El hallazgo
Los rumores se cristalizaron. Los hombres pelearon. Por las veredas cercanas iban y venían partidas de rebeldes y escuadrones de pelones. Natividad no tomaba partido.
Vivía para su familia, sembraba sus tierras y trabajaba en la prospección minera, con la peregrina esperanza de hallar una veta y hacer la denuncia.
Un día llegó la noticia: Porfirio Díaz había renunciado y partido en barco hacia Europa. La Revolución Maderista había triunfado. A la familia Sanjuán Luna no le importaba. Ellos estaban en paz, en manos de Dios.
Josefa se desarrollaba bien. La sombra blanca que la cubría ya era parte del mobiliario de la casa, aunque solo vista de reojo por Natividad. Josefina no veía nada, solo notaba que su niña sonreía y balbuceaba como si alguien estuviera con ella.
Una tarde, Josefina se sentó junto a la mesa para cortar vegetales.
Había cambiado el pañal a la niña y la había amamantado.
Natividad acomodaba herramientas. Al levantar la vista, vio que su mujer se puso rígida y comenzó a convulsionarse.
Se acercó presuroso. Josefina recobró la calma, aspiró hondo y comenzó a hablar:
«La paz del Padre los acompañe. Hermano Natividad, te vengo a avisar que quien fue tu madre volverá a tu lado, ahora convertida en un hijo tuyo.
Este hijo que ya se empieza a formar en el vientre de tu esposa será un niño especial. Verá cosas del ayer y del porvenir. Escúchalo. Ya fueron hermanos y se amaban. Luego fue tu madre y pronto será tu hijo.
Ese es el círculo de la vida. “Se parirán unos a otros”, dijo el Padre. “Es el camino del Amor”. No olvides que toda tu familia está bajo mi amparo. El Amor del Padre quede con ustedes.»
Josefina abrió los ojos y parpadeó, como si tuviera algo pegado a las pestañas.
—¿Ya terminaste con tus fierros, Nati? Ayúdame a cortar los vegetales mientras frío la carne. Pero no me mires con esos ojotes, que no te pido que mates al marrano —sonrió, mirándolo con amor.
—Jose… ¿en verdad no recuerdas nada?
—¿Qué debo recordar? Ya le di de comer a Josefa, le cambié el pañal y ahora preparo la cena. ¿Qué otra cosa debo recordar?
—Nada, no te preocupes, mujer. Son cosas de este viejo ignorante que apenas empieza a conocer la O por lo redondo.
—Solo que sea por eso —respondió sin comprender.
Natividad ya no buscó en su vieja Biblia. Sabía que no encontraría respuesta. Pensaba: “Será mi hijo… fue mi hermano y mi madre… ese es el camino del Amor… creo que ahora lo comprendo. Lo que llamamos morir es solo el paso a otra vida.”
El viento arreció y comenzó a llover. El olor de la tierra húmeda penetró en la vivienda. Primero fue una llovizna, luego un aguacero. Abrió el ventanuco y la lluvia le mojó el rostro. Lo cerró de inmediato.
Recorrió la casa para asegurarse de que no entrara el agua. Pensó en su hijita. Fue a verla: estaba tranquila, balbuceaba y sonreía.
Regresó junto a Josefina, que se afanaba en la cena sin dar importancia a la lluvia. La mujer puso la cazuela sobre la mesa y sirvió a su marido, a quien observó meditativo.
No hizo comentarios. Se sirvió su propio plato, acercó unas tortillas recalentadas y ambos cenaron en silencio.
La señal
Al amanecer, Natividad preparó sus herramientas de prospector. Indicó a Josefina la zona donde trabajaría. Se acercó a su hija y le dio un beso en la frente. La niña balbuceó, y Nati escuchó en su mente:
«Papi, busca donde estarás hoy… es el sitio…»
Desconcertado, se enderezó. Vio el rostro sonriente de su hija. Sintió una gran ternura. Como si no hubiera escuchado nada, se despidió de Josefina, se caló el sombrero de palma y se dirigió a la montaña.
Su esposa había puesto en su mochila el almuerzo y una botella de agua. Parada en la puerta, lo vio alejarse por la vereda, rumbo hacia donde el sol se mete.
La mañana estaba fresca. Los arbustos aún goteaban, pero no había lodo: la resequedad natural había absorbido la lluvia. Caminó con energía hasta que la montaña se hizo escarpada. Mientras sorteaba rocas, observaba las formaciones. Entonces volvió a escuchar:
«Papi, busca donde estarás hoy… es el sitio…»
“Qué raro —pensó—, esa frase ya la había escuchado, pero no recuerdo quién la dijo…”
Se hincó en ese lugar, extrajo sus herramientas y comenzó a golpear la roca con una piqueta. Se desprendían pequeñas lajas.
Poco a poco extendió el área explorada hasta que vio cierto brillo: venitas plateadas, distintas de las tonalidades grisáceas de la piedra.
Pasadas unas horas, detuvo el trabajo. Con un paliacate rojo se secó la frente y limpió el interior del sombrero. Extrajo su almuerzo y la botella de agua. Dio unos sorbos.
De una bolsa sacó unos tacos de carne con huevo, aún tibios. Alzó los ojos al cielo y dio gracias a Dios. Comió con apetito y deleite.
Después del descanso, regresó al punto donde había visto las vetas brillantes. Trabajó varias horas más y seleccionó las piedras que analizaría en casa.
El hallazgo
Al caer la tarde, Natividad regresó a su vivienda. Dejó la mochila y el sombrero, saludó a su esposa, salió al patio trasero y se lavó con agua recolectada de la lluvia. Luego fue a saludar a su hija, que le sonrió con alegría. Volvió a escuchar esa vocecita:
«Sigue donde trabajaste hoy, papi, ese es el sitio.»
Natividad miró a Josefa, que balbuceaba y agitaba piernas y brazos con alegría, como si jugara con alguien invisible.
Después de la cena, se sentó en su mesa de trabajo. Colocó las muestras de roca y con un gotero de cristal puso unas gotas de ácido nítrico rebajado y miró con agrado cómo las vetas brillantes se pintaban de rojo hasta parecer venas de sangre. ¡Bravo!, exclamó, ante el sobresalto de Josefina.
─¿Qué hallaste, Nati? ─cuestionó Josefina─.
─Encontré un sitio donde hay rastros de plata, seguiré en el sitio y si aumenta el rastro, haré el denuncio en el pueblo. No creerás lo que te voy a decir: ¡Mi hija me lo anunció!
─¿Cómo pasas a creer eso, Nati? La niña ni siquiera habla, menos va a saber de sitios y chismes de esos. Ja, ja, ja.
─Ríete, mujer, pero cuando te dan esos ataques que no recuerdas, nos habla El Precursor y me dice cosas…
─¡Qué va, Nati!, son cosas que has de leer en tu dichosa Biblia.
Natividad solo movió la cabeza de forma negativa y regresó a su mesa de trabajo, ya habría tiempo para demostrarle a Josefina lo que sucedía en su familia y lo que llegaría pronto.
Esa misma noche, durante la cena, Josefina le comentó a su marido que se sentía como cansada y sentía náuseas… algo le caería mal.
─Lo que pasa, Jose, es que estás embarazada.
─¿Qué cosa vas a saber tú de eso, Nati?, eres hombre y esto es de mujeres.
─Ya lo verás, mujer y será un hombrecito especial, según me lo dijo El Precursor.
─¡Anda, tú!, con tu dichoso Precursor para esto y aquello… ja, ja, ja.
Sonriente, Natividad abrazó a Josefina y le ayudó a lavar los platos y arreglar la cocina para retirarse a descansar.
En su cama, Josefa seguía con su indescifrable balbuceo y hermosas risas. Fue una noche placentera para ese singular matrimonio.