Capítulo XIII #2
Y sin embargo, nada funcionaba. Las calles se vaciaban, las colas se alargaban, los hospitales colapsaban, la inflación devoraba sueldos, la violencia se multiplicaba, los jóvenes huían.
Pero el discurso se mantenía. No por ignorancia, sino por fe.
Porque el Buen Revolucionario no necesita que las cosas mejoren: sólo necesita que el enemigo no gane.
La política se volvió guerra. La disidencia, traición.
El país entero, un campo de batalla simbólico donde la victoria no era prosperar, sino resistir.
Resistir al yanqui, al rico, al escuálido, al burgués, al opositor, al que duda, al que piensa, al que no aplaude.
Así se consagró el resentimiento como razón de Estado.
Un resentimiento envuelto en épica, adornado con imágenes de Bolívar, repetido como mantra en las escuelas, impreso en billetes, tatuado en el habla cotidiana.
No había comida, pero había patria. No había luz, pero había soberanía.
No había futuro, pero había historia. El chavismo heredó de Bolívar no sólo el nombre, sino la lógica: la idea de que todo lo que se destruye en nombre de la revolución está, de antemano, justificado.
Y de ese modo, el Buen Revolucionario, nacido como mito compensatorio, culminó como pesadilla institucional.
La redención prometida se convirtió en dictadura permanente.
La venganza histórica, en ruina perpetua.
Y el pueblo, siempre víctima, siempre inocente, terminó reducido a masa manipulada por un Estado que ya no le pide lealtad, sino devoción.
La pregunta no es por qué aparece el Buen Revolucionario, sino por qué lo aceptamos.
Por qué lo necesitamos. Por qué, una y otra vez, volvemos a depositar nuestra esperanza en una figura que promete redención a través del odio, justicia a través de la destrucción, y grandeza a través del exterminio simbólico del pasado.
¿Qué hay en el alma venezolana —y más ampliamente, hispanoamericana— que responde tan dócilmente a ese llamado?
La respuesta es incómoda: una profunda herida de identidad que nunca ha cicatrizado.
Una escisión originaria. Desde la ruptura con España, el venezolano no sabe quién es.
No sabe si es hijo de Europa o bastardo de América.
No sabe si reniega de sus abuelos o los idealiza.
No sabe si quiere parecerse a París o a Macondo.
No sabe si su historia es una tragedia impuesta o un fracaso autoinfligido.
Esa ambigüedad, ese desgarramiento interior, ese odio a la madre mezclado con culpa, ha generado una personalidad nacional frágil, inmadura, volátil.
Y en ese vacío, el Buen Revolucionario entra como ídolo terapéutico.
Porque el Buen Revolucionario no sólo promete justicia: promete sentido.
Viene a decirnos que no hemos fracasado porque seamos incapaces, corruptos o ignorantes, sino porque fuimos traicionados.
Nos absuelve. Nos limpia de responsabilidad.
Nos ofrece una identidad basada no en la obra, sino en la herida.
En vez de exigirnos madurez, nos acaricia el trauma.
Nos repite que el mundo nos debe algo. Que la historia nos fue robada.
Que nuestra violencia es legítima. Que nuestras ruinas son prueba de nobleza.
Y esa narrativa es adictiva. Es narcótica.
Es mucho más fácil que asumir que hemos fallado como nación, que hemos destruido lo que recibimos, que hemos celebrado tiranos, que hemos exiliado a nuestros mejores, que hemos premiado la mediocridad.
El Buen Revolucionario nos salva del espejo.
Nos da un relato donde somos víctimas heroicas y no cómplices silenciosos.
Y eso, para un país sin tradición de autocrítica, es irresistible.
Pero hay algo más: el Buen Revolucionario también satisface una pulsión oscura del alma nacional.
La pulsión de castigar. No sólo al pasado, sino al otro.
Al diferente. Al que piensa distinto. Al que prospera.
Al que no se humilla. El resentimiento, cuando se institucionaliza, necesita enemigos constantes.
Y el venezolano, educado en la emocionalidad, en la gratuidad verbal, en la estética del grito, ha sido adiestrado para responder con ira a todo lo que lo desborde.
Así se destruyen instituciones, se persigue al mérito, se expulsa a la inteligencia.
Así se celebra al charlatán y se crucifica al sabio. Así se hunde un país.
El Buen Revolucionario es entonces más que un fenómeno político: es un espejo deformante del alma nacional.
Nos muestra no lo que somos, sino lo que hemos llegado a tolerar.
Nos revela la profundidad de nuestra necesidad de consuelo, aunque venga envuelto en mentira.
Y nos confronta con una verdad insoportable: que quizás el mito nos gusta más que la realidad, porque el mito nos permite no cambiar.
No hay salida del infierno mientras sigamos creyendo que fuimos arrojados a él por otros.
Mientras el venezolano no rompa con esa autoimagen de víctima sagrada —nutrida por siglos de ideología, resentimiento y pedagogía del fracaso—, el Buen Revolucionario seguirá reapareciendo, cambiando de acento, de bandera y de consigna, pero idéntico en su esencia.
Es un fantasma que sólo puede ser exorcizado con verdad, y la verdad no consuela: hiere, humilla, exige.
La única revolución que el país necesita es contra su propia mentira fundacional.
Contra la idolatría de un héroe fabricado.
Contra la religión política que convierte en mártir al victimario, y en virtud al resentimiento.
Contra la idea de que la historia nos debe algo.
La historia no le debe nada a nadie. Lo que fuimos, lo que somos, es en buena parte resultado de lo que hicimos —y de lo que dejamos hacer.
No hay redención posible sin asumir eso.
El Buen Revolucionario debe ser desmontado no sólo en los libros, sino en el corazón del venezolano.
Y para eso hace falta matar al ídolo. No a Bolívar, el hombre, sino al Bolívar multiplicado, omnipresente, litúrgico, utilizado como coartada para la servidumbre voluntaria. Hace falta asesinar simbólicamente al Buen Revolucionario para que pueda nacer, si es posible, el ciudadano libre .
Quizás sea una tarea para generaciones. Tal vez requiera una ruptura profunda con todo lo que hemos llamado «historia patria».
Tal vez implique renunciar a ciertas ficciones que nos han dado sentido, aunque sea falso.
Pero sin ese acto radical de honestidad, todo seguirá girando en círculo: el prócer se hará mito, el mito se hará consigna, la consigna se hará dictadura.
Y el pueblo, hambriento, dividido, humillado, volverá a aplaudir al próximo redentor.
Basta ya.
Es hora de dejar de buscar redención. Y empezar a exigir verdad.