1913 – Octavio SanjuánJosé María Valdez
No obstante, en la lejana montaña de Zacatecas, en el retirado refugio del matrimonio Sanjuán, una soleada mañana trajo consigo un nuevo miembro a la familia: Octavio.
Desde el momento en que Natividad limpiaba al recién nacido, el bebé asió su dedo pulgar, y una corriente cálida recorrió los sentidos del padre. Con cuidado y ternura, retiró la manita del niño y continuó con la limpieza. En seguida, atendió a Josefina.
Octavio fue un bebé tranquilo. Dormía casi todo el día, con los lapsos necesarios para su limpieza y alimentación. Cuando Josefa despertaba, se sentaba junto a su hermanito y le hablaba con sus medias palabras y balbuceos.
En ocasiones, se reía con verdadera alegría. Octavio la miraba, movía la cabeza y sus manos parecían intentar sujetar a su hermana.
—¿Qué tanto le dirá Josefa a Octavio? —murmuraba Josefina.
Natividad los observaba henchido de amor, y daba gracias a Dios por bendecirlo con esa hermosa familia.
Cuando, por casualidad, pasaban cerca de su domicilio algunos arrieros, Natividad se acercaba a ellos para informarse sobre la situación del país.
Así se enteró de la cantidad de muertos que dejó La Decena Trágica, y de que gobernaba un tal Victoriano Huerta, a quien se referían como “un borracho y mariguano”. Se cuidaban de no ser escuchados por extraños que pudieran denunciarlos.
En una ocasión, pasó una partida militar. Encontraron a Natividad, caminaba rumbo al sitio donde prospectaba. El teniente que comandaba la partida lo detuvo para interrogarlo.
—Buen día, amigo —preguntó— ¿de dónde eres y para dónde caminas?
—Buen día, oficial —repuso sin amilanarse—, soy de aquí mero, y soy minero prospector.
—Vamos a ver, amiguito ¿qué cargas en tu mochila?
Uno de los soldados, parado junto al teniente, le arrancó la mochila con violencia y la vació en el suelo. Solo contenía las herramientas propias de su oficio, su botella de agua y su almuerzo. Si esperaban encontrar armas o explosivos, quedaron defraudados.
—Está bueno —habló el teniente—, recoge tus chivas y sigue tu camino. Y mucho cuidadito con quien te juntas. Nosotros andamos muy pendientes de que no haya reuniones de agitadores.
“¡Hijos de tal!” —pensaba Natividad, mientras veía alejarse a la partida militar—. “Si fueron capaces de asesinar al presidente Madero y a Pino Suárez, ¿qué no serán capaces de hacer con un ciudadano común?
Me alejé del pueblo para vivir en paz con mi familia… y ni aquí lo puedo estar.”
Con esos pensamientos llegó a su punto de trabajo. Para su satisfacción, esa misma tarde encontró el sitio donde la veta se ensanchaba, casi gritó de contento. Con piedras y tierra cubrió lo que había removido en su búsqueda, e hizo un croquis del sitio a denunciar.
“Pero estoy mal” —reflexionó, como si alguien se lo indicara—, esto no es para mí, se necesita mucho capital para explotar la mina. Una vez acopiada una buena cantidad de piedra, hay que mandarla a la hacienda de beneficio… y eso requiere más dinero. ¿Qué debo hacer?”
Como si desde el cielo le hubieran leído el pensamiento, escuchó dentro de sí esa voz que ya empezaba a serle familiar:
«Escucha, Natividad, esto es lo que tienes que hacer. Esto sí es para ti, pero no como lo piensas, no tienes el capital para desarrollarlo.
Ve a Chalchihuites y busca a un hombre: José María Valdez. Él te va a escuchar y será tu solución; es un hombre bastante rico, y ambos tienen el encargo de explotar esa mina. Dará trabajo a mucha gente, pero no los exploten. Sean justos con ellos: tienen familias que alimentar.
Yo estaré pendiente de ti y tu familia, ahora tienes a Josefa y a Octavio, en su momento te diré lo que harás.
Nunca olvides esto: Mi Padre te dio libre albedrío. Eso quiere decir que, como hombre, puedes no hacer lo que yo te indico, aunque tal vez no sea el camino que debes seguir. Si obedeces lo que yo te indique, irás en la ruta correcta.
Ahora busca a José María. Que la Paz de mi Padre quede contigo.»
Esa noche, durante la cena, Natividad le contó a Josefina que la veta se había ensanchado. Era, al parecer, una veta prometedora.
Le comentó que debía ir a Chalchihuites para hablar con un personaje de dinero y poder explotarla. Se iría en la “Mañosa” muy temprano, y esperaba regresar a tiempo para cenar.
—Solo me preparas el almuerzo para hacerlo de camino. En el pueblo podré comer, hablar con la persona… y regresar a casa.
José María Valdez
Tal como lo planeó Natividad, a las cinco de la mañana su mujer le dio la bendición y él se puso en camino sobre la mula Mañosa. Tenía sus peculiaridades, pero con Natividad era dócil y de buen tranco en el camino.
Con las primeras luces del día y bajo un sol que presagiaba ser radiante, ya llevaba buen tramo recorrido. A las ocho divisó las columnas de humo que salían de las casas en el fondo del valle.
Se detuvo para almorzar, dar reposo a la mula y dejarla ramonear con una larga cuerda. Sus alimentos aún estaban tibios. Cuando consideró que la Mañosa ya estaba fría, le dio de beber en una jícara que llevaba para tal fin y reanudó el camino.
Al entrar al pueblo, escuchó las diez campanadas de la iglesia parroquial. Se dirigió a la primera posada para preguntar por el personaje recomendado.
—Buen día tenga —saludó al posadero—, vengo en busca de la casa de don José María Valdez ¿de casualidad me puede indicar dónde es?
—¡No tiene pierde, oiga! Solo llegue a la parroquia y la casa de junto, esa mera es. Tiene un portal grande. ¿Usted pasará la noche en la posada?
—Creo que me regreso hoy mismo a mi casa, pero si me entretengo, tenga la seguridad de que por aquí estaré.
Tal como le indicó el posadero, el atrio del templo colindaba con una amplia casona de imponente portal y un florido jardín frontal, protegido por un barandal de hierro.
Ató a la Mañosa a la argolla de la casa, tiró de la cuerda de la campana y esperó a que saliera algún empleado.
—Buen día, buen hombre —saludó a quien se acercaba a la reja—, mi nombre es Natividad Sanjuán y vengo en busca de don José María Valdez.
—Espere un momento, le aviso al patrón.
El hombre se alejó apresurado y se adentró en la hacienda. Su patrón se encontraba en el despacho.
—Perdone, patrón, en la puerta está un hombre que dice llamarse Natividad Sanjuán y desea hablar con su merced.
—¿Natividad Sanjuán? No lo conozco —pensó—, pero es curioso… anoche soñé con ese nombre…
—Vamos a verlo —afirmó, levantándose salió detrás de su sirviente.
José María era un hombre de mediana estatura, poco arriba de los sesenta años, moreno, de ojos zarcos y un buen bigote con algunas hebras encanecidas. Tenía una leve obesidad.
Observó al hombre que le esperaba: alto, delgado, vestido con decencia. No parecía campesino. Llevaba un paquete en las manos.
—A sus órdenes, señor Sanjuán —le saludó mirándole a los ojos de un café intenso—. ¿qué desea?
—Vengo a platicar con usted para ver si le interesa una propuesta. Soy prospector minero, y alguien me indicó que viniera a buscarle.
—¿Dice usted que es minero? ¡Vaya pues! Yo soy campesino y ganadero… pero, cosa curiosa, anoche soñé con piedras y escuché su apellido… no me lo explico. En fin, pase usted y veremos de qué se trata esto.
El sirviente abrió la reja y permitió el paso al visitante.
De manera casual, don Chema —como le decían de forma coloquial— pasó un brazo por encima de los hombros de Nati,quien no se molestó por ello. Entraron al despacho y el patrón le invitó a sentarse. Dio una orden al sirviente:
—Pablo, dile a la cocinera que nos prepare una jarra de agua de frutas y que la traigan con algunas galletas.
—Usted dirá, Natividad. ¿Qué me quiere ofrecer?
—Como le mencioné, don Chema, me dedico a buscar minerales. Vivo en el monte, fuera del pueblo. No me gusta meterme en chismes. Hace tres años me fui al cerro, allá hice mi casa en un terreno que merqué.
Tengo a mi mujer y dos hijos, a quienes quisiera sacar de la vida tan limitada que hemos vivido.
Natividad se quedó en silencio, como si meditara lo que debía decir. Algo dentro de sí le indicó que debía explicarse con amplitud.
—Mire, don Chema, le voy a contar una historia. Tal vez le parezca una locura, a mí me lo pareció, pero así ocurrió.
En mi trabajo diario hallé un sitio que promete ser una buena mina de plata. Me sentí jubiloso. Iba a hacer la denuncia, pero recapacité.
—No dispongo de capital para explotar una mina y todo lo que eso implica. Entonces, algo o alguien, me habló desde dentro de mí y me dijo que viniera a buscarlo.
–Me dio su nombre y dónde encontrarlo, para que juntos hagamos la denuncia. Con su capital y mi trabajo, podamos explotar esa veta… así fue. Y si usted me considera un loco, yo me regreso a seguir mi vida gris al lado de mi familia.
José María se levantó, se rascó la cabeza y empezó a caminar. Evaluaba las palabras que había escuchado. Vino a su mente el sueño.
Ya no solo recordaba el nombre de su visitante, sino también la figura que lo había pronunciado: un hombre joven, vestido con pieles y de pelo largo. Recordó sus palabras:
«José María, soy el Precursor. Te va a visitar un hombre de nombre Natividad Sanjuán. Escucha lo que te propondrá. Para ambos será beneficioso: tú incrementarás tu fortuna y él será rico.
Pero deberán utilizar su riqueza para ayudar a la gente que trabaje con ustedes y a los más necesitados. Ese hombre, en otra vida, fue tu madre. Nunca lo olvides.»
José María regresó a su sillón. Como si solo hubiera sido un lapso de pocos segundos, continuó la charla…
─Veamos lo que me tienes que explicar, Nati ─lo dijo con confianza─, no había pensado en la minería, pero estoy abierto a intentarlo.
Natividad extrajo del paquete unas pequeñas piedras que había numerado del 1 al 6, tomadas de las muestras originales. Las ordenó por número ascendente y le explicó al ranchero.
─Estas piedritas, son parte de unas mayores que extraje del sitio explorado, en una se ve un hilito brillante, en la piedra 6, ya se nota con claridad el espesor de la veta, al calarla con ácido cambia de color.
Natividad extrajo un frasquito y un gotero de cristal y puso una gota sobre las muestras, que empezaron a reaccionar, la mayor se pintó de rojo, como sangre.
─Esto nos demuestra que el metal contenido en la piedra es plata y por el tamaño de la veta, es un importante depósito del metal argentino.
─No parece malo el negocio, ¿cuánto piensas que se deba invertir?
─Yo pienso que entre trescientos y $ 500,000.00 pesos serán suficientes para empezar a recibir beneficios. Debemos de considerar que, si la mina es buena, se obtienen de doscientos a quinientos gramos de plata por tonelada extraída.
─Por el capital no tengo problema, además de que tengo buen crédito en al Banco.
En esta forma tan simple, se formó esa asociación que con el tiempo será una importante mina y que favoreció a personas de escasos recursos. Solo Natividad y José María, estaban enterados de la verdadera naturaleza de su encuentro.
No obstante que Natividad recibía importantes remesas de dinero, en la medida que avanzaba el descubrimiento de la veta y se empezaba construir lo que serían las oficinas, tomaba solo lo necesario para construirse una casa segura para su familia y sostener la construcción de escuelas en los poblados de los alrededores.