El inquilino universitario 2. El reencuentro 5
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Mi vida había sido muy tranquila desde que terminé la universidad; trabajo, viajes, cenas informales con amigos y alguna que otra noche de fiesta, aunque cada vez con menos frecuencia.

Prefería escaparme a la montaña, hacer una ruta o quedarme en mi piso de alquiler con Sofía, sobre todo los findes, que aprovechábamos para estar juntos, pues entre semana apenas podíamos vernos.

Y de repente todo se había puesto patas arriba. Por mi culpa. Ocho años de relación con Sofía, ni una sola infidelidad, y en el último mes, me había acostado con la futura mujer de su hermano y había dejado que Elvira me hiciera una paja en la playa.

Pero lo peor era lo de Mónica, no podía dejar de pensar en ella y en las palabras de Elvira; al principio me lo tomé a coña, pero no era nada descabellada la idea. ¿Y si su hijo era mío?

¡Eso sí que sería un bombazo!

De momento preferí olvidarme del asunto, pero un par de días más tarde, en la notaría me encontré con el expediente de Mónica y le pegué un telefonazo para que pasara a recoger las copias.

Solo con escuchar su voz al otro lado de la línea ya me puse nervioso.

Dejé la carpetilla preparada en mi mesa y le pedí a mi compañera de recepción que me avisara en caso de que se presentara.

Estuve pendiente toda la mañana, aunque al final no vino. Por la tarde me despreocupé del asunto y diez minutos antes del cierre, al levantar la cabeza, me la encontré de pie delante de mi mesa. Allí estaba Mónica.

Tan guapa y radiante como siempre.

Pelo suelto, sin maquillar, cazadora vaquera, blusa blanca, falda larga hasta los pies y unos zapatos veraniegos con cuña.

―Ah, hola, Mónica, ¡qué sorpresa, pensé que ibas a venir por la mañana!

―Sí, esa era mi intención, pero al final no me ha dado tiempo.

Me levanté y fui decidido hacia ella, la sorprendí con un efusivo par de besos que no se esperaba y luego le di la carpeta con la documentación. Ya no quedaba casi nada para terminar la jornada de trabajo y acababa de apagar el ordenador.

―Estoy a punto de salir, ¿tienes mucha prisa? ―le pregunté a Mónica, que me miró extrañada.

―No, bueno, hoy…

―Me gustaría invitarte a tomar algo, si te parece bien, hay una cafetería justo debajo…

―No creo que sea bue…

―Por favor, Mónica, quiero hablar contigo, diez minutillos, aunque no sea más.

―Está bien, pero algo rápido, tampoco puedo quedarme mucho tiempo.

Cogí la chaqueta que tenía sobre la silla y me despedí de mis compañeros. Bajamos por la escalera de madera antigua de la notaría y en un suspiro llegamos a la cafetería.

―¿Qué te apetece tomar?

―Ya es un poco tarde, un descafeinado de máquina…

―Borja, ¿nos pones dos descafeinados de máquina?

―Sí, claro…

Veía a Mónica bastante cortada, y era normal. No debía ser una situación nada fácil, aunque no tenía ninguna intención de incomodarla ni nada por el estilo, pero necesitaba hablar con ella, saber qué tal le iba después de tanto tiempo, y sobre todo, disculparme por lo que pasó.

Cogimos los cafés y nos sentamos en una mesa apartada, alejados de miradas indiscretas.

―Anda, que vaya casualidad, diez años sin saber nada de ti, y ahora, de repente, nos hemos visto tres veces casi seguidas… ―le dije echando el azúcar en la pequeña tacita, que venía acompañada de una magdalena de chocolate.

―Sí, no sabía que trabajabas aquí cuando vinimos a firmar…

―Si no, no hubierais venido. ―Quise hacer una broma.

―Tampoco es eso, tu jefe tiene muy buena fama, ya hemos firmado alguna cosa más con él, de hecho, la hipoteca también la formalizamos aquí.

―Ah, no lo sabía, ¡vaya coincidencia! Pues nada, Mónica, solo quería preguntarte qué tal te va…

―Ya me has visto en el trabajo, estoy muy contenta allí, tuve mucha suerte de pillar plaza en la Seguridad Social al aprobar la oposición. Y luego, pues sigo con el yoga, ya sabes, igual que siempre…

―Se nota, se nota que sigues entrenando…, estás muy guapa…

Se ruborizó y bajó la cabeza dando vueltas con su cucharilla en el café.

El paso de los años no había menguado en absoluto su belleza, es más, creo que incluso la había mejorado.

Seguía estando igual de apetecible, con sus ojos grandes, sus labios carnosos…

ahora tenía el pelo distinto, algo más rizado que cuando vivía con ellos.

Y al quitarse la cazadora me fijé en sus brazos tonificados.

Sin duda, Mónica estaba en una forma física estupenda.

Apenas hablaba y estaba muy cortada, como si se arrepintiera de estar allí, aunque aparentaba estar tranquila y se mantenía en un plano discreto, pero conmigo era absurdo disimular.

Yo conocía a la verdadera Mónica.

Diez años atrás, conseguí sacar su lado más oscuro y salvaje.

Su cara oculta. Era imposible olvidarme de esos tres meses que compartimos en mi primer año de universidad.

Follábamos cada día, probamos cada rincón del chalet e incluso fuimos más allá y terminamos arriesgándonos a hacerlo en sitios públicos.

Todo nos daba igual, hasta que Fernando estuviera en casa, y siempre encontrábamos la manera de que mi polla terminara dentro de ella.

Éramos dos depravados hambrientos de sexo.

Nada nos satisfacía, y en cuanto terminábamos, queríamos más y más.

¡Éramos la lujuria y el vicio personificados!

Tantos años sin vernos no había disminuido esa sensación tan potente, una atracción magnética irresistible, y al tenerla delante seguí sintiendo la energía que desprendía, y al menos por mi parte, me temblaban las manos de la tensión sexual que me provocaba estar con Mónica.

Era como si no hubiera pasado el tiempo.

―He hecho varios cursos y ahora soy profesora de yoga… ―dijo rompiendo el incómodo silencio que se había creado.

―¡Qué bueno!, te pega de maravilla, seguro que eres una gran profesora, a mí me enseñaste muy bien. Tenías mucha paciencia.

―Estoy dando clases en el centro cívico, tengo varios grupos, de todas las edades. Y tú, ¿sigues practicando?

―No, lo dejé hace mucho, ya sabes que me costaba hacerlo solo, te recuerdo que tenías que estar encima de mí para que… ¡Uy, perdón!, no quería decir…

―No, tranquilo ―murmuró volviendo a bajar la cabeza avergonzada―, creo que es mejor que me vaya…

―¿Ya?, pero si acabamos de llegar…

―Mira, Adrián, me alegra verte y saber que te va bien, pero no le veo sentido a esto.

―Espera, antes de que te vayas me gustaría disculparme por lo que pasó.

―¿Disculparte?, ¿por qué?

―Por cómo terminó todo, quise llamarte, saber cómo estabas, apoyarte dentro de lo posible, no debió ser agradable para ti cuando me fui de la casa y te dejé sola, ¡me comporté como un puto niñato asustado!

―A ver, Adrián, no podías hacer nada, no eras más que un crío, solo tenías diecinueve años. La culpa de lo que pasó fue mía, yo tenía que haberle puesto cordura y haber cortado aquello de raíz, de hecho, jamás debería haber empezado…

―Quise llamarte, pero me bloqueaste, y supongo que ya me habrás borrado de la agenda, aunque yo te sigo teniendo. ―Y le mandé un whatsapp medio en broma con la palabra «hola».

La pantalla de su móvil se iluminó y apareció mi nombre junto al mensaje. Me sorprendió bastante que todavía mantuviera mi contacto y me hubiera desbloqueado.

―Anda, me sigues teniendo. ¿Sabes?, me acuerdo todos los días de aquella época, me ayudaste casi como una madre, como una amiga, eras mi confidente y al final lo que sucedió entiendo que fue algo normal, pasábamos mucho tiempo juntos, fuimos sintiendo algo el uno por el otro…

, no sé, nunca me ha vuelto a pasar nada parecido, creo que hasta me enamoré de ti y si te soy sincero, después ya no he vuelto a disfrutar de la misma manera.

―No te equivoques, Adrián, yo no estaba…, bueno, da igual, debería irme. ―Se apresuró cerrando el bolso y haciendo el amago de ponérselo al hombro.

―También me hubiera gustado disculparme con Fernando, se portó muy bien conmigo, es muy buen tío…

―Ya.

―Espero que no se moleste porque te tomes un café conmigo…

―No se lo voy a decir, por supuesto…

―Ah, claro, perdón, ¡qué idiota soy!…, yo tampoco le he comentado nada a mi novia, no sé por qué, es una tontería, es solo un café entre dos viejos amigos.

―Me dijiste que te casabas el año que viene con la hermana de Sergio, ¿no?

―Sí, llevamos juntos ocho años, desde la universidad. Hace poco firmamos la hipoteca y estamos empezando a planificar la boda para el año que viene, ya sabes, de momento fecha y restaurante, luego viene todo el jaleo…

―Tengo que irme, Adrián, muchas gracias por esto ―dijo levantando la documentación.

―Es una pena que te vayas tan rápido, apenas hemos podido hablar.

―Yo creo que tampoco tenemos mucho más que contarnos. Me alegra que te vaya tan b…

―Me gustaría volver a verte… ―solté de repente sin dejar que terminara la frase.

Y Mónica, que ya estaba de pie con el bolso al hombro, volvió a sentarse. Me miró como si no entendiera lo que acababa de escuchar.

―No me malinterpretes ―me excusé―, lo que quiero decir es que echo de menos aquellas conversaciones que teníamos, lo bien que lo pasábamos juntos, no sé si te apetece..., pero podríamos quedar de vez en cuando a tomar un café.

―Eso es imposible, ya no solo por mí, también por Fernando; primero, porque no tenemos nada que decirnos, me alegra que estés bien, que te vaya todo tan estupendo y esas cosas, pero esto no tiene sentido; segundo, porque si se entera mi marido, me buscaría un buen problema, y no quiero hacerle sufrir, por bastante hemos pasado ya. Y además, apenas tengo tiempo.

―Siempre hay tiempo para un amigo.

―Entre las clases, las tareas de casa, el trabajo, el niño…

―Es verdad, que tienes un niño, jo, ¡es muy guapo!, ¿cómo se llama?

―Iker.

―Muy bonito, ¿y cuántos años tiene?

―Tengo que irme ya… ―dijo de forma apresurada volviéndose a levantar y cogiendo la cazadora vaquera―. Adiós, Adrián…

Y se marchó a toda velocidad, lo que me llamó mucho la atención.

¡No podía ser!, había sido sacar el tema de su hijo y Mónica no había querido contarme nada de él, ni tan siquiera decirme su edad.

Ese comportamiento tan sospechoso hizo que, si hasta ese momento podía tener alguna incertidumbre sobre si yo era el padre, a partir de ahí mis dudas se acrecentaran.

Llegué a casa sin dejar de darle vueltas al asunto y pensando en Mónica. Era increíble como con el mero hecho de estar con ella me había disparado la adrenalina. Me palpitaba con fuerza el corazón, me dejé caer en el sofá y encendí la tele tratando de relajarme.

Pero no podía, los recuerdos de lo que había pasado con ella en los últimos tres meses se me vinieron a la cabeza.

Casi instintivamente me desabroché el pantalón, recostándome en el sofá.

Tenía cero dudas de que, si hubiera existido la menor posibilidad, yo no me hubiera podido resistir y habríamos terminado follando en cualquier sitio.

Ese deseo que sentía por Mónica había florecido de nuevo como un chispazo, y lo que me daba más morbo es que podía ver en sus ojos la pasión que desprendían.

Había estado perfecta en el papel que se suponía que debía interpretar, el de mujer adulta que se responsabilizaba de lo que ocurrió y que me trataba poco menos que como un niñato inmaduro.

Pero a mí no me engañaba.

Yo conocía su lado más sucio. Cerré los ojos sacudiéndome la polla, recordando aquellos meses, y cómo me encantaba follármela al final de la escalera mientras su marido dormía la siesta.

Era lo que más nos excitaba, no solo era el placer de metérsela, es que, además, se incrementaba por mil con los nervios y la tensión de que nos pudieran pillar.

¡Eso era lo mejor!

Salíamos alguna vez al cine y allí nos magreábamos como dos enamorados, Mónica me comía la polla en medio de la sala y no me dejaba escapar hasta que me corría en su boca.

Enfervorecida y cachonda se abría de piernas y me pedía que le metiera los putos dedos por el coño mientras jugaba con el semen caliente que se le escurría por la comisura de los labios.

Y después se dejaba masturbar en medio del cine hasta que llegaba al orgasmo.

Llegábamos a casa todavía más cachondos y nos metíamos desnudos en la piscina, nos pasábamos horas y horas allí, besándonos, frotando nuestros cuerpos, me hacía sentarme en la orilla y me la volvía a chupar, y otra vez, dentro del agua le pasaba la polla entre los labios vaginales hasta que terminaba dentro de ella.

¡Habíamos hecho tantas cosas! ¡Y cada cual más morbosa!

Me tembló el cuerpo instantes antes de correrme y sentí la descarga comenzando a empaparme el estómago y el pecho. Cerré los ojos y visualicé su cara, su increíble melena, sus labios, su trasero grande y firme, ¡joder, ahora con cincuenta y tres años sí que era toda una MILF!

Hasta las pajas pensando en Mónica eran increíbles. Me palpitaba la polla nerviosa, excitada, como si se acordara de ella, y me quedé unos segundos relamiéndome, disfrutando esa sensación de un buen clímax.

Pero después me entró un sentimiento de culpa muy grande. Se me estaba yendo la puta cabeza entre lo de Laura, Elvira y ahora con Mónica. Tenía que volver a centrarme en el trabajo, y sobre todo en Sofía.

Ella era el amor de mi vida, mi compañera de viaje, mi futura mujer, y yo me estaba comportando como un cabrón, como el Adrián de diecinueve años. Entonces cogí el teléfono y la llamé.

Necesitaba escuchar su voz, hablar con ella. Recordarme a mí mismo que seguía enamorado, porque, además, es que lo estaba, y continuar adelante con nuestros planes. Y Sofía me soltó que el fin de semana, su hermano y Laura nos habían invitado a cenar en su nuevo piso.

Como se suele decir, la primera en la frente…