te encuentras, viejo amigo? —preguntó Fredrick con cautela—. ¿Quieres hablar con ella?
Joseph negó enérgicamente con la cabeza. —En absoluto.
Fredrick soltó una risa y torció el gesto. —No sé si te creo del todo, Bedford.
Joseph suspiró. —De acuerdo, admito que sí quiero hablar con ella. Y mucho. —Vaciló, con la mirada fija en el río—. Pero no lo haré, aunque me la cruce por ahí. Respetaré que probablemente no quiera volver a dirigirme la palabra después de lo que le hice pasar.
Se le encogió el corazón solo de pensarlo. Pero tenía que aceptar la verdad, por mucho que le doliera. No había tratado bien a Marianne al final, y sabía que ella probablemente no querría volver a verlo en la vida. Ese era el precio que debía pagar por haber sido un cobarde.
Fredrick asintió. —Probablemente sea lo mejor, Bedford. Mejor no remover el pasado.
—¿Qué te dijo? —preguntó Joseph con premura—. ¿Te contó algo de su vida ahora?
Fredrick negó con la cabeza. —Fue un intercambio muy breve. Se sorprendió de verme y me preguntó qué hacía aquí. Luego dijo que le dolía la cabeza y se marchó. —Vaciló—. Creo que fue porque mencioné que estaba aquí con un amigo. Seguro que piensa que ese amigo eres tú.
A Joseph se le encogió el corazón. Así que ella sí seguía despreciándolo. Los cinco años transcurridos no habían aplacado su ira hacia él. Jamás volvería a tratarlo con cordialidad.
—¿Cómo te fue con el abogado? —preguntó Fredrick, que claramente quería cambiar de tema por compasión hacia él.
Joseph respiró hondo. —Fue bien. Las escrituras de la casa están en orden y está lista para la venta. Solo me falta encontrar un comprador y podremos irnos.
Fredrick lo miró con curiosidad. —¿Por qué tienes tantas ganas de vender? Pensaba que te gustaban Bartok House y Somerset. Aunque solo vinieras de vez en cuando.
A Joseph volvió a encogérsele el corazón.
Había sido idea de su madre vender Bartok House.
A ella nunca le había gustado demasiado la casa y siempre le había desconcertado que a su difunto esposo le encantara tanto.
Pero el interés del difunto conde por venir aquí había menguado en los últimos años, a medida que su salud se deterioraba.
Ya no podía soportar el largo viaje en carruaje.
Bartok House llevaba vacía más de cuatro años.
—Venderla es una buena decisión financiera —dijo con rapidez—. La familia ya no la usa. Se está deteriorando. Madre no quiere volver aquí ahora que Padre ha muerto, y yo tampoco. —Hizo una pausa—. Es hora de pasar página.
Fredrick exhaló un profundo suspiro. —Sí, supongo que sí. Aunque había olvidado lo encantadora que es esta zona. Nos lo pasamos bien aquí en los viejos tiempos, ¿verdad?
Joseph esbozó una sonrisa irónica. —Desde luego que sí. Picnics a orillas del río. Largos paseos por el campo. Cabalgatas por los prados. —De pronto se le llenaron los ojos de lágrimas—. Somerset siempre tendrá un pedazo de mi corazón.
Se hizo un silencio incómodo. Joseph sabía que Fredrick no encontraba las palabras. Porque todo allí le recordaba a ella. Era como si formara parte del paisaje, igual que el viejo molino.
—Bueno, no olvides la otra razón por la que estamos aquí —dijo Fredrick finalmente con una sonrisa—.
Quiero intentar encontrar esposa, ¿recuerdas?
Y para eso, acuérdate del baile del sábado, ¿eh?
No podemos salir huyendo del pueblo antes, aunque encuentres comprador para la propiedad.
Un hombre debe aprovechar al máximo cualquier oportunidad que se le presente.
Joseph exhaló un suspiro. —Iremos al baile y te buscaremos una buena mujer, Knightley. Descuida.
Siguieron caminando en silencio. Joseph sentía una losa en el pecho. Era cierto: cuanto antes encontrara un comprador para Bartok House y se marchara de Somerset, mejor. Los fantasmas del pasado estaban despertando, reclamando su atención, y no sabía cuánto tiempo más podría resistirse a ellos.
***
Cuando Joseph y Fredrick llegaron a Bartok House, se separaron antes de la cena. Fredrick bostezó mientras subía la escalera hacia su habitación, anunciando que iba a echarse una siesta porque el aire del campo y tanta caminata, aunque vigorizantes, lo habían dejado agotado.
Joseph se quedó abajo. No tenía ganas de descansar. Lo embargaba una energía inquieta que no acababa de comprender. Decidió recorrer toda la propiedad y hacer un inventario para familiarizarse con cada rincón y poder hablar de ella con seguridad ante un posible comprador.
Primero habló con el encargado y tomó nota de todos los problemas que requerían atención.
Al parecer, una sección del tejado del ático tenía goteras.
Dos habitaciones estaban plagadas de moho húmedo que reaparecía por mucho que se fregara.
Pero aparte de eso, no había nada grave.
Estaba seguro de que la casa podría venderse a muy buen precio.
Era, después de todo, la casa más grandiosa del distrito.
Cuando el encargado se marchó, recorrió la mansión y entró en cada habitación. Pero al entrar en el salón y ver el pianoforte, se detuvo en seco. El corazón le latía con fuerza.
Allí fue donde se había fijado en Marianne por primera vez. Ella tocaba el instrumento con tanta belleza que casi le rompió el corazón.
Se acercó al instrumento y pasó una mano sobre él. Probablemente estaba desafinado. Nadie lo había tocado en años. Decidió llamar a un afinador de inmediato. Un posible comprador podría querer adquirir la propiedad amueblada, y todo debía funcionar a la perfección.
Una oleada de sentimientos lo invadió. Había sido una de las veladas musicales de su padre, a la que se había invitado a muchos miembros de la pequeña nobleza local.
Muchas damas habían tocado aquella noche.
Pero solo recordaba a la primera de ellas, que se sentó al instrumento y extendió las manos con confianza sobre las teclas. A ella y a ninguna otra.
Un silencio se había apoderado de la sala en cuanto ella comenzó a tocar.
Joseph había dejado de hablar a mitad de frase, hechizado por la interpretación.
Se había girado para observar a la dama mientras sus manos volaban sobre las teclas.
La Sonata Claro de Luna de Beethoven. Incluso ahora, cada vez que la escuchaba, lo transportaba a aquella lejana noche.
Era hermosa: los dedos largos y delicados sobre las teclas, la espalda recta como una vara y el rostro absorto en concentración mientras tocaba. Un rostro en forma de corazón, tez dorada y mejillas sonrosadas.
Una cascada de rizos color miel le caía por la nuca y le enmarcaba el rostro. Había mantenido los ojos bajos, fijos en las teclas, pero al terminar de tocar alzó la vista y lo miró directamente. Eran del verde más pálido que jamás había contemplado, enmarcados por pestañas doradas.
—¿Quién es? —susurró hechizado al caballero que tenía al lado.
—La señorita Marianne Windham, milord —respondió el hombre—. La única hija del señor Arthur Windham, un hacendado de la zona. Es muy conocida en el distrito por su excepcional talento con el pianoforte. Y por su belleza, por supuesto.
Joseph asintió distraído y volvió a contemplar al ángel que creaba aquella magia con sus dedos. El hombre no exageraba: su talento era verdaderamente excepcional. Al igual que su belleza.
Y en ese momento quedó prendado, como fulminado por un rayo...
Joseph se sentó ante el instrumento y se quedó mirando las teclas, embargado por una pena tan agridulce que apenas podía soportarla. La música no había sonado en aquel salón desde hacía años. Hasta ayer, el instrumento había permanecido cubierto. Nadie lo había tocado en mucho tiempo.
Debería regalárselo, pensó de repente. Debería enviarlo a su casa. Le pertenece. Porque ¿quién más podría tocarlo tan bien?
Pero en cuanto el pensamiento impulsivo cruzó su mente, lo apartó. De algún modo, sabía que aquello no haría feliz a Marianne. Ella rechazaría el regalo; no quería nada de él. Ningún recordatorio del pasado.
Se levantó y salió de la habitación. Volvía a sentir el corazón oprimido.
Fuera adonde fuera en aquella casa, todo le recordaba a ella, igual que el pueblo entero.
Era tan abrumador que tuvo que reprimir el impulso de ordenar a los criados que hicieran sus baúles y prepararan el carruaje para regresar de inmediato a Londres.
Sabía que nada se lo impedía. Fredrick podría sentirse un poco contrariado, tan ilusionado como estaba con el baile y con encontrar una esposa de campo, pero lo superaría. El abogado podría encargarse de la venta de la casa en su nombre. Al fin y al cabo, nada era insuperable.
Cerró las manos en puños a los costados. Simplemente no podía hacerlo. Todavía no, al menos.
Salió de la casa hacia los jardines. Bartok House se alzaba en lo alto de una colina, en las afueras de Acton-on-Rye.
Desde allí podía contemplar todo el pueblo extendido ante él.
Podía ver el tejado de la casa de ella. O de la de sus padres.
Al fin y al cabo, no sabía si se había casado y mudado a otra.
No sabía nada de su vida. Eran como dos extraños.
Pero hubo un tiempo en que ella fue la persona más cercana a él en el mundo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas inútiles de nuevo.
Si tan solo pudiera volver atrás en el tiempo y cambiarlo todo.
Sabía que no volvería a cometer los mismos errores.
Era un hombre distinto del que había sido entonces.
Se acercaba a los treinta y estaba asumiendo las responsabilidades del condado.
Ya no era el joven impresionable que jamás se habría atrevido a plantarle cara a su padre.
Pero ya era demasiado tarde. Lo sabía. Regodearse en el pasado era peligroso. Necesitaba dejar Somerset atrás para siempre.