Episodio VII La Oferta del Diablo
E l amanecer en Glasgow no traía luz, solo una versión más pálida de la oscuridad. La niebla se levantaba del río como el aliento de un animal enfermo, envolviendo los pilares de hierro del puente y amortiguando el sonido de los primeros carros de reparto que cruzaban hacia el sur.
James Macleod estaba apoyado en la barandilla, mirando el agua negra que fluía diez metros más abajo.
Su costado derecho era un bloque de dolor sordo; cada respiración le recordaba el cuchillo de la noche anterior.
Pero el dolor físico era manejable. Lo que le carcomía era el vacío a su izquierda, el espacio donde debería haber estado su compañero.
—Llegas puntual, James —dijo una voz a su espalda.
Macleod no se giró. Conocía esa voz. Era la voz de la autoridad, de la experiencia y, desde hacía unas horas, la voz de la traición.
—Me citó usted aquí, sargento —respondió Macleod, escupiendo al río—. Supongo que la comisaría ya no es segura para conversaciones privadas. O quizás tiene miedo de mirarme a la cara bajo la luz eléctrica.
Roderick Gunn se colocó a su lado. No llevaba su uniforme, sino un abrigo civil de buena calidad y un sombrero hongo que ocultaba sus ojos. Olía a jabón de afeitar y a brandy barato, el desayuno de los hombres que no han podido dormir.
—No lo hagas más difícil —dijo Gunn, mirando al frente, hacia las chimeneas de las fábricas de Gorbals—. Lo que pasó en el callejón... fue una decisión táctica.
—¿Táctica? —Macleod soltó una risa amarga que terminó en una mueca de dolor—. Me dejó desangrándome en el suelo, Gunn. Se fue. Les dejó vía libre para rematarme. Eso no es táctica. Eso es cobardía.
—Es supervivencia —corrigió Gunn con dureza, girándose por fin para encararle.
Tenía el rostro demacrado, envejecido diez años en una noche—.
¿Crees que eres el primer policía honesto en esta ciudad?
¿Crees que vas a cambiar algo? Esos hombres.
.. no son delincuentes comunes, James. Trabajan para intereses que mueven el Parlamento.
Si yo hubiera disparado anoche, hoy estaríamos los dos en la morgue, y el informe diría «ajuste de cuentas por deudas de juego».
—Entonces, ¿qué hacemos aquí? —preguntó Macleod—. ¿Ha venido a terminar el trabajo? ¿Va a empujarme por la barandilla?
Gunn metió la mano en el bolsillo. Macleod se tensó, listo para sacar la navaja que ahora llevaba en la manga, pero Gunn solo sacó un sobre grueso de papel manila.
—Vengo a ofrecerte una salida. —Gunn le tendió el sobre—. Aquí hay un informe policial completo. Firmado, sellado y listo para archivar. Identifica al asesino de Hans Beck.
Macleod no cogió el sobre.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es el afortunado?
—Un estibador irlandés llamado Patrick O’Shea. Un borracho conocido, con antecedentes por violencia. Murió anoche en una pelea de taberna en Govan. Muy conveniente.
—¿Y el motivo?
—Robo. Beck se resistió. O’Shea le golpeó y le tiró al río. Caso cerrado. —Gunn agitó el sobre—. Si firmas esto como oficial al cargo, el caso se cierra hoy. Mañana serás ascendido a detective sargento. Tendrás un aumento. Y lo más importante: dejarán de intentar matarte.
—¿Y la chica?
Gunn dudó un segundo.
—La chica alemana... Helga. Si el caso se cierra, ella deja de ser un cabo suelto. Podrá volver a su vida. O irse. Nadie la buscará.
Macleod miró el sobre. Era la oferta del diablo. Seguridad. Carrera. Vida. Todo a cambio de una mentira que condenaba la memoria de un inocente y exoneraba a una maquinaria de guerra.
—¿Y qué pasa con las turbinas, Gunn? —preguntó Macleod en voz baja—. ¿Qué pasa con los secretos que están saliendo por el puerto en cajas de maquinaria agrícola? ¿También cerramos los ojos ante eso?
—¡Eso no es asunto nuestro! —estalló Gunn, perdiendo la compostura—.
¡Somos policías de Glasgow, no el Servicio Secreto!
¡Si el Almirantazgo tiene goteras, que llamen a un fontanero de Londres!
Nosotros limpiamos las calles, James. Y tú estás intentando limpiar una mancha de aceite con un pañuelo de seda.
Te vas a ensuciar y no vas a limpiar nada.
—Patrick O’Shea no mató a Beck —dijo Macleod—. Lo mató el hombre de la cicatriz. El mismo que casi me destripa anoche. El mismo que trabaja para los que le pagan a usted.
—¡Coge el maldito sobre! —gritó Gunn, agarrando a Macleod por las solapas del abrigo—. ¡Es tu última oportunidad! Les he dicho que eres razonable. Les he dicho que entrarás en razón. Si no sales de este puente con este papel firmado, no puedo protegerte.
Macleod miró las manos de su mentor. Temblaban. Gunn no era un monstruo; era un hombre pequeño aplastado por una rueda gigante. Pero al aceptar ser el lubricante de esa rueda, se había convertido en parte del mecanismo.
Macleod apartó las manos de Gunn con un movimiento seco.
—No necesito su protección, sargento. Y no necesito su ascenso.
Cogió el sobre de las manos de Gunn. El sargento suspiró, aliviado, pensando que había ganado.
Pero entonces, Macleod rompió el sello de lacre.
Sacó los papeles. Y con un gesto deliberado, los rompió por la mitad.
Y otra vez. Lanzó los pedazos al aire. El viento del Clyde los atrapó, dispersándolos como copos de nieve sucia hacia el agua negra.
—Dígales que no firmo —dijo Macleod—. Dígales que sé lo que hay en el almacén de Partick. Y que voy a por ellos.
Gunn miró los papeles caer, horrorizado. Su rostro se vació de color. Sabía lo que significaba ese gesto. No era solo una negativa; era una sentencia de muerte. Y él, Roderick Gunn, tendría que ser el verdugo, o la próxima víctima.
—Eres un necio, James —susurró Gunn, retrocediendo—. Un necio arrogante. Crees que eres el héroe de una novela. Pero esto es Glasgow. Aquí no hay héroes. Solo hay supervivientes y cadáveres.
—Entonces elija su bando, Gunn. Porque la próxima vez que nos veamos, no le dejaré irse corriendo.
Gunn le dirigió una última mirada, una mezcla de odio y lástima, y se dio la vuelta. Caminó rápido hacia el extremo norte del puente, desapareciendo en la niebla como un fantasma cobarde.
Macleod se quedó solo en el puente. Se sentía ligero, purificado. Había rechazado al diablo. Pero entonces, el viento cambió. Y trajo, desde la dirección de Govan, el sonido lejano y estridente de una campana de bomberos. Y olor a humo.
El corazón de Macleod se detuvo. Govan. La pensión.
◆◆◆
Calle Govan. Treinta minutos después.
Macleod no corrió; voló. Ignorando el dolor de su costado, ignorando el agotamiento, atravesó las calles despertando a los borrachos y espantando a los caballos.
Cuando dobló la esquina de la calle Govan, el cielo ya no era gris; era naranja.
La Pensión Müller ardía.
No era un fuego accidental de chimenea. Las llamas brotaban de las ventanas de la planta baja y lamían la fachada de ladrillo, devorando las cortinas y la madera vieja con una voracidad antinatural. El olor a queroseno era tan fuerte que ahogaba el olor a humo.
—¡Atrás! ¡Atrás! —gritaban los bomberos, luchando con las mangueras de lona que apenas escupían agua suficiente para contener el infierno.
Una multitud de vecinos en camisón y ropa de trabajo miraba el espectáculo con esa fascinación morbosa de la tragedia ajena.
Macleod se abrió paso a empujones.
—¡Helga! —gritó—. ¡Helga!
Vio a Frau Müller sentada en el bordillo de la acera opuesta, envuelta en una manta, llorando y gritando en alemán. Tenía la cara tiznada de hollín. Macleod la agarró por los homros.
—¿Dónde está? ¿Dónde está Helga?
La mujer le miró con ojos desorbitados.
—¡Arriba! —chilló—. ¡Estaba arriba! ¡No bajó! ¡La escalera... fuego en la escalera!
Macleod miró hacia el edificio. El fuego había consumido la entrada. La escalera de madera, el único acceso a los pisos superiores, era una chimenea rugiente. Miró hacia las ventanas del segundo piso. La habitación de Helga. El cristal estaba negro por el humo. No se veía nada.
—¡No! —Macleod se lanzó hacia la puerta.
Un bombero le interceptó, placándole.
—¡Está loco, hombre! ¡El techo va a colapsar! ¡No puede entrar!
—¡Hay alguien dentro! —rugió Macleod, golpeando al bombero, luchando como un demonio.
—¡Ya no hay nadie vivo ahí dentro! —gritó el bombero, sujetándole con ayuda de otro—. ¡Mire!
El techo del primer piso cedió con un estruendo terrible, enviando una columna de chispas hacia el cielo. Las ventanas del segundo piso estallaron hacia afuera por la presión.
Macleod dejó de luchar. Cayó de rodillas en el adoquín mojado.
El calor del incendio le golpeaba la cara, secando las lágrimas antes de que pudieran caer.
Había llegado tarde. Había rechazado la oferta de Gunn, y la respuesta había sido inmediata.
Fuego. No habían ido a asustar. Habían ido a exterminar.
—Helga... —susurró, con la voz rota.
Entonces, entre el estruendo de las vigas cayendo y los gritos de la multitud, oyó algo. Un sonido metálico. Rítmico. Clang. Clang. Clang . Venía del callejón lateral. De la escalera de incendios.
Macleod se levantó y corrió hacia el callejón, esquivando a los bomberos.
La escalera de hierro exterior, una estructura oxidada que apenas se usaba, descendía por la pared lateral del edificio.
A medio camino, una figura luchaba por bajar.
Llevaba un vestido chamuscado y tosía violentamente, aferrándose a la barandilla caliente.
Llevaba algo atado al pecho con un chal.
—¡Helga!
Ella le vio. Su cara estaba negra por el humo, su cabello rubio chamuscado en las puntas, pero estaba viva. Macleod trepó por los primeros peldaños y la agarró, ayudándola a bajar los últimos metros antes de que el calor se volviera insoportable.
Cayeron juntos al suelo del callejón, lejos del infierno principal. Helga se aferró a él, tosiendo, escupiendo flema negra.
—Intentaron... —jadeó—. Tiraron botellas... por la ventana... queroseno...
—Shhh, estás a salvo. Estás viva.
Macleod la abrazó con una fuerza desesperada, comprobando que no tuviera heridas graves.
Tenía quemaduras en las manos y en los brazos, pero parecía entera.
Entonces se fijó en lo que llevaba atado al pecho.
No era una maleta. Era el diario de Hans Beck y la carpeta con las traducciones.
Había arriesgado su vida para salvar las pruebas.
—Pensé que... —Macleod no pudo terminar la frase. Enterró la cara en el cuello de ella, oliendo a humo y a vida.
Helga se apartó un poco para mirarle. Sus ojos azules brillaban con una furia que reflejaba las llamas.
—Vinieron a matarme, James. Bloquearon la puerta de mi habitación por fuera. Tuve que romper la ventana y saltar a la escalera de hierro.
Macleod miró hacia la calle principal, donde el fuego seguía rugiendo. Gunn le había advertido. «O firmas, o te destruimos». Habían intentado destruir lo único que le importaba.
—Esto ha sido Gunn —dijo Macleod, su voz fría como el hielo—. Él dio la orden. O permitió que la dieran. Sabía que no firmaría.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Helga. Estaba temblando, el shock empezando a instalarse.
Macleod miró el edificio en llamas. Su vida anterior, su carrera, su fe en la ley... todo ardía allí dentro. Ya no era un policía. Era un hombre en guerra.
—Te llevaré a un lugar seguro. Fuera de Glasgow. —Macleod se puso de pie y la ayudó a levantarse—. Y luego... luego voy a terminar lo que empezamos. Voy a hundir ese maldito barco.
—¿El Kestrel ?
—El Kestrel zarpa mañana con la marea de la tarde. Con las turbinas. Es su carga más valiosa. Si les quito eso... si expongo la carga ante todo el puerto... Gunn y sus amigos no tendrán dónde esconderse.
—Es peligroso, James.
—Ya estamos muertos, Helga. —Macleod señaló el incendio—. Para ellos, hemos muerto ahí dentro. Ojalá lo crean hasta mañana.
La llevó lejos de la luz del fuego, hacia las sombras profundas de los callejones de Govan. Caminaban como dos espectros, manchados de hollín y sangre, invisibles para una ciudad que solo miraba el espectáculo de las llamas.
Macleod sabía que había cruzado un límite. Ya no buscaba justicia. Buscaba venganza. Y al mirar la silueta de Helga, cojeando a su lado, supo que el precio de esa venganza sería todo lo que le quedaba.
La oferta del diablo había sido rechazada. Ahora tocaba pagar la cuenta.
◆◆◆
Posada Der Alpenhof, Austria. 1928.
Macleod se frotó la cara con las manos, intentando borrar la imagen del incendio que seguía ardiendo en su memoria veintinueve años después.
—Sobrevivió —dijo Friedrich, con un tono de asombro—. Mamá sobrevivió a eso. Nunca me contó lo del fuego. Solo decía que Glasgow era una ciudad gris.
—No te lo contó porque no quería que odiaras el lugar donde fuiste concebido —dijo Macleod—. Helga era... resiliente. Más que yo. Yo me rompí esa noche, Friedrich. El policía murió en ese callejón. Lo que salió de allí fue algo diferente. Algo peor.
Macleod miró a su hijo.
—Esa noche la escondí en una caseta de guardavías abandonada cerca de las vías del tren. Hacía frío. Ella tenía miedo por el bebé. Por ti. Me hizo prometer que, si algo salía mal al día siguiente, si yo no volvía... ella se iría. Sin mirar atrás.
—Y tú fuiste al muelle.
—Fui al muelle. Tenía que detener el envío. Tenía que hacer que el dolor valiera la pena. Pero no sabía que Gunn tenía una última carta en la manga. Una carta que me costaría más que la vida.