El Internado 1921 Revive el Camino RealEl viejo internado #2
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1921 Revive el Camino RealEl viejo internado #2

En ese momento escuchó que le llamaban y se retiró para ser inscrito.

─Ya me está dando miedillo ─expresó el pequeño Benjamín─.

─Dicen que hace muchos años ─relata Esteban, el de la experiencia─, una noche en que un chamaco al que llamaban Pedrillo, le dieron seguidillas y a todo correr salió del dormitorio, rumbo a los baños, cuando terminó su asunto y en tanto se lavaba las manos, alguien lo agarró por el pescuezo y lo arrastró por el suelo.

–No se supo qué le ocurrió, pero al otro día el jardinero lo ‘jalló entre los rosales y se le miraban dos piquetes, como si lo hubiera picado un animal. Ya’staba bien ‘morido.

─No, pues a mí me contaron otra ─intervino Faustino, que se acercó a escuchar lo contado por Esteban─.

–Dicen de un muchacho, ya macizo, de sexto año que, una noche se dirigía a la huerta a robarse unos duraznos, pero antes de llegar, cerca de la carbonería, se le enfrentó una sombra, lo abrazó y nunca más lo volvieron a ver.

─No ─refutó el Esteban─, eso me parece una charra, ‘ta bien ‘jalao de los pelos.

─’Pos anda tú a saber ─dijo por lo bajo Faustino─, ‘pos si ‘queren salgan en la noche y caminen por la carbonería… ¡ánimas que no los ‘jallen!

En estas viejas estructuras nunca faltan las leyendas, una en particular, ha prevalecido al paso de los años, o ¿siglos?

Se refiere a referencias que se escuchan acerca de un vampiro, una sombra, una monja y hasta de esqueletos que caminan, que de tiempo en tiempo han hecho sus víctimas de alguno de los habitantes del internado.

En ese espacio, pero con entrada por el lado contrario del edificio y donde antaño fue la capilla de diario de las Hermanas Clarisas, era ahora la enfermería y una gran parte, está ocupada por salones de clases.

En ese sitio estuvo durante muchos años, la biblioteca del convento.

La galería sostenida por fuertes columnas de sección cuadrada y arcos de medio punto, dejaban frisos sobre el arquitrabe que fueron decorados con figuras esculpidas y adheridas a ellos.

Uno, espectacular, fue dedicado a la Virgen de Guadalupe, de brillantes colores y los personajes que presenciaron el momento en que Juan Diego desplegó la tilma.

Tal vez por estar fuera del alcance de la gente, los frisos se encontraban en buen estado, incluso el colorido de la virgen se miraba brillante.

¡Ah!, si esos viejos muros hablaran, cuántas historias nos pudieran contar, algunas llenas de la devoción que los santos representados hubieron vivido en los siglos pasados.

Otras, más recientes, cuando las Clarisas ocuparon el inmueble, tal vez hicieran ruborizar y hasta esconder los rostros debajo de los blancos mantos, ¿inmaculados?...

Así permanecieron durante varios minutos, ignorantes de las historias de los tiempos idos, pero que pudieran conservar la candidez de lo admirado.

Octavio y Benjamín ya no escucharon más, se acercaron a la mesa donde, en una gran libreta, anotaban a los niños que llegaban por vez primera al internado.

─Octavio Sanjuán Luna ─anotó el secretario y dijo a la hermana Anunciación, que levantó la vista para conocerlo─.

─Inscríbelo en segundo grado ─ordenó─, estará en el dormitorio de niños.

─Benjamín Sanjuán Luna ─escribió en la libreta─.

─Primer grado ─dijo Anunciación, mismo dormitorio que su hermano.

─Ahora pasen al primer patio ─indicó la monja a Octavio y Benjamín─, en ese patio está la entrada al comedor, cuando escuchen la campana, pasen a ocupar una mesa, yo los buscaré, más tarde.

Los dos hermanos pasaron al primer patio, era un espacio amplio, donde ya se encontraban otros niños; había un ruidoso grupo sentado en círculo, alrededor donde se realizaba un juego de trompo. Los hermanos se pusieron en cuclillas en la segunda fila del redondel.

La habilidad de los jugadores se mostraba al lanzar el trompo y luego levantarlo con una mano para que girara a la vista de todos, enseguida lo regresaba al piso, donde de a poco perdía velocidad de giro, hasta quedar inmóvil.

En una desafortunada tirada, el jugador menos habilidoso, lanzó el juguete, pero lejos de caer en el círculo, pegó con fuerza y de punta sobre la ceja derecha de Benjamín.

El niño gritó de dolor y espanto al verse lleno de sangre; de inmediato Octavio le tapó la herida con un pañuelo que solo Dios sabría de su limpieza.

Uno de los chicos mayores le indicó que lo llevara a la enfermería y él mismo los encaminó al lugar.

De inmediato fue atendido por la enfermera Socorrito, mujer cariñosa y servicial, que les indicó que era solo una herida superficial, le desinfectó y puso unos esparadrapos; para consolarlo, Socorrito le obsequió una paleta de dulce a Benjamín.

Octavio le agradeció su atención a la enfermera y tomados de las manos, los hermanos regresaron al patio, aunque ahora se mantuvieron a una prudente distancia de los jugadores.

Poco después escucharon el tañer de la campana que llamaba para pasar al comedor, donde un alumno del último grado indicaba a los recién inscritos la mesa que deberían ocupar.

Cada una era para quince alumnos, siete sentados a lo largo de cada costado y en la cabecera, el jefe de mesa, un joven de quinto o sexto grado.

El jefe de la mesa indicó a los niños que pasaran junto a la ventana de la cocina, donde se encontraba un gran canasto para el pan y que tomaran una pieza cada uno y acercar a la ventana una charola, donde uno de los ayudantes de la cocina les servía un plato de frijoles y una taza de avena, una vez servidos, deberían regresar a su lugar.

Esa primera cena, que nunca olvidarían, siempre iría sazonada con el sabor agridulce de la ausencia paterna, echaban en falta a Josefa, su hermana, cuidadora y cómplice de sus juegos infantiles.