El Instinto del Bosque (Instintos Feroces 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Tengo que escapar.

Me revuelvo con todas mis fuerzas, buscando desesperadamente cualquier hueco por el que pueda escabullirme, pero no consigo moverlo ni un centímetro.

Es enorme, mucho más grande que yo, y la diferencia entre nuestros cuerpos resulta aterradora ahora que lo tengo encima. Su peso me aplasta contra la tierra húmeda, hundiéndome todavía más en el suelo cada vez que intento incorporarme.

El pánico se adueña de mí. Mi mente deja de pensar con claridad y el instinto de supervivencia toma las riendas, inundando mi torrente sanguíneo de adrenalina.

Ya no existe el bosque ni puedo escuchar nada más allá de mi propia respiración entrecortada. No sé dónde estoy exactamente, ni cuánto me he alejado, ni siquiera hacia dónde tendría que correr si consiguiera liberarme. Lo único que importa es apartarlo de mí antes de que sus dientes me alcancen.

Solo quiero quitármelo de encima y huir lo más lejos posible.

Vuelvo a revolverme, esta vez con más violencia, tratando de girar sobre mí misma para obligarlo a perder el equilibrio, pero apenas consigo desplazarme unos centímetros antes de que aumente la presión de su pata.

El movimiento me comprime el pecho, robándome el aire en un jadeo ahogado.

Está jugando conmigo.

Sé que podría hacerme daño si quisiera. Podría clavarme las garras, cerrar las fauces alrededor de mí o simplemente aumentar la presión hasta impedirme respirar. Sin embargo, no lo hace. Se limita a mantenerme atrapada, esperando a que acepte que no tengo ninguna posibilidad.

Pero no pienso rendirme.

Suelto un gemido desesperado que acaba transformándose en un gruñido cargado de rabia.

Enseño los colmillos y vuelvo a lanzarme contra él, buscando cualquier punto vulnerable que lo obligue a apartarse de mí, pero anticipa el movimiento.

Retira la cabeza justo antes de que pueda alcanzarlo y, con una violencia brutal, me embiste contra el suelo, dejándome aturdida.

Todo comienza a dar vueltas a mi alrededor. El bosque se convierte en una mezcla confusa de sombras en mi intento por recuperar el aire que el impacto me ha arrancado de los pulmones.

—¡Es inútil seguir resistiéndose! ¡Ríndete! —brama.

—¡Nunca! —rujo, con la ferocidad de una bestia acorralada.

La rabia me proporciona un último impulso de fuerza. Apoyo las patas traseras contra el suelo y empujo hasta conseguir girar lo suficiente para lanzar otra dentellada.

Esta vez sí.

Mis colmillos se cierran sobre su hocico, sorprendiéndolo y obligándolo a apartar bruscamente la cabeza. Al separarse de mí, me da la oportunidad que necesito y no dudo en aprovechar. Me incorporo de un salto y salgo disparada sin mirar atrás.

Mis patas apenas rozan el suelo a medida que atravieso arbustos y salto raíces que sobresalen de la tierra. Solo escucho mi respiración desbocada y el latido frenético de mi corazón. Mi instinto ahoga cualquier otro pensamiento con una única orden.

Escapa.

Escapa.

Escapa.

Sin embargo, apenas consigo poner unos metros de distancia entre nosotros.

Un rugido ensordece el bosque a mi espalda y, antes siquiera de que pueda volver la cabeza, se abalanza sobre mí.

Su cuerpo impacta contra el mío y salgo despedida hacia delante, rodando sin control, hasta que sus colmillos se hunden en mi costado.

Una punzada insoportable me atraviesa el cuerpo como un relámpago, arrancándome un aullido desgarrador y haciéndome caer de lado, incapaz de sostenerme.

—No… Por favor... No —suplico con un susurro mientras levanto la cabeza como puedo, encontrándome de frente con sus ojos plateados.

No hay duda en ellos, tampoco vacilación ni el menor rastro de arrepentimiento. Solo una determinación fría y absoluta que me hiela la sangre. Nada de lo que haga va a conseguir que se detenga.

—Vas a ser mía, quieras o no —susurra en un tono bajo y peligrosamente calmado junto a mi oído.

Lanzo otra dentellada desesperada, pero él ya no vuelve a cometer el mismo error. Esquiva el ataque con facilidad y, antes de que pueda retroceder, atrapa mi cuello entre sus fauces.

El instinto de supervivencia se desvanece por completo, dejándome inmóvil y sin aliento. No porque haya decidido rendirme, sino porque conozco demasiado bien la posición de sus dientes.

Sé lo que va a hacer.

No.

No, no, no.

Me convierto en una bestia salvaje. Vuelvo a luchar con una violencia desesperada, dispuesta a todo con tal de huir.

Pero es demasiado fuerte. Un escalofrío de puro horror me recorre la columna cuando siento cómo aumenta la presión sobre mi cuello.

Justo ahí. En el lugar que ningún alfa debería tocar jamás sin mi consentimiento.

Una parte de mi propia naturaleza, que siempre debería pertenecerme solo a mí, porque no es una simple marca. Es el fin de la libertad que tanto me he esforzado por proteger.

Una que él está a punto de arrebatarme.

—¡Suéltame! —rujo, gruñendo de una forma tan grave y amenazadora que apenas reconozco ese sonido como mío, dejándole bien claro que jamás lo aceptaré como mi compañero.

Pero no lo hace. Al contrario. Mi rechazo solo consigue que sus fauces se cierren con más fuerza, obligándome a permanecer completamente inmóvil.

—Mía —sentencia antes de hundir aún más sus colmillos en mi carne, haciéndome añicos.

Un aullido desgarrador brota de mi garganta al sentir una punzada abrasadora nacer en el lugar de la mordida y propagarse por mis venas, abrasándolo todo a su paso.

Me revuelvo desesperada intentando escapar, pero solo consigo que sus dientes se hundan todavía más.

El dolor es insoportable. Cada movimiento hace que la quemazón aumente, arrancándome nuevos gemidos lastimeros.

Pero todo eso deja de importar en cuanto una verdad aterradora se abre paso en mi mente.

Sé exactamente lo que significa. No pretende matarme.

Me está marcando.

Me está haciendo suya, reclamándome contra mi voluntad. No le importa que haya hecho todo lo posible por evitarlo ni que me haya negado una y otra vez. Sigue adelante, arrebatándome una decisión que siempre debería haber sido solo mía, como si mi opinión no contara ni mis deseos importaran.

No quiero ser suya.

No voy a ser suya.

Mis músculos empiezan a temblar por el esfuerzo y respirar se vuelve cada vez más difícil. El agotamiento termina por vencerme. De todas formas, es demasiado tarde.

Ha conseguido lo que quería.

Las lágrimas inundan mi rostro y los sollozos me hacen convulsionar y temblar sin control. Ni siquiera intento contenerlos; una tristeza inmensa se abre paso en mi interior, oprimiéndome el pecho hasta dejarme sin aire.

Siempre he intentado demostrar que era mucho más que una omega. Que mi vida me pertenecía y que nadie tenía derecho a decidir por mí ni a convertirme en aquello que la manada esperaba que fuese.

Pero he perdido.

Ya no soy la loba libre que quería elegir su propio camino.

Ahora solo soy una posesión.

Un trofeo.

La omega que todos esperaban que terminara siendo.

Y, aun así, mientras me muero por dentro, hay una parte de mí que se niega a aceptarlo. Mi instinto sigue luchando. Sigue rebelándose contra esa idea, gritando una única palabra una y otra vez.

No.

No.

¡NO!