El Internado El viejo internado
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El viejo internado

Por la noche, platiqué con José María sobre la necesidad de establecer una ruta de diligencias que moviera a la gente y la mercancía entre los pueblos, al menos del municipio de Chalchihuites a Fresnillo y las rancherías circundantes.

—¡Mira que no la malicias mal, Nati! Veremos al carretero que nos hace las de carga y vamos a formar un comité para hablarlo con el delegado.

Se habían establecido dos sitios de remuda y hospedaje en puntos estratégicos, lo que daría comodidad a quienes necesitaban el servicio desde sus comunidades.

Seis años han pasado desde la visita de la religiosa Anunciación del Ángel. En aquella ocasión me contó la historia del internado de Guadalupe.

Recuerdo que ese día, al terminar mi trabajo en la mina llegué a casa cuando los niños terminaban de merendar y Josefina los preparaba para irse a la cama.

Me acerqué a los niños para desearles buenas noches y les besé en la frente. Enseguida pasé a la recámara de Josefa, la besé y la arropé para que no pasara frío. Abracé y besé a mi esposa, y juntos salimos de la habitación de los niños.

Mientras Josefina calentaba nuestra cena, le platicaba mis incidencias en el trabajo y ella me comentaba los avances en la educación de nuestros hijos.

Josefa ya leía bien y era buena para las cuentas; Octavio deletreaba mejor y aprendía las tablas de multiplicar; Benjamín empezaba a reconocer las letras. Cenamos tranquilos, satisfechos del desarrollo de nuestros hijos.

Al terminar de merendar, Josefa entró al comedor, se sentó y cerró los ojos. Escuché la voz del Precursor:

«─La Paz del Padre esté en esta casa, amados hermanos, han realizado bien sus encargos y su familia se ha enriquecido con tres hijos. Ahora viene otra etapa que tendrá sus propios tiempos, alegrías y preocupaciones, todo ello es necesario, como el día y la noche.

–La vida del hombre no es en blanco y negro, es un camino lleno de tonalidades diferentes, pero no os preocupéis, yo estaré haciendo mi parte.

–Los chicos deberán continuar sus estudios en el internado de Guadalupe, por esa razón tú te convertiste en benefactor. Al igual que todos los niños internados, tus hijos no tendrán privilegios, vivirán bajo las mismas reglas. Octavio empezará su misión y Benjamín lo hará en su momento.

—La hermana Anunciación será de gran alivio para vuestras preocupaciones. Esto es todo por ahora, que el Amor del Padre quede con ustedes. Paz y Bien.»

Me acerqué a mi esposa y acaricié su cabeza. Eso le hizo abrir los ojos y me sonrió al hablarme.

—Gracias por despertarme, querido. Creo que empiezo a envejecer… me quedo dormida sin darme cuenta. En seguida lavo los trastos y nos vamos a acostar.

No le mencioné nada de lo escuchado. No tenía caso preocuparla en ese momento. No obstante, pensaba en todo lo que el Precursor nos indicaba:

Ayudé a Josefina en la tarea de limpiar la cocina y la mesa. Sequé los platos y, tomados de la mano, nos retiramos a descansar. Mañana le comentaré que nuestros hijos se educarán en el internado.

El viejo internado

Son los primeros días de un enero bastante frío en esas latitudes. La familia Sanjuán ha viajado en una diligencia durante varios días; el invierno empezaba intenso.

Yo había dibujado un mapa de lo que pudiera ser el recorrido. Durante varias semanas me reuní con arrieros que conocían de caminos y veredas.

Contraté a un experimentado conductor y su ayudante. Josefina Luna hizo acopio de alimentos, frutos, vegetales, carne seca y un par de braceros para hacer la comida de los tres niños y cuatro adultos que viajamos.

Preparó mantas y cobijas para protegernos del frío. El conductor ató un par de ruedas en la parte trasera de la diligencia.

Discurrimos por el camino real, cuanto fue posible; algunas zonas donde solo eran brechas abiertas por los arrieros; encontramos pequeños poblados y rancherías establecidas donde se pudiera obtener agua.

Hacíamos el vivac en zonas seguras con buenas hogueras, para calentarnos y ahuyentar a los depredadores naturales: lobos, coyotes y pumas.

Aún con todas las precauciones posibles, tuvimos que detenernos al quebrarse una rueda en un paso de montaña, pero los buenos oficios del carretero evitaron males mayores, solo fueron unas horas de demora para cambiar de rueda.

Así alcanzamos el camino real de Rio Grande a Valparaíso; a partir de allí en adelante fue un viaje más tranquilo y llegamos a buen tiempo para inscribir a los niños

Las puertas del viejo internado se abren para recibir a los nuevos alumnos. Niños y jóvenes llegados de diferentes ciudades y Estados del país. Son chicos de condición humilde, algunos de zonas rurales de familias campesinas.

Entre esa tropilla llegan los niños Sanjuán. Octavio lleva de la mano a BenYamin, nombre indicado por el Precursor y que sus padres llamaron Benjamín.

El Colegio de Guadalupe adquirió gran fama y reputación ya que, en su origen, fue el Centro de Propaganda Fide para la promoción de la fe cristiana para una gran porción de la zona norte del Virreinato de la Nueva Vizcaya y Nuevo México de Santa Fe, parte de los estados del sur de lo que hoy son los Estados Unidos.

El edificio fue, en su origen, la sede de la Orden Franciscana de los Frailes Menores, construido a finales del siglo XVII.

El rico minero, Jesús de Montesinos, aportó cincuenta mil maravedíes para la construcción del templo y el convento en el poblado de Guadalupe, a cinco leguas de la rica ciudad de Zacatecas.

En tiempos posteriores, el colegio fue puesto al cuidado y enseñanza de la Orden de las Hermanas Clarisas.

Al lado poniente de un llano largo se construyó el templo a la semejanza del dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe en la Capital de Nueva España. Al norte, muro con muro con el templo se levantó el convento.

Durante la época en que fue el convento de los Hermanos Menores, los muros del edificio fueron decorados con pinturas al fresco, con las técnicas llevadas a la Nueva España y enriquecidas con algunos pigmentos y conocimientos prehispánicos, que aportaron nuevo colorido a las obras de temas bíblicos.

Imágenes que pareciera que se salían de los muros o de rostros que, al caminar frente al muro, de lado a lado, pareciera que siempre nos mirara de frente.

Era impactante, de forma particular, un mural espectacular en el muro frontal de la gran escalinata, donde un Jesús Resucitado pareciera sacar una pierna de la pintura.

Al paso de los años y el abandono en el cuidado del inmueble, los murales empezaron a perder brillantez. El humo desprendido por el uso de braceros, anafres y cirios se adhirió a las paredes.

Cuando los hermanos Sanjuán llegaron al internado, los colores de las pinturas se notaban desvaídos; partes de algunos murales estaban desconchados, otros mal repintados de forma ruda o que presentaban parches de revocados de cemento.

En los tiempos de esta historia, en lo referente a las hermanas religiosas, solo quedaba la monja Anunciación del Ángel, como administradora; el profesorado era integrado por maestros llegados de diferentes puntos del país.

Al frente del conjunto religioso quedó una plaza, delimitada con algunas coníferas.

Al oriente de esta plaza se construyó la Casa Grande del minero Montesinos.

El límite del terreno del benefactor, hacia el oriente, se encuentra el Camino Real de Tierra Adentro, ya conocido como “El camino de la plata”.

El convento fue también una casa para niños expósitos, huérfanos de mineros muertos en las minas y de bastardos mestizos de los españoles que, abusaban de su derecho de pernada y embarazaban a cualquier mujer.

Montesinos dotó a la casa con cien maravedíes al año.

Cuatro siglos después, todo eso es historia, en la actualidad es un internado de la Secretaría de Educación Pública.

Ya no se utiliza el término “expósito” que suena denigrante. Ahora son niños y jóvenes deseosos de aprender y que, por diversas razones, sus padres los mandan al internado.

Entre los chiquillos que recién ingresan al internado, cuyo nombre oficial es Prof. Juventino Terrazas, un destacado promotor de los internados gratuitos para facilitar la educación de chicos de familias de escasos recursos.

En esa institución reciben educación, dos uniformes por año y un par de zapatos de lona cada semestre.

Y cosa curiosa y encomiable, un descendiente del antiguo minero Jesús de Montesinos, sostiene un fideicomiso bancario suficiente para la atención de los educandos del internado.

Entre el grupo de ruidosos muchachos en esta ocasión, llegan dos hermanos Sanjuán, Octavio de siete años y Benjamín de seis, originarios de Chalchihuites, Zacatecas.

Hijos del minero y benefactor del colegio, donde tendrán la oportunidad de estudiar y prepararse por la voluntad de sus padres.

Con la resignación de la madre y la entereza del padre, fueron inscritos en el internado de Guadalupe. Esa tarde vieron que sus hijos subieron los cuatro escalones para acceder al portal y entrar por la puerta del colegio.

Los padres se retiraron con tristeza, Natividad llevaba un brazo sobre los hombros de Josefina y tomada de la mano iba Josefa, extrañada de que sus hermanos se hubieran quedado.

Volvieron a la plaza donde los esperaba la diligencia para regresar a Chalchihuites.

Doloroso regreso donde poco se habló en ese interminable viaje. Josefa durmió constante, solo despertaba cuando se detenían para comer o pernoctar.

─Esta escuela parece iglesia ─expresó el pequeño Benjamín─.

─Dice una placa que está a la entrada ─contestó Octavio─, que este fue el convento de las monjas Clarisas y sí, en efecto parece iglesia, será porque eran las formas de hacerlas en ese tiempo.

En esa plática estaban a la espera de que los llamaran para anotarlos, cuando intervino el chico que estaba detrás de ellos.

─No solo lo parece, era algo como iglesia ─aclaró─, mi nombre es Esteban y ya voy al cuarto año, ya tengo ‘esperencia y sé que aquí espantan, a mí ya me pasó…

Octavio volteó a ver al chico que hablaba y le vio una sombra que le cubría, no dijo nada, pero sujetó con fuerza a su hermano.