El Internado 1910 – Josefa Sanjuán
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1910 – Josefa Sanjuán

Había dado instrucciones a su marido sobre lo que debía preparar, según lo que su madre le había contado y lo que una partera empírica le enseñó.

Era importante esperar a que la tripa que alimenta al chamaco salga —será su ombligo—, se amarra cuando se chupe, luego saldrá la placenta, y todo eso hay que enterrarlo en el corral, para que el ánima del muchacho siempre sepa que esa es su casa.

Natividad, bajo la mirada de Josefina, había puesto unas cuerdas en un mezquite detrás de la casa. Josefina se colgó de las axilas para dejar espacio para la salida del producto.

Rodeó el lugar con cobijas para evitar corrientes de aire. Se alumbraban con un quinqué de petróleo.

Natividad colocó trapos para recibir a la niña y agua caliente para el aseo. Josefina ya había hecho aguas. Se colocó en posición y Nati, de rodillas junto a ella, le masajeaba el vientre. Josefina empezó a jadear y a pujar.

Cuando Nati vislumbró la cabeza de su hija, acercó las manos para recibirla.

Dos pujidos fuertes y la bebé estuvo fuera del útero, unida a su madre por el cordón umbilical. Siguió las instrucciones de Josefina: ató dos hilos gruesos y, con unas tijeras desinfectadas al fuego, hizo el corte.

Con mano segura sostuvo a la niña y la recostó sobre las sábanas preparadas.

Mientras Josefina esperaba la salida de la placenta, Natividad atendió a la niña, que comenzó a llorar de forma espontánea. Con una esponja y agua tibia lavó su cuerpecito, la abrigó bien y la condujo dentro de la casa para protegerla del viento.

Regresó junto a Josefina, la descolgó con cuidado y la llevó al interior para asearla y que pudiera atender a la recién nacida. Ambas se quedaron dormidas.

Natividad volvió al sitio del parto. Envolvió los desechos en papeles gruesos y los enterró en un agujero que había preparado con suficiente profundidad para evitar que algún animal los desenterrara.

Colocó una piedra encima y tapó el hoyo.

Esa noche durmió poco, pendiente de su esposa y de su hija.

A medianoche, la niña despertó. Josefina, tras cambiarle el pañal, la acercó a su seno. Josefa succionó con energía el nutritivo calostro, preludio de la leche.

Natividad permanecía en silencio, observaba a su hija y a la madre.

Pensaba en aquella extraña voz que les había anunciado que sería niña y que la llamarían Josefa.

Desde entonces, al mirar de reojo, creía ver un bulto blanco sobre su hija.

Al voltear, no había nada. Pero la visión se volvió cotidiana.

Lo comentó con Josefina, quien solo asintió sin darle importancia. Ante su desconcierto, Natividad buscaba respuestas en la Biblia, pero nada parecía tener relación con lo que ocurría en su familia.

Continuó con su trabajo de prospección. Recogía piedras, observaba los arroyuelos pluviales, levantaba guijarros y arenillas. Las piezas prometedoras las guardaba en un saco.

Al caer el sol, regresaba a casa y analizaba sus hallazgos con lijas y limas. Cuando quedaba satisfecho, les echaba gotas de ácido para revelar el contenido de las areniscas.

Cuando Josefa lo llamaba para cenar, guardaba todo con orden y se lavaba las manos en la fuente que había construido detrás de la casa.

Ya en la mesa, bajaba la cabeza y, en profunda concentración, agradecía a Dios por los alimentos y pedía bendiciones para su esposa e hija. Luego cenaban, con escasa plática entre ambos.