El Infierno en el Paraíso
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TERRY
Su respiración está perfectamente acompasada con la mía, su rostro descansa en mi pecho, el despertador no tarda en sonar, me muevo con cuidado para contemplar su dulce rostro, me encanta despertar con esta imagen.
El hombro molesta muy poco, pero trato de centrarme en ella, solo en ella, en la paz que le regala a mis sentidos, a mi alma.
Suena el despertador con música clásica y abre lentamente sus adormilados ojos.
Paty: Buenos días, mi Sr.
Terry: Buenos días, hermosa. (Le robo un pequeño beso antes de levantarme, mientras ella con todo el dolor de su corazón, abandona las sábanas para ir por mi desayuno, y comenzamos con mi patético ritual.
A veces me pregunto cuánto tiempo aguantará esta maldita rutina).
¿Te he dicho que odio esa pijama? (Me encanta su cuerpo, detesto que cubra sus piernas con pantalón de pijama).
Paty: Sí, varias ocasiones.
Terry: Explícame, ¿por qué sigues usándola entonces?
Paty: Porque aún es invierno y a veces me da frío.
Terry: Esto es la Riviera Maya, aquí no hace frío.
Paty: En las madrugadas refresca.
Terry: Yo puedo mantenerte caliente.
Paty: ¿Toda la noche, mi Sr.? (Pregunta pícara).
Terry: No me retes, nena, no me retes.
Le advierto divertido al tiempo que pone los ojos en blanco provocándome una sonrisa.
Se deshace del horrible pijama para enfundar las perfectas piernas en unas licras deportivas con las que luce deliciosa, finalmente la he convencido de ejercitarse.
Antes de salir de la habitación le doy un rápido beso y un pequeño azote en el trasero, me gusta cómo se escucha el choque de mi mano contra esa suculenta parte de su cuerpo.
Una vez que regreso de correr por la playa, acompañado de Toretto, la encuentro en el gimnasio sobre la bicicleta estática con los audífonos puestos. Esas licras empapadas en sudor siempre la hacen lucir muy sexy y mi entrepierna está de acuerdo.
Con una seña le hago saber que la veo en nuestra habitación en 15 minutos. Al entrar en ella, mi atuendo del día se encuentra listo. Me gusta que escoja mi ropa, tiene buen gusto y reduce mi tiempo de arreglo personal, además, me asegura que le agrada lo que ve el resto del día.
Después de la ducha, me coloca nuevamente la pomada y el vendaje.
Termino de vestirme mientras ella se baña y, una vez listo, bajo a esperarla en el jardín, al tiempo que reviso las notas importantes del día en el smartphone, ya que, por alguna extraña razón, no le agrada que la observe arreglarse.
Aunque este momento en el que aparece radiante a desayunar, me deja sin aliento.
Una vez que tomo la pastilla para calmar un poco el dolor que comienza a ser demasiado molesto, desayunamos contemplando la perfecta imagen que el jardín nos ofrece.
Es viernes, el primer fin de semana de febrero, no hemos discutido los últimos…
3 días, por lo que tenemos planeado ir a bailar en la noche, para comenzar un perfecto fin de semana.
Desde que le obsequié el collar en Año Nuevo, se lo ha quitado solo una ocasión en la que me recalcó que no le combinaba con el vestido y la verdad tenía razón. Me agrada saber que siempre tiene presente lo que significa para mí.
Estas semanas no han sido perfectas, hemos tenido una que otra discusión, pero es que ella siempre escupe lo primero que se le viene a la mente.
Pareciera que disfruta refutar mis órdenes.
Aunque también, debo admitir, que en ocasiones me altero muy fácilmente.
Es un estira y afloja constante, sin embargo, cuando estamos así, nada de eso importa.
Paty: Está muy callado.
Terry: Me encuentro admirando tu belleza.
Me sonríe dulcemente y una vez que terminamos, nos dirigimos a la oficina después de un breve recorrido por el Paraíso.
Me gusta hacerlo, es como observar el porqué de todo ese trabajo que en ocasiones resulta fastidioso, tengo que ver el motivo por el cual me encierro seis horas entre cuatro paredes, cuando puedo estar recostado en la playa y…
vale la pena, ¡mi Paraíso vale la pena! Y desde que Paty ha llegado a mi vida, todo se magnifica.
Lo bueno ahora es extraordinario y lo malo, bueno, es aún más difícil controlarlo.
Lía nos saluda sonriente, como cada mañana.
Terry: Buenos días, Lía, al fin viernes, ¿tienes planes para este fin?
Lía: Algunos, Sr.
Terry: Me alegro, disfruta, porque no sabemos si esta hermosa creatura me haga enfadar para el lunes. (Agrego levantando la mano de mi chica la cual sujeto con nuestros dedos entrelazados).
Paty: Yo no lo hago enfadar, usted se enfada de la nada.
Terry: ¡¿Lo ves?! Siempre está poniendo a prueba mi paciencia.
Paty pone los ojos en blanco y Lía se limita a sonreír antes de pasar a los asuntos laborales.
En el mes de enero el número de huéspedes disminuyó, aunque, a decir verdad, es un alivio.
Diciembre estuvo a reventar, aunque para el catorce de febrero todo está reservado, por lo que Paty tiene un mundo de trabajo con todo lo que se expondrá ese día “el día del amor”.
Mercadotecnia estúpida y ridícula, pero excelente para el negocio.
A las once en punto, aparece mi hermosa chica en mi despacho, con esa seguridad que la caracteriza. Me encuentro en una llamada con un importante ejecutivo, no puedo colgar, intento concentrarme en la llamada y de dejar de admirar sus perfectas piernas.
Ha depositado mi capuchino del lado izquierdo, al levantar la mirada me encuentro con su sonrisa pícara, no puedo evitar sonreírle de regreso.
Levanto una ceja y con un gesto hacia la taza le indico que la cambie de lugar, cierra los ojos y me lanza un beso.
Continúo sonriendo, es estúpido, meses atrás le habría gritado.
Repito el gesto y vuelve a mandarme un beso, antes de hacerme una seña con el índice en su mejilla para que le envíe uno de regreso.
La llamada es importante, no puedo estar jugando ahora y al reiterarle la seña, continúa tocándose la mejilla con el índice.
¡No es momento de jugar! Comienzo a exasperarme, ¡esta es la oficina, no nuestra habitación! Mis músculos se anudan. Estoy tratando de hablar de asuntos financieros. El dolor en el hombro se incrementa en un segundo y ella sonríe como si esto fuera gracioso.
*Terry: Permítame un segundo, Sr. Oseguera.
Cubro la bocina del auricular antes de cerrar los párpados y respirar profundamente, intentando relajar los músculos para que el dolor disminuya, pero es inútil.
Al abrir los ojos, mi rostro lo debe decir todo, porque su sonrisa ha desaparecido, se disculpa en un susurro al tiempo que coloca la taza en su lugar.
Intento levantarme al verla partir, mas una punzada de dolor me lo impide.
Me sujeto el hombro respirando y recargándome lentamente, ¡maldito dolor!
Una vez que consigo controlarme, regreso a mi llamada.
Al terminar de hablar con el Sr. Oseguera, me aseguro de lograr caminar sin que se me note el malestar, aunque no sé si lo consigo.
Me dirijo al escritorio de Paty, al verme se levanta de un salto, observo cómo traga saliva seguramente esperando alguna reprimenda, pero me acerco a su costado para darle el beso en la mejilla que pedía.
Terry: Hace un rato no podía dártelo. (Suelta el aire, creyó que estaba enfadado y por un momento lo estuve).
Paty: Creí que venía a gritarme.
Terry: ¿Crees que debería hacerlo?
Paty: Nunca creo que deba hacerlo. (La sujeto de la barbilla para capturar su mirada).
Terry: ¡Cierto! Y tú nunca deberías sacarme de mis casillas.
Paty: Esa no era mi intención.
Terry: Lo sé, por eso estoy aquí.
Paty: Solo estaba jugando. (Aclara en un susurro con la mirada baja).
Terry: Esa era una llamada importante e intentaba hablar de finanzas, finanzas con muchos, muchos ceros.
Paty: No volverá a suceder.
Terry: Eso espero. (Me inclino para darle un casto beso sobre los labios como despedida, antes de regresar a mi despacho y perderme entre números.
Ha estado entrando mucho dinero a mis cuentas bancarias y, si algo he aprendido, es que al dinero hay que moverlo.
Estoy analizando las mejores opciones de inversión, cuando me doy cuenta de que ya son las 2 de la tarde, hora de comer.
Al llegar al escritorio de Paty sobre el cual tiene mil documentos, le recuerdo el horario). Nos vamos, nena.
Paty: Sí, sí, solo deme dos segundos.
Terry: Uno… dos… listo, vámonos.
Paty: Es que no encuentro una tarjeta y necesito el número.
Terry: Debes tenerlo apuntado en el móvil. Vámonos.
Paty: No, es un proveedor nuevo, necesito esa tarjeta.
Terry: Esta es la cuarta vez que te lo digo, ¡vá-mo-nos! (Toma sus cosas de mala gana y entramos al ascensor).
Paty: ¡¿Le he dicho que odio que me hable en sílabas?!
Terry: ¡Sí! Y yo te he dicho que tengas ese escritorio ordenado, por eso no encuentras nada.
Paty: Mi escritorio está ordenado. (Asegura obstinada).
Terry: Tienes documentos regados por todas partes… por eso no encuentras nada.
Paty: Es una tarjeta, es pequeña, por eso se me perdió.
Terry: Y los números se apuntan en el móvil, para eso se inventaron. (Agrego sarcástico moviendo el celular frente a ella).
Paty: Eso iba a hacer cuando la dichosa tarjeta desapareció. (La estúpida alegata me colma la paciencia, y el dolor se agudiza cada vez más, le extiendo el saco al llegar a casa y levantando dedo por dedo añado).
Terry: Uno, deja de refutar todo lo que te digo.
Dos, escucha, aprende y calla. Tres, dame una maldita pastilla que estás a dos segundos de sacarme de mis casillas.
(Parpadea un par de ocasiones antes de sacar las pastillas de su bolso y una pequeña botellita de agua que siempre trae consigo y me las extiende.
¿Cómo demonios logra exasperarme en tan poco tiempo?
El dolor se incrementa y se me ha ido el apetito, ¡¡demonios!
! Necesito un respiro, si abre una vez más la boca, voy a explotar).
Come tú, yo estaré en mi habitación. (Me dirijo hacia a las escaleras).