CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
ALINA
—¿Estás segura de que es ella?
—Lo estoy.
—¿Dónde estaba el cuerpo?
—A menos de un kilómetro y medio de donde encontraron a Bryce.
—¿Alguna pista de quién pudo hacerlo?
—El asesino fue limpio y no dejó nada atrás, pero sé quién fue.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Por qué siento que vamos a tener problemas contigo, Alina?
—Porque te advertí que quería hacer esto sola, Sasha, y que no era buena idea enviar conmigo al primo de tu esposo. Pero como siempre, me ignoraste.
—No vamos a empezar otra vez con esta mierda, mocosa —gruñó—. Te escucho.
—Sharpe.
—¿Por qué Evangeline mataría a Lena y tiraría su cuerpo en ese sitio?
—Venganza. Ya sabe quién soy y que maté a los hermanos.
—No tenía forma de saberlo.
—Miranda.
—¿Esa mujer que dejaste en la casa?
—La misma.
—¿Cómo lo descubriste?
—Miranda me llamó llorando y pidió perdón. Dijo que la obligaron a hablar o matarían a su hijo.
—Pero tú no mataste a Bryce. Solo a Scott y a Vincent.
—Eso no hace ninguna diferencia para ella.
—Debería. No puedes ir por ahí adjudicándote mis servicios.
Me reí, sintiendo la presencia de Dario detrás de mí.
—¿Has hablado con Dario sobre esto? —preguntó Sasha con seriedad.
—Sí, y está de acuerdo conmigo.
—¿Crees que esa falsa mafiosa intentará matarte?
—Cuento con ello.
—¿Qué pretendes hacer?
—Esperar.
—¿Y si tarda demasiado en venir a ti?
—Iré tras ella.
—¿También sabe ya lo del consigliere?
—No estamos seguros. Regresó de Atenas hace una semana, y Lena fue asesinada hace solo tres días. Necesitamos ayuda para intentar descubrir si salió del país.
—Sería estúpido que se fuera ahora. Por lo que sabemos, dentro de cuatro días los hombres de The Purifiers llegarán a los puertos de Santos y Río de Janeiro. Volver a Texas solo haría gastar dinero y causar desgaste.
—Quizá no volvió a su casa.
—¿Adónde más iría? —preguntó Sasha, curiosa.
—Piénsalo. Estás sola y sin apoyo. Todos los que amabas y en quienes confiabas han muerto. Tus dos socios están inaccesibles en este momento, y tu novio desapareció del mapa. ¿A quién recurres para pedir ayuda?
—A tu madre.
—Exactamente. Aunque estoy pensando de forma racional, y no puedo garantizar nada, ya que nunca tuve una y no sé cómo funciona esa cosa del vínculo materno.
Sentí las manos de Dario masajeándome los hombros. Puse los ojos en blanco y me aparté, haciéndolo sonreír.
—Te dejaré decidir qué hacer —dije.
—Sugiero que el consigliere le haga una visita a su futura suegra mientras yo me quedo aquí para seguir de cerca la llegada de los estadounidenses.
—Si él está de acuerdo, por mí está bien.
—Estás perdiendo autoridad, Imperatrix. En otros tiempos, simplemente ordenabas y se acababa.
—No soy tu madre, mocosa. Pero si vuelves a hablarme así, te mostraré exactamente cómo funciona mi puto vínculo materno.
Terminé la llamada y guardé el teléfono en el bolsillo de mis pantalones.
—No voy a irme de aquí, mi bambina.
—No soy tu bambina.
Le di la espalda, de pie en el porche de la casa de playa en Angra dos Reis.
—Deberías contactar con Evangeline. Necesitamos saber sus planes.
—Lo único que necesito está justo aquí. No voy a ir tras otra mujer.
Cerré los ojos, lamentando mi mala suerte, luego miré por encima del hombro.
—Sé que crees que si insistes lo suficiente, me convencerás de cambiar de opinión, Dario. Sinceramente, no me importa. Pero necesitas saber que estás perdiendo el tiempo conmigo en lugar de volver a tu vida y encontrar una mujer que te distraiga durante un tiempo.
Se acercó y presionó su cuerpo contra el mío. No retrocedí ni aparté la mirada, para que supiera que no estaba bromeando, aunque mi cuerpo se incendiara con su cercanía.
—Dije que demostraría que mi amor es real, bambina. Una de las cosas que aprendí es que las palabras se convierten en hojas secas arrojadas al viento cuando nuestras acciones contradicen todo lo que decimos.
Su mano rodeó mi nuca, y mi cuerpo se contrajo. Le agarré la muñeca con desesperación y me aparté. Dario arrugó la frente y cruzó los brazos, dando dos pasos que borraron la distancia entre nosotros.
—Es la segunda vez que te encoges de dolor cuando te toco el cuello. ¿Estás herida? Déjame ver.
—No.
Aparté sus brazos.
—No estoy herida. Simplemente no quiero que me toques, Dario.
—Mírame, Alina.
Me sostuvo la barbilla, obligándome a enfrentarlo.
—No me apartes, bambina. Sé que pasaron muchas cosas en ese sitio que no quieres contarme, pero guardar y roer todo eso sola cuando estoy justo aquí, dispuesto a ayudar aunque sea solo escuchando, es demasiado cruel, amore mio.
Yo también tengo muchas cosas que contarte, pero necesito que quieras oírme. Por favor. Podemos hacer esto juntos.
El consigliere solo decía esas cosas porque no sabía lo que realmente había ocurrido.
No tenía idea de lo que había pasado en ese infierno durante seis malditos días.
Saldría corriendo si descubría lo de Phil, y yo no soportaría volver a ver la desaprobación que vi cuando le conté lo de Mercer y las elecciones que había hecho durante los últimos dos años como ubiytsa del Imperio ruso.
Por no hablar de que Evangeline Sharpe estaba suelta por ahí, cazando a la asesina de su gran amor. Si Dario no se mantenía lejos de mí en los próximos días, la nueva Fantasma de The Purifiers tendría una excelente oportunidad de eliminar a su objetivo y a su archienemiga de una sola vez.
—Ya dije todo lo que tenía que decir, Dario. Si quieres quedarte, quédate. Pero te aconsejo que te vayas. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.
Intenté pasar junto a él y entrar en la casa, pero me sostuvo del brazo.
—¿Quién era el hombre negro?
Inhalé y exhalé profundamente.
—El guardia de Vincent.
—¿El que te llevó allí?
—Sí.
—¿Qué te hizo, bambina?
—Ya te dije que olvidaras esa mierda, Dario.
—No puedo, y tú tampoco podrás hasta que hables de ello.
Entrecerré los ojos.
—¿Quién te dijo que quiero olvidar?
—Sé que quieres. Veo el dolor en tus ojos cada vez que toco este tema, Alina.
Liberé mi brazo.
Con pasos duros, abrí la puerta y fui a mi habitación, que estaba junto a la suya. Dario me siguió y entró detrás de mí antes de que pudiera dejarlo fuera.
—Déjame en paz, maldita sea.
—No me iré hasta saber qué pasó. Durante tres semanas he estado esperando que te abras conmigo, que lo sueltes, que pongas todo sobre la mesa, pero insistes en cargar este peso sola, Alina.
—Es mi peso. Me pertenece, y no te corresponde a ti ni a nadie más decidir qué debo o no debo hacer con él, Dario.
—Te amo y quiero que compartas tu dolor conmigo, Alina.
Me reí sin ganas.
—Me amas tanto que en la primera oportunidad que tuviste, te follaste a otra mujer. Y ni se te ocurra decir que no querías, porque te vi. Lo vi con mis propios ojos.
—Si escucharas, entenderías por qué tuve que hacer eso. Y no me acosté con Evangeline ni una sola vez después de dejar tu cama.
—No te creo.
—No quieres creerme, Alina, pero sabes que no miento.
—¿De verdad?
—No.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto que estoy seguro.
—Entonces estoy ciega o loca, porque lo que vi en aquel pasillo fue a un hombre y una mujer locos de deseo el uno por el otro, cariño.
—¿Vas a escucharme?
—Si tuvieras algo interesante que decir, quizá haría un esfuerzo. Pero dudo que lo tengas, así que no.
—Esa mañana, Evangeline recibió dos mensajes de Bryce, y en ambos él confirmaba que sabía el nombre de la asesina de su hermano.
—Imposible.
—No, Alina. Eso fue exactamente lo que pasó, y exactamente por eso fue tras Lena. Iban a usar a la chica para intentar descubrir qué prostituta se había infiltrado en los clubes con un nombre falso.
—¿Por qué Lena?
—Porque trabajaba directamente con las chicas.
Dario se acercó otra vez y me sostuvo el rostro con sus manos cálidas y suaves. Me miró profundamente a los ojos y dijo:
—Entré en pánico. Discutimos cuando descubrió que había leído el primer mensaje, y borró el segundo antes de que pudiera leerlo. Lo que hice en el pasillo fue solo para intentar convencerla de que me contara qué había escrito Bryce en el segundo mensaje.
—¿Y lo conseguiste?
—Solo esa noche, en su apartamento.
—¿Tuviste sexo?
—No…
Bajó la cabeza y suspiró, resignado.
—La hice correrse con los dedos, pero juro que fue la última vez que la toqué.
—¿Por qué me dices esto ahora, Dario?
—Porque necesito que sepas que si hubiera dependido de mí, ese domingo te habrías ido conmigo a Dallas para acabar con la vida de esa maledetta, y luego habríamos ido juntos a San Diego y enviado a Vincent al infierno.
Los ojos de Dario se llenaron.
—Todo lo que te pasó fue culpa mía, Alina. Jamás me perdonaré por haberte herido así en el barco, y sé que si no te hubiera decepcionado tanto después del tiempo maravilloso que pasamos juntos, habrías confiado en mí y te habrías ido conmigo.
—Los únicos culpables de lo que me pasó fueron esos hombres, y recibieron lo que merecían.
Dario apoyó la frente contra la mía. Su aroma me desorientó, y mi cuerpo se sintió demasiado tentado a rendirse a él otra vez. Una batalla memorable se libró entre mi cerebro y mi corazón cuando sus palabras fueron susurradas en mi oído como una sonata.
—Dio santo, tesoro mio… no tienes idea de lo difícil que es para mí tenerte tan cerca y no poder tocarte. Ver tu hermosa sonrisa cuando despierto y no poder besarte. Mirarte dormir y no poder abrazarte y custodiar tus sueños.
Sus labios rozaron los míos, suaves, tiernos, llenos.
—Déjame amarte, Alina. Déjame darte mi amor. Déjame cuidarte y protegerte, per favore…
Su lengua cálida se deslizó sobre mi boca, pidiendo paso.
Sus manos descendieron por mi espalda, atrajeron mi cuerpo contra el suyo y nos unieron en el encaje perfecto que hizo flaquear mis piernas.
Quería ser fuerte, pero estaba tan cansada de luchar contra este sentimiento que había ganado fuerza durante días con la presencia constante de Dario en mi vida que ya no sabía si podría soportarlo.
Tenía miedo.
Tanto miedo de perder la razón y dejarme llevar otra vez por las emociones y sensaciones que solo él despertaba en mí.
Había pedido, incluso suplicado, a la Imperatrix que no me obligara a compartir la misma casa con el consigliere durante tanto tiempo, ni que nos ordenara trabajar juntos para encontrar a la joven Lena, que llevaba semanas desaparecida.
Pero ella estaba preocupada por mí, aunque se negara a admitirlo.
Intenté convencerla de que estaba bien y de que nada de lo ocurrido en Tijuana me debilitaría.
No era una mentira ni palabras vacías dichas de la boca hacia fuera.
De verdad no me habían sacudido las cosas que le hicieron a mi cuerpo, porque cada uno de esos miserables había pagado con la misma moneda, con sus vidas.
Pero Sasha había estado allí. También Matteo, Ilya y Dario. Vieron lo que hice.
Todos lo vieron.
Y por supuesto, quedaron impresionados.
Los miembros de alto rango del Imperio ruso y el capo italiano siempre habían sabido lo que hacía, pero nunca habían presenciado una escena como aquella.
Tampoco habían conocido los métodos que Mikail y Rurik usaban en el entrenamiento de nuevos reclutas, ni sabían lo que una asesina como yo representaba realmente para la Bratva.
Muchos miembros y personas familiarizadas con las tácticas aplicadas en los centros de entrenamiento creados en Sochi me consideraban un arma letal.
Otros decían que quienes tuvieran el privilegio de beneficiarse de mi lealtad jamás temerían a sus enemigos.
Algunos, aún más admirativos, juraban que cuando alcanzara mi “madurez oscura”, en este caso los veinticinco años, mi edad actual, me convertiría en una máquina de matar: despiadada y difícil de derribar.
Nada de eso era mentira.
Sin embargo, no quería que se me reconociera solo por mis aptitudes y habilidades para ejecutar objetivos importantes sin dejar pruebas ni rastros.
Era una mujer joven que aún soñaba con recibir algo más humano como recompensa por los servicios prestados a la organización.
Idealizaba el día en que volvería a casa después de lograr ejecutar un plan peligroso y sería recibida con un abrazo de mi hermano o una caricia de mi abuelo.
Niña tonta.
Niña virgen engañada y necesitada.
Habían pasado tres semanas desde que salimos de México.
Veintiún días varados en esta casa de Angra dos Reis, conviviendo a diario con este hombre hermoso, divertido, ávido de sexo y dispuesto a derribar los muros alrededor de mi corazón.
Dario quería que le contara lo que había vivido en aquella casa. Quería saber qué hice y por qué lo hice todo. Quería infiltrarse otra vez en mi alma con la intención de remendarla, quería otra oportunidad para intentar convencerme de que el amor era bueno y de que yo merecía ser amada.
Abrí la boca, recibiendo su lengua, su sed, su hambre, su ansia y todo lo que tenía para ofrecerme con su cuerpo y su experiencia. Sus manos fuertes me agarraron el culo y me acomodaron en medio de la cama. Me miró, sonrió y volvió a besarme.
A veces con intensidad.
A veces con delicadeza.
Después… sin control.
Era agonía, pasión, desesperación y depravación. Las cosas que Dario me hacía eran dominantes, vulgares e inmorales.
Perdí el aire.
El suelo.
El aliento.
Por un momento olvidé el miedo, el mundo, la muerte, y permití que el amor me invadiera, me guiara y me liberara para que mi cuerpo pudiera saborear sensaciones viejas y nuevas, para que mi corazón se alegrara y para que mi alma renovara su fe y creyera que incluso una chica con un destino tan jodido como el mío podía ser feliz por amar.
Aunque fuera solo durante unas horas.