Capítulo XI #2
De allí que la invención de una nueva historia se volviera tarea urgente.
Había que suplir con propaganda lo que no podía sostenerse con instituciones.
Y en ese proceso, la exaltación de Bolívar pasó a ser el punto de anclaje de toda la memoria colectiva.
Se reescribieron los hechos, se ocultaron las masacres, se tergiversaron los motivos, se adulteraron los documentos.
La gesta independentista, en realidad compleja, desgarradora y contradictoria, fue presentada como una epopeya de claridad moral inmaculada.
Y en ese escenario, la Leyenda Negra servía como marco legitimador perfecto: cuanto más bárbaro y opresor se mostrara al Imperio español, más justificada quedaba la insurrección, y más divino parecía el caudillo que la encabezó.
Como explica María Elvira Roca Barea en Imperiofobia y leyenda negra , la Leyenda Negra no fue simplemente un relato antiespañol: fue una construcción sistemática sostenida por enemigos políticos de España (como el protestantismo anglosajón y la Francia ilustrada) con el fin de debilitar su hegemonía.
Esta narrativa tomó cuerpo en panfletos, novelas, manuales escolares y discursos públicos, y se convirtió en sentido común histórico.
Fue tan efectiva que los propios hispanoamericanos la hicieron suya, sin advertir que al repetirla estaban destruyendo su propio linaje.
La leyenda no sólo insultaba a España: insultaba a sus hijos.
A los criollos, a los mestizos, a los indios, a los negros que formaban parte de ese imperio y que habían crecido, se habían mezclado, alfabetizado, santificado y prosperado en su seno.
La psique venezolana sufrió, por tanto, una fractura irreversible: por un lado, se le dijo que venía de un sistema inhumano del que debía avergonzarse; por otro, se le impuso como identidad gloriosa la figura de un héroe que lo redimía.
Pero ese héroe, Bolívar, fue en realidad un destructor: de instituciones, de ciudades, de pueblos enteros.
Su ambición y su resentimiento, como documenta Salvador de Madariaga en su biografía monumental, lo llevaron a aplicar políticas de exterminio, de saqueo, de confiscación de bienes sin juicio previo, de manipulación constante de los hechos.
Madariaga cita cartas enteras de Bolívar donde justifica la mentira como instrumento político, donde se jacta de manipular para obtener obediencia, donde admite su desprecio por los mismos pueblos que dice libertar.
Esta contradicción entre el mito y la realidad produce en el venezolano una doble alienación: desconoce su historia y, al mismo tiempo, idolatra su propia desgracia.
Vive sometido a una figura patriarcal que, en nombre de la libertad, lo condenó a la violencia perpetua.
Y en vez de rebelarse contra ese padre mítico, lo venera.
Por eso el culto a Bolívar no es político, sino casi religioso.
Porque llena el vacío de una identidad rota.
Es la respuesta emocional a una ruptura mal elaborada.
En vez de sanar la fractura con la verdad, se la cubre con incienso.
Pero esta idolatría es, en el fondo, autodestructiva.
Porque al asumir la figura de Bolívar como perfecta, se justifica todo lo demás: la violencia, el caudillismo, la arbitrariedad, el populismo, el personalismo mesiánico.
El venezolano se acostumbra a esperar la salvación de un solo hombre, porque así le enseñaron que nació su nación.
Toda su memoria política está tejida sobre esa escena originaria.
De allí que cada líder posterior se presente como el heredero legítimo de Bolívar: desde Guzmán Blanco hasta Chávez.
Todos se proclaman sus hijos. Todos buscan, no gobernar como ciudadanos, sino encarnar al padre.
Por eso, desmontar el artificio bolivariano no es una cuestión anecdótica, ni meramente historiográfica.
Es una necesidad clínica. Es un paso imprescindible para sanar una identidad enferma, para reintegrar a Venezuela en su verdadera tradición: la hispánica, la católica, la barroca, la legalista, la integradora.
No para volver atrás, sino para volver a ser.
Para recordar que no nacimos en la guerra ni en el odio, sino en el crisol de una civilización mestiza y generosa, imperfecta como todas, pero capaz de engendrar belleza, dignidad y comunidad.
Y que lo que necesitamos no es más épica, sino más verdad.
No hay mayor tragedia para un pueblo que creer en un mito que lo ha destruido.
Y no hay mito más eficaz que el que logra volverse invisible.
En Venezuela, Bolívar es precisamente eso: una presencia ineludible que opera como dogma, como consigna y como consuelo.
Su retrato preside todas las oficinas públicas, su nombre bautiza la moneda, la república, las autopistas, los cuarteles, los aeropuertos.
Su figura es omnipresente no por devoción auténtica, sino porque su ausencia produciría vértigo.
Porque si Bolívar no fue lo que nos contaron, ¿qué somos entonces?
Pero incluso antes de sus excesos bélicos, Bolívar había dado muestras de un carácter volátil y manipulador.
En Memoirs of Simon Bolivar and His Principal Generals , escritas por Henri Ducoudray Holstein —militar francés que sirvió en la causa bolivariana como Subjefe del Estado Mayor general y Mayor General Interino— se recogen detalles interesantes que desmienten por completo el perfil del héroe estoico que proyecta la tradición oficial.
«Su apariencia externa era vistosa, y prestaba mucha atención al vestido y al desfile.
Durante la campaña, parecía a menudo más interesado en lucirse que en dirigir seriamente las operaciones militares» (volumen 1, p.
283). «Le gustaba tener a su alrededor una especie de corte, y mostraba más gusto por el lujo y el desfile que lo que era apropiado para el jefe de un ejército republicano empeñado en una lucha desesperada» (volumen 1, p. 241).
Estos signos inequívocos de megalomanía son dignos de contrastarse con otros retratos psicológicos que encontramos en ciertos documentos.
Madariaga, por ejemplo, recoge cartas donde Bolívar admite padecer episodios de pérdida de razón: «me suelen dar de cuando en cuando unos ataques de demencia aun cuando estoy bueno que pierdo enteramente la razón sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad o de dolor» (carta a Santander, 7 de enero de 1824).
Tal confesión, en cualquier otro contexto, sería analizada como signo preocupante de desequilibrio.
Pero en el relato bolivariano es pasada por alto.
Se prefiere hablar del visionario, del caudillo romántico, del mártir de la patria.
La patria. Esa palabra tan sobada y tan vaciada.
En nombre de la patria se destruyó el único orden legal que conocíamos.
En nombre de la patria se expropiaron bienes, se ejecutaron civiles, se arrasaron pueblos enteros.
Y en nombre de esa misma patria, el pueblo venezolano aprendió a odiar su propia historia.
La clave del éxito de la Leyenda Negra fue su capacidad de convertirse en pedagogía: los propios descendientes de quienes la padecieron, una vez colonizados culturalmente, llegaron a repetirla con pasión.
En Venezuela esto alcanzó niveles grotescos.
Se celebran fechas patrias cuya consecuencia inmediata fue la ruina del país.
Se erigen estatuas a líderes que impusieron dictaduras vitalicias.
Se glorifica una independencia que trajo guerra, hambre y deuda externa.
El resultado de este largo proceso de enajenación histórica es un pueblo que no se reconoce a sí mismo, que rechaza su origen y que ha sustituido su memoria real por una mitología infantil.
El venezolano ha sido enseñado a considerar su pasado hispánico como una época oscura, y su presente republicano como un amanecer prometido.
Pero ese amanecer no llega nunca. Porque se edificó sobre la negación.
No se puede construir identidad sobre la amputación de la raíz.
Aquí radica la crisis del venezolano: en haber sido expropiado de su verdad.
Su drama no es sólo político o económico, es espiritual.
Es el drama de quien se siente bastardo y necesita inventar una genealogía gloriosa para no hundirse en el desprecio de sí mismo.
Por eso Bolívar fue convertido en mito: porque ofrecía una narrativa de redención a un pueblo al que primero se le hizo creer que era esclavo.
Y ese mito es, en el fondo, el obstáculo mayor para su maduración.
Mientras el venezolano no desmitifique a su falso padre, no podrá reconciliarse con su linaje.
No podrá ver a España como su matriz civilizatoria, ni a la hispanidad como su hogar natural.
Y seguirá buscando salvadores, seguirá aclamando caudillos, seguirá esperando que un nuevo Bolívar lo libere, esta vez de la miseria en la que lo sumió el anterior.