El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 93
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CAPÍTULO 93

LA ÚLTIMA APERTURA DE MARINA

VERA

Mi madre inaugura su último hotel en primavera.

Está en Atenas y no le pertenece. Ha aceptado cerrar el proyecto porque lo empezó antes de decidir reducir viajes. Teresa y yo acudimos. Leo llega un día después desde Bilbao.

Marina dirige la apertura con la seguridad que recuerdo: recorre pasillos, detecta fallos, calma propietarios y sabe el nombre de cada jefe de área. Por primera vez la observo sin ser la niña que espera a que termine.

—Eres buena —le digo al final del primer día.

—Lo era más a tu edad.

—Eras más rápida. No es lo mismo.

Sonríe. Cenamos las tres en una mesa del restaurante antes de abrir. Mi madre admite que está asustada por volver a Valencia sin el próximo proyecto preparado.

—Puedes asesorar pocas aperturas —propongo—. O enseñar. O no decidir aún.

—¿Tienes un puesto para mí?

—No voy a contratarte para arreglar nuestra relación.

—Buena respuesta.

Teresa propone que organice un programa de hospitalidad con la librería: viajes culturales cortos, sin mudanzas. Marina se entusiasma y empieza a hacer una lista. Le quitamos el cuaderno hasta después del postre.

Leo llega con una caja de herramientas que no necesitábamos. Mi madre le enseña instalaciones. Hablan durante horas de aperturas, energía y lo difícil que resulta irse cuando todo empieza a funcionar.

—Yo siempre sabía irme —dice ella.

—Yo no sabía —responde él.

—Vera encontró un punto medio antes que nosotros.

—Vera inventó un calendario y nos obligó a cumplirlo.

Los escucho desde la puerta. Durante años pensé que mi madre y Leo representaban extremos incompatibles. Ahora comparten una mesa y reconocen en el otro el coste de su elección.

La noche de apertura, el hotel está lleno. Marina entrega llaves a la nueva directora y no revisa recepción después de medianoche. Subimos a la azotea con copas.

—¿Y ahora? —pregunto.

—Vuelvo a casa —dice.

No significa para siempre. Significa el vuelo de mañana y un piso donde Teresa ha dejado plantas.

La última apertura de Marina no cierra su historia profesional. Cierra una forma de utilizar el siguiente hotel para no preguntarse dónde quiere vivir.

En el avión, mi madre duerme. Yo miro la ruta en pantalla. Leo toma mi mano.

Los tres regresamos a lugares distintos que ya sabemos llamar casa.