CAPÍTULO 96
LA PUERTA NÚMERO SETENTA Y UNO
LEO
Para el setenta y un aniversario no organizamos nada grande. Los setenta habían sido suficientes.
Vera y yo construimos una puerta pequeña con madera recuperada del ala este. No abre una habitación. Se instala en el sendero hacia el lago, sin muro alrededor. Óscar talla una frase: «Cruzar no obliga a quedarse».
Candela dice que los huéspedes querrán fotografiarla. Vera propone incluir mantenimiento y control de tránsito. Yo propongo dejar que exista una semana antes de monetizarla.
—Estás irreconocible —dice.
La inauguramos solos al amanecer. Pasamos por debajo tomados de la mano. Del otro lado hay el mismo bosque.
—Esperaba transformación —bromea Vera.
—Has cambiado de lado.
—Técnicamente.
La puerta se convierte en parte de la ruta. Algunas parejas hacen promesas. Algunos niños corren de un lado a otro. Un huésped deja una nota: «He cruzado para volver a mí».
No cobramos por atravesarla. Forma parte del precio de la ruta, como el bosque sigue siendo gratis.
Una tarde, un vendaval la derriba. Mi impulso es repararla esa noche. Saúl ha acordonado, Óscar vendrá mañana y no hay peligro.
—Puede esperar —digo.
Vera me toca la frente.
—¿Fiebre?
—Madurez.
Al día siguiente la levantamos entre cuatro. Añadimos anclajes y conservamos una marca del golpe.
La puerta número setenta y uno no protege nada del clima. No encierra, no garantiza, no impide que el sendero continúe alrededor.
Solo invita a reconocer el momento de cruzar.
En Nochebuena, Vera y yo pasamos bajo ella al final de la fila. Llevamos faroles apagados porque hay luna llena.
—¿Volverías a hacerlo? —pregunta.
—¿El hotel, la consultora, la boda o la puerta?
—Todo.
—No igual.
—Buena respuesta.
—¿Tú?
—También cambiaría cosas.
—¿Los zapatos?
—Sobre todo al hombre que los enmarcó.
Me besa bajo una puerta sin muérdago.
No necesitamos la tradición para saber qué hacer.