El invierno de Hamburgo (Archivos del exilio 3 Hierro y sal) Prólogo La Fiebre del Hielo
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El invierno de Hamburgo (Archivos del exilio 3 Hierro y sal)

El invierno de Hamburgo (Archivos del exilio 3 Hierro y sal)

Por A. Abat

© inepub.com

Prólogo La Fiebre del Hielo

E l dolor no era un visitante; se había convertido en el dueño de la casa.

Para James Macleod, que había pasado la mayor parte de sus cincuenta y tantos años negociando con diferentes tipos de sufrimiento —desde los nudillos rotos en los callejones de Glasgow hasta el frío húmedo de las islas Orcadas—, este dolor era algo nuevo.

No era el dolor agudo de una herida de cuchillo, ni el latido sordo de un hueso mal curado.

Era un vacío. Un aullido fantasma que subía desde unos dedos que ya no existían, recorría un húmero que había sido serrado y se clavaba en su cerebro con la insistencia de un telegrafista pidiendo auxilio.

Hacía tres días que un médico rural austriaco, con manos grandes y modales de veterinario, le había amputado el brazo derecho por debajo del hombro. La gangrena, ese regalo negro del glaciar Höllental, no había aceptado sobornos.

Macleod abrió los ojos. El techo de madera de pino oscilaba suavemente, como la cubierta de un barco en medio de una tormenta. El aire de la habitación estaba cargado, denso por el olor a yodo, a leña quemada y al sudor agrio de su propia fiebre.

Bella Sinclair estaba sentada junto a la cama, exprimiendo un paño en un cuenco de agua fría.

—Quieto —dijo una voz a su izquierda. Era una voz firme, pero con bordes desgastados por la fatiga.

Macleod ignoró la orden. Necesitaba anclarse a la realidad, hacer algo que sus manos recordaran mejor que el dolor.

Macleod buscó la pipa en su bolsillo con la mano izquierda.

La encontró, pero al intentar llenarla de tabaco, se detuvo.

Siempre había usado dos manos: una para sujetar la cazoleta, otra para pellizcar la hebra.

Ahora, la bolsa de tabaco yacía sobre sus rodillas como un animal muerto que no podía despellejar.

Con un gruñido de frustración, apretó la pipa entre las rodillas para inmovilizarla y, con movimientos torpes de su única mano, logró introducir el tabaco.

Encender la cerilla fue otra batalla. Cuando finalmente el humo azul se elevó, Macleod no sintió placer, sino el agotamiento de quien acaba de aprender que el mundo se ha vuelto el doble de pesado.

Bella le observó en silencio, con esa mirada clínica que no juzgaba, solo evaluaba daños. —Bienvenido a tu nueva vida, James —dijo suavemente.

A la luz de la tarde que se filtraba por las cortinas de encaje, parecía más anciana de lo que Macleod recordaba.

Las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas, marcadas por la huida de Berlín, por el incendio del hangar, por la escalada en la nieve.

Pero sus manos, esas manos de forense que habían diseccionado la verdad en las morgues de Escocia, seguían siendo precisas.

Le puso el paño en la frente. El frío fue una bendición.

—¿Sigo vivo? —graznó Macleod. Su voz sonaba como si hubiera tragado cristales.

—Por ahora —respondió Bella, sin mirarle a los ojos, concentrada en alisar la sábana sobre el muñón vendado—. La infección está remitiendo. Eres demasiado terco para morir por una bacteria, James. Después de sobrevivir a Smith y a sus francotiradores, sería una broma de mal gusto.

Macleod intentó incorporarse, pero el mundo giró violentamente. Se dejó caer de nuevo en la almohada.

—¿Dónde está? —preguntó.

Bella señaló hacia la ventana.

—Fuera. Cortando leña. Dice que necesita hacer algo con las manos o se volverá loco.

Macleod giró la cabeza. A través del cristal, en el patio trasero de la posada, vio a Friedrich.

Su hijo. El joven ingeniero ya no llevaba la chaqueta de cuero de aviador ni el traje a medida de Berlín.

Vestía una camisa de franela prestada y pantalones de trabajo.

Levantaba el hacha y la dejaba caer sobre los troncos con una violencia rítmica, metódica.

Crack. Crack. Crack. Cada golpe era una descarga de furia.

—Sabe quién soy —murmuró Macleod. No era una pregunta.

—Sabe que eres su padre —corrigió Bella—. Pero no sabe quién eres tú. Sabe que le salvaste en la grieta. Sabe que perdiste una pierna por él. Pero también sabe que le mentiste durante toda su vida. Que su madre le mintió.

Bella se sentó y le tomó la mano. Su tacto era lo único que anclaba a Macleod a la realidad.

—James, tiene preguntas. Y tiene derecho a las respuestas.

Ya no es el ingeniero arrogante que conocimos en el Club Eldorado.

El glaciar le ha cambiado. Ha visto la muerte.

Ha visto lo que cuesta sobrevivir. Si no le das la verdad ahora.

.. le perderás para siempre. No se irá físicamente, quizás.

Pero se cerrará. Se convertirá en un hombre de hielo, como Smith.

—La verdad es fea, Bella.

—La verdad es lo único que nos queda. Hemos quemado los planos. Hemos quemado los coches. Hemos quemado nuestras identidades. Ya no tenemos nada que proteger, salvo la memoria.

La puerta se abrió. Entró una ráfaga de aire fresco, oliendo a resina y tierra húmeda.

Friedrich entró, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

Se detuvo al ver a Macleod despierto. Hubo un momento de silencio incómodo.

Padre e hijo se miraron. Dos extraños unidos por la sangre y por un trauma compartido en la alta montaña.

Los ojos de Friedrich eran azules, idénticos a los de Helga.

Pero la forma de la mandíbula, la tensión en los hombros.

.. eso era Macleod. Era como mirarse en un espejo que deformaba el tiempo, devolviéndole la imagen del joven policía que había sido en 1899.

—Has despertado —dijo Friedrich. Su alemán era culto, preciso, pero había perdido la altivez prusiana.

—Siento no poder ayudarte con la leña —dijo Macleod, intentando una sonrisa que se convirtió en mueca.

Friedrich dejó el hacha junto a la puerta y arrastró una silla hasta los pies de la cama. Se sentó, apoyando los codos en las rodillas, mirando el bulto de las sábanas donde faltaba la pierna.

—Bella dice que la fiebre te hace hablar en sueños —dijo el joven—. Hablas en inglés. Y a veces en un idioma que no entiendo.

—Gaélico —dijo Macleod—. El idioma de los fantasmas.

—Mencionaste un nombre. Una y otra vez. No era el mío. Y no era el de mamá.

Macleod sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué nombre?

—Dijiste: «El error original». Y luego dijiste: «El marinero».

Macleod cerró los ojos. La morfina, ese sedante traicionero, había abierto las compuertas que él llevaba treinta años manteniendo cerradas. «El marinero». Hans Beck. «El hombre del violín». El cadáver que lo empezó todo.

—Friedrich —dijo Macleod, abriendo los ojos y clavándolos en su hijo—.

Tú crees que tu historia empezó en Berlín, con motores y aviones.

O crees que empezó cuando yo abandoné a tu madre —el viejo detective respiró hondo, sintiendo cómo el aire de los Alpes le limpiaba los pulmones, preparándole para la inmersión en el lodo del pasado— Pero te equivocas.

Tu historia, mi historia, y la razón por la que estamos escondidos en esta montaña olvidada de la mano de Dios.

.. todo empezó mucho antes. Empezó con lluvia. Con mucha lluvia.

Friedrich se inclinó hacia adelante. La curiosidad técnica brilló en sus ojos, la misma que tenía cuando miraba un plano complejo. Quería entender el mecanismo de su propia existencia.

—¿Cuándo?

—En 1899 —dijo Macleod—. El último año del siglo XIX. El año en que el mundo decidió volverse loco.

Macleod miró a Bella. Ella asintió levemente, dándole permiso, o quizás dándole fuerzas.

—Glasgow no era como Berlín, hijo. Berlín es luz eléctrica y jazz .

Glasgow era hierro y carbón. Era el taller del mundo.

Construíamos los barcos que gobernaban los océanos.

Y yo... yo era un Detective Constable de veinticinco años que creía que la placa de policía era un escudo mágico contra el mal.

Macleod soltó una risa seca, sin humor.

—Era un idiota. Un idiota idealista.

—Mamá nunca dijo que fueras idiota —dijo Friedrich suavemente—. Dijo que eras valiente. Dijo que te fuiste a una guerra secreta.

—Esa fue la mentira piadosa que ella te contó para que pudieras dormir. La verdad... la verdad es que yo no fui a ninguna guerra. La guerra vino a mí. Vino flotando boca abajo en el río Clyde, con un agujero en la cabeza y una caja de cerillas de Hamburgo en el bolsillo.

Macleod se acomodó en las almohadas. El dolor de la pierna se convirtió en un zumbido de fondo. Su mente viajó hacia atrás, cruzando décadas y fronteras, alejándose de la luz dorada de Austria hacia la niebla perpetua de Escocia.

—Para entender por qué te dejé, Friedrich, tienes que entender quién era yo antes de conocer a tu madre.

Tienes que entender qué significaba ser policía en una ciudad donde los dueños de los astilleros cenaban con los jueces y los obreros morían sin que nadie preguntara sus nombres.

Tienes que entender el Invierno de Hamburgo.

Porque aunque estábamos en Glasgow, el frío que nos congeló el alma vino de allí.

Friedrich no dijo nada. Solo esperó. Bella se levantó y corrió las cortinas un poco, dejando que la tarde cayera sobre la habitación, creando las sombras necesarias para invocar a los muertos.

—Cuéntamelo —dijo Friedrich—. Cuéntamelo todo. No la versión de los héroes. La versión de los ingenieros. Causa y efecto.

—Bien —dijo Macleod—. Causa y efecto. —El viejo detective miró sus manos. Manos viejas, manchadas, asesinas y salvadoras—. La causa fue un cadáver que nadie quería reclamar. El efecto... el efecto fuiste tú. Y todo lo que perdimos por el camino.

Macleod tomó aire. El olor a pino desapareció. De repente, olía a salmuera, a humo de chimenea industrial y a sangre barata. El río Clyde empezó a fluir por la habitación, negro y profundo.

—Era noviembre —empezó Macleod, su voz ganando fuerza, transportándose—. Y llovía como si Dios quisiera limpiar la ciudad de sus pecados, pero se hubiera quedado sin agua limpia y estuviera usando agua sucia...