El Internado 1909
4%
El Internado

El Internado

Por Sergio A. Amaya Santamaria

© inepub.com

1909

El internado

Derechos reservados

© Sergio A. Amaya Santamaría

En las montañas de Chalchihuites, en el corazón del estado de Zacatecas, vive un joven minero llamado Natividad Sanjuán. Junto a su recién desposada, Josefina Luna, forman una pareja solitaria, con trato apenas indispensable con sus vecinos y alejados del poblado.

Natividad es un fervoroso lector de la Biblia, versión Reina Valera que repasa noche tras noche en un viejo volumen. Josefina lo escucha con atención y, cuando tiene alguna duda, su marido se la explica según su propia y nada ortodoxa comprensión.

Se viven tiempos confusos en el pueblo. Los comerciantes que llegan de tierras lejanas traen noticias de inconformidades contra el prolongado régimen del general Porfirio Díaz.

Se menciona el nombre de un tal Panchito Madero, pero hasta donde se sabe, es parte de una adinerada familia de La Laguna, en Coahuila, y como que no cuadra.

En Chalchihuites comienzan a formarse dos grupos: los dueños de las minas y los comerciantes ricos por un lado y los mineros por otro; quienes cada día entraban a los socavones sin saber si volverán a ver la luz.

Los accidentes son frecuentes en las rústicas minas. Uno de esos mineros es Natividad Sanjuán, quien no estaba de acuerdo con la rebelión.

La Biblia dice que hay “los dueños de las vides y los trabajadores”; si así lo dispuso Dios, no tiene el hombre por qué contradecirlo.

Ante tanto desconcierto, Natividad lo comentó con su esposa. Ambos deciden separarse de la comunidad.

Con sus pocos bártulos en una carreta jalada por una mula, se marcharon hacia tierras tepehuanas, en busca de un sitio aislado donde hacer minería de prospección y formar una familia como Dios lo ha dispuesto.

Pasaron los meses. Josefina quedó en tiempo de buena esperanza. El matrimonio está feliz por la futura llegada del primer vástago, pero no todo es satisfactorio: la mujer comienza a tener actitudes extrañas.

Una noche tormentosa, mientras el viento azotaba la vivienda como si quisiera arrancarla de la tierra, Josefina se estremeció.

Hablaba cosas que atemorizan a Natividad: incoherencias, palabras incomprensibles. Hasta que, de pronto, su voz se volvía clara y firme:

«Natividad, no debes espantarte. Soy tu abuelo Ángel Sanjuán, así me llamaron en mi vida terrena.

Tu nombre no fue por capricho: naciste el 24 de junio y estás bajo el amparo del Precursor. Josefina será el medio para enviarte algunos mensajes. El Amor del Padre quede con ustedes.»

Josefina abre los ojos y se despereza, como si hubiera estado dormida. Al ver la mirada de asombro de su marido, pregunta:

—¿Qué te ocurre, Nati? Te veo como si hubieras visto al muerto.

Natividad no responde. Se retira a la habitación y abre la Biblia en el pasaje del Deuteronomio (9, 14: Quítate de mi camino que voy a destruirlos y a borrar su nombre de la tierra, pero de ti haré una gran nación ). Lee y relee sin comprender. Su desconcierto es profundo.

—¿Qué ocurre con Josefina, Señor? —susurra—. ¿Acaso el demonio ha entrado en mi esposa?

No obtiene respuesta. Con su mente le hablaba a Dios: «Señor, Padre de misericordia, tú sabes que amo a mi esposa y esperamos la llegada de nuestro primer hijo.

Sabes que no soy un pecador, me baso en Tu Palabra y no entiendo por qué razón Josefina ha pecado. ¿Acaso debo repudiarla?»

Pero Dios permanece en silencio. Josefina le sirvió la cena. El silencio de Natividad la atemoriza, sin comprender la causa. Terminaron su comida y se retiraron a la habitación.

Al día siguiente, salen a remover la tierra para sembrar. Josefina saca unas papas; Natividad se aleja en busca de algún animal. Es un trampero experimentado y pronto vuelve con una buena liebre. La comida del día está asegurada.

El embarazo de Josefina ya es evidente. Una noche se desatan fuertes vientos que vienen de las cañadas. Las tablas de la casa parecen a punto de desprenderse. Natividad revisa con temor la seguridad de la vivienda.

Josefina, sentada, mondaba papas para la cena. De pronto, irguió la espalda, colocó las manos sobre sus piernas y comenzó a convulsionarse. Natividad se acerca, congestionado de terror, sin atreverse a tocarla. Entonces escucha la voz:

«–Yo les saludo en el nombre del Padre, hermanos. Soy Juan, al que llamaron El Precursor, y he sido enviado para comunicarles que el ser que se encuentra en el vientre de Josefina es una niña.

–La llamarán Josefa y estará bajo mi protección. Mediante ella recibirán mis mensajes, que serán la voluntad del Padre.

Hace algunos días, Natividad, cuestionaste al Padre acerca de lo dicho en el Libro. La realidad es lo que ves ahora.

–Su Palabra fue plasmada por hombres sobre papiros en lengua remota. La que se ha difundido ha sido traducida por hombres de tierras y mentes humanas diferentes.

–Tienes razón en pensar en cosas demoníacas, porque el Príncipe de las Tinieblas existe. Pero en este caso, no te preocupes: ustedes están a mi cuidado. Cuida a tu mujer y a tus hijos.

–Ahora me retiro. La Paz y el Amor del Padre quede con ustedes.»

El vendaval cesa. Una suave brisa lleva los aromas de la montaña.

Natividad queda paralizado, intentaba procesar lo que había escuchado.

«Entonces —piensa —, ¿todo lo que he leído, meditado y practicado no era verdad? Dímelo, mi Dios… o Juan… ¿a quién debo recurrir para conocer la verdad?»

Pero ni Dios ni Juan le responden. Su cabeza parece a punto de estallar.

—¿Qué te sucede, Nati? ¿Te sientes enfermo? ¿Te hago un tecito?

—Gracias, Josefina. No es enfermedad del cuerpo. En todo caso, estaré enfermo del alma.

—¡Válgame, Dios! Nati! No digas eso. Dime qué te ocurre.

—No lo sé, Josefina. Lo que me dijiste me tiene la cabeza revuelta. Ya no entiendo nada.

—Pero si solo te ofrecí un té, Nati. ¿Es que acaso te he ofendido?

—No, mujer. Te has vuelto a quedar como dormida y me has hablado con una voz que no era la tuya. Me has dicho que parirás a una niña, que se llamará Josefa, y que San Juan Bautista nos protege.

—¿Pero de dónde sacas eso, Nati? Yo solo me adormilé un momento. Ya es tarde. Mira, mejor preparo la cena y nos dormimos pronto.

Josefina se levanta, se enjuaga las manos en una cubeta y termina la preparación de las papas. La liebre ya está en la cazuela. El agua empieza a hervir. Echa las papas picadas, les agrega hierbas de olor y la sal suficiente.