Capítulo 24 Las Estaciones Perdidas
Durante algunos minutos permanecieron frente al pabellón sin hablar.
El temporal continuaba golpeando el exterior del Invernadero.
La lluvia descendía sobre las cúpulas de cristal.
Los truenos resonaban a través de la estructura metálica.
Pero allí, junto al árbol central, todo parecía extrañamente inmóvil.
Como si aquel rincón hubiera sido apartado del tiempo.
Edith fue la primera en empujar la puerta.
La madera cedió suavemente. Sin resistencia.
Como si hubiera estado esperando. El interior era pequeño.
Mucho más pequeño de lo que Arthur había imaginado.
No parecía un laboratorio. No parecía un archivo.
No parecía una tumba. Se parecía más a una habitación conservada por la memoria.
Había estanterías. Un escritorio. Varios retratos.
Cuadernos. Instrumentos botánicos. Y una ventana circular desde donde podía contemplarse el gran árbol central.
Durante unos instantes nadie tocó nada. Porque todos comprendieron inmediatamente que aquel lugar había pertenecido a alguien.
Y que todavía conservaba parte de esa presencia.
Fue Edith quien encontró el primer retrato.
Descansaba sobre una repisa cubierta de polvo.
Un hombre joven. Cabello oscuro. Sonrisa tranquila.
Arthur lo reconoció de inmediato. El padre.
Pero no estaba solo. A su lado aparecía una mujer.
Mucho más joven que la Lady Eleanor que conocían.
Sin dureza. Sin rigidez. Sin aquella expresión cansada que parecía acompañarla siempre.
Florence observó la imagen.
—Parece feliz —murmuró.
Edith recordó inmediatamente haber pronunciado exactamente las mismas palabras al descubrir la fotografía en la biblioteca.
Y por primera vez comenzó a sospechar que aquella felicidad había sido real.
Encontraron más retratos. Más cartas. Más diarios.
Y lentamente comenzó a surgir una historia.
No una historia de misterios. Una historia de personas.
Arthur abrió uno de los cuadernos. Las primeras páginas hablaban de expediciones.
Plantas. Semillas. Viajes. Pero pronto comenzaron a aparecer referencias personales.
Una y otra vez. Siempre el mismo nombre.
Eleanor. La señorita Eleanor Ashford. No Lady Blackwood.
No la dueña de la mansión. No la mujer que vigilaba los corredores.
La señorita Eleanor Ashford. Una joven apasionada por las plantas.
Inteligente. Curiosa. Capaz de discutir durante horas por una simple orquídea.
Capaz de corregir notas científicas. Capaz de desafiar a cualquiera. Incluso al propio autor del diario.
—La quería —dijo Diana. No era una pregunta.
Arthur siguió leyendo. Y comprendió que tenía razón. Las anotaciones se transformaban lentamente. Las plantas seguían apareciendo. Pero cada vez con menos frecuencia. Y Eleanor cada vez con más. Hasta que finalmente apareció una frase escrita con tinta más oscura. Más firme. Más personal.
—"Hoy comprendí que ningún jardín me interesará jamás tanto como ella."
El silencio se instaló en la habitación.
Nadie necesitó añadir nada. Después llegaron las últimas páginas.
Y el tono cambió. Bruscamente. Las referencias al Invernadero desaparecieron.
Los planes quedaron inconclusos. Las anotaciones se hicieron esporádicas.
Fragmentadas. Como si la vida hubiera comenzado a alejarlo de Blackwood Hall.
Entonces apareció una entrada fechada varios años después. Arthur la leyó lentamente.
—"Parto mañana."
Nada más. Otra página.
—"Prometí regresar."
Otra.
—"El mundo es más grande de lo que imaginábamos."
Otra.
—"Todavía pienso en Yorkshire."
Y después... años de silencio.
El siguiente cuaderno apareció guardado dentro de una caja de cuero.
Más gastado. Más deteriorado. Mucho más triste.
Las primeras páginas describían lugares desconocidos.
Puertos. Ciudades. Climas tropicales. Montañas.
Después aparecía una nueva caligrafía. Una segunda mano.
Femenina. Breves anotaciones al margen. Comentarios.
Observaciones. Y poco a poco todos comprendieron la verdad.
Durante aquellos años el padre no había estado solo.
Edith permaneció inmóvil. Observando las páginas.
Nadie se atrevió a mirarla. Porque todos entendían lo que estaba descubriendo.
La existencia de otra mujer. No Eleanor.
Otra. Lejana. Desconocida. Perdida. Arthur continuó leyendo.
Y finalmente encontró la explicación. No una confesión.
No una defensa. Simplemente unas líneas.
Escritas mucho tiempo después. Con una letra más insegura. Más cansada.
—"Nunca dejé de pensar en Eleanor."
La siguiente frase parecía haber sido corregida varias veces.
—"Pero la vida no pregunta qué esperábamos."
Nadie habló. Porque aquella frase contenía más verdad que cualquier explicación. Varias páginas después apareció el nombre de Edith por primera vez. Y junto a él una anotación aún más breve.
—"Su madre ha muerto."
Florence bajó lentamente la vista. Diana cerró los ojos. Incluso Arthur sintió un nudo en la garganta. Porque la frase ocupaba apenas una línea. Pero detrás de ella podía percibirse una pérdida inmensa.
El cuaderno continuaba. Y el hombre que escribía parecía cada vez más agotado. Más preocupado. Más consciente de algo que se aproximaba. Finalmente apareció una entrada distinta. Una que hizo que Arthur se detuviera. Volviera atrás. Y la leyera dos veces.
—"Hoy no pude distinguir el rostro de Edith desde el otro extremo de la habitación."
El silencio se volvió absoluto. Porque todos comprendieron inmediatamente. La enfermedad. La misma. La que ahora amenazaba a Edith. Había comenzado mucho antes.
Arthur pasó la página. Y encontró la última anotación completa. La última. La más importante. La que había cambiado el destino de todos.
—"Si estoy en lo cierto, ella también la heredará."
Nadie respiró. Nadie habló. Y por primera vez desde que llegaron al Invernadero, Edith sintió miedo. No del pasado. No de Eleanor. No de la oscuridad. Del futuro.
Entre las últimas páginas del cuaderno descansaba una carta doblada.
Sellada. Dirigida a una única persona. La tinta seguía siendo perfectamente legible.
Para Eleanor . Y al ver aquel nombre, Edith comprendió que estaba a punto de descubrir la verdad que había permanecido oculta durante toda su vida.
El sello estaba roto desde hacía años. Sin embargo, ninguno de ellos se atrevió a abrir la carta inmediatamente.
Como si comprendieran que, una vez leída, ya no quedaría ningún lugar donde esconderse de la verdad.
Fue Edith quien finalmente la tomó. Y antes de que pudiera desplegarla, una voz resonó desde la entrada del pabellón.
—Siempre imaginé que sería aquí.
Los cuatro giraron. Lady Eleanor permanecía inmóvil bajo el umbral.
Empapada por la lluvia. Más vieja. Más cansada.
Más humana de lo que la habían visto nunca.
Durante varios segundos nadie habló. Ni siquiera ella.
Su mirada se detuvo sobre la carta. Después sobre Edith.
Y finalmente sobre el retrato que descansaba sobre la mesa.
El retrato de un hombre que ambos habían amado.
—¿Cuánto tiempo llevas viniendo aquí? —preguntó Arthur.
Eleanor tardó en responder.
—Desde el principio.
La sinceridad de la respuesta sorprendió incluso a Edith.
—¿Y nunca nos dijiste nada?
—No.
—¿Por qué?
La mujer observó el árbol visible tras la ventana circular. Y respondió con absoluta honestidad.
—Porque cada vez que cruzaba esta puerta recordaba todo lo que había perdido.
Nadie discutió. Porque por primera vez podían comprenderlo. Al menos un poco.
Eleanor avanzó lentamente. Sus dedos rozaron el respaldo de una silla. Después el escritorio. Después una de las fotografías. Como si recorriera un lugar que conocía de memoria.
—Nos conocimos cuando éramos jóvenes —dijo—. Mucho antes de Blackwood Hall. Mucho antes del Invernadero. —Su voz era tranquila. Sin dramatismo. Sin intención de justificarse. Simplemente cansada—. Recorrimos medio mundo persiguiendo plantas que nadie consideraba importantes.
Edith permanecía inmóvil. Escuchando.
—Discutíamos constantemente.
—Eso lo sabemos —murmuró Florence.
Por primera vez una sonrisa auténtica apareció en el rostro de Eleanor. Breve. Pequeña. Pero auténtica.
—Sí. Eso no cambió nunca. —La sonrisa desapareció—. Después partió. Y yo esperé.
La lluvia golpeó el cristal. Un trueno resonó sobre la cúpula principal. Pero nadie apartó la vista de ella.
—Pensé que volvería en unos años —continuó—. Después pensé que volvería en unos meses. Después pensé que volvería mañana. Y después... simplemente seguí esperando.
La habitación quedó en silencio.
—¿Y volvió? —preguntó Edith.
La pregunta parecía sencilla. Pero todos comprendieron que no lo era. Eleanor asintió lentamente.
—Sí. Volvió. —La mujer cerró los ojos un instante. Como si aún pudiera verlo—. Volvió herido. Volvió cansado. Volvió diferente. Y traía una niña pequeña en brazos.
Edith sintió cómo el corazón se aceleraba.
—Yo.
—Sí.
Eleanor la observó. Y por primera vez no parecía mirar a una heredera. Ni a una responsabilidad. Miraba a una hija. Aunque nunca se hubiera atrevido a llamarla así.
—Pensé que lo odiaría —confesó—. Pensé que odiaría todo aquello. La niña. La historia. Los años perdidos. La mujer que ya no estaba.
Arthur sintió que Florence contenía la respiración.
—Pero te parecías demasiado a él.
Edith bajó lentamente la vista.
—¿Y mi madre? —preguntó. La voz apenas fue un susurro.
—Murió antes de que regresaran —respondió Eleanor—. Nunca la conocí. Pero él hablaba de ella con respeto. Con gratitud.
No había resentimiento en aquellas palabras. Y precisamente por eso resultaban tan dolorosas.
Después Eleanor señaló el cuaderno.
—Seguid leyendo. La respuesta está ahí.
Arthur pasó varias páginas. Hasta encontrar la carta. La abrió. Y comenzó a leer. La letra era temblorosa. Más débil que en los escritos anteriores.
—"Eleanor."
—"Si estás leyendo esto, significa que mis sospechas eran correctas."
—"No puedo detener lo que está ocurriendo."
—"Tampoco puedo impedir que Edith lo herede."
El silencio se volvió absoluto.
—"Tengo miedo."
Arthur se detuvo. Porque jamás había leído esas palabras escritas por aquel hombre.
—"Tengo miedo de que llegue el día en que no pueda verla."
—"Tengo miedo de que llegue el día en que ella tampoco pueda ver el mundo."
Edith cerró los ojos. Las lágrimas comenzaron a descender lentamente.
—"Por eso construimos este lugar."
Arthur continuó leyendo.
—"No para las plantas."
—"No para la ciencia."
—"No para nosotros."
—" Lo preservamos para ella ."
La habitación pareció detenerse.
—"Para que recuerde los colores."
—"Los aromas."
—"La lluvia."
—"Las estaciones."
—"La vida."
Florence comenzó a llorar. Diana también. Incluso Arthur tuvo que interrumpirse unos segundos. Porque de pronto comprendieron. Todo. Las llaves. Los mapas. Los dibujos. La biblioteca. El Invernadero. Nada había sido una búsqueda. Todo había sido una herencia.
Edith levantó lentamente la vista hacia Eleanor. Y la pregunta que llevaba años acumulándose finalmente escapó.
—¿Por qué me encerraste?
La mujer tardó mucho en responder. Demasiado. Cuando habló, su voz sonó rota. Por primera vez.
—Porque tenía miedo.
Edith no apartó la mirada.
—Yo también tenía miedo —respondió—. Y estaba sola.
Aquella frase golpeó a Eleanor con más fuerza que cualquier acusación. Porque era cierta. Terriblemente cierta. La mujer bajó la cabeza. Y durante unos segundos pareció muchísimo más anciana.
—Lo sé —susurró—. Y jamás podré devolverte esos años.
Nadie habló. No era un perdón. Todavía no. Pero tampoco era odio. Era algo distinto. Algo nuevo. Algo que apenas comenzaba.
Entonces el estruendo llegó desde el exterior. Mucho más fuerte que cualquier trueno. Un sonido de madera partiéndose. De hierro cediendo. De agua golpeando violentamente contra algo. Todos giraron instintivamente. Florence fue la primera en correr hacia la salida.
—¡El puente! —exclamó.
Arthur la siguió inmediatamente. Diana detrás.
Edith también. Eleanor permaneció inmóvil apenas un segundo.
Mirando el retrato sobre la mesa. Mirando la carta.
Mirando el pasado. Después corrió tras ellos.
Por primera vez en muchos años. Cuando abandonaron el pabellón, el temporal había transformado la isla.
La lluvia descendía en cortinas. El viento sacudía los árboles.
Y a lo lejos, cerca del acceso, algo acababa de derrumbarse.
Florence avanzó unos metros más. Arthur gritó su nombre.
Pero el viento se llevó las palabras. Y mientras corrían bajo la tormenta, ninguno sabía todavía que la historia de Blackwood Hall estaba a punto de cambiar para siempre.