El hombre que no debía amar Capítulo 16 — Sin esconderse #4
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Capítulo 16 — Sin esconderse #4

No estamos hablando de mi pelo.

Yo sí. Porque alguien tiene que cuidar tu marca personal.

Daniel guardó el móvil.

Alexander iba a su lado, mirando por la ventana. No habían hablado mucho desde que salieron. Claire iba delante otra vez. La ciudad todavía quedaba lejos.

—¿Te arrepientes? —preguntó Daniel.

Alexander volvió hacia él.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado inmediata quizá, pero Daniel decidió creerla por esa vez.

—¿Tú? —preguntó Alexander.

Daniel miró sus manos, todavía unidas sobre el asiento.

Pensó en su madre. En Mateo. En Thomas. En Eric. En las puertas laterales. En la oferta de dinero. En el comedor antiguo. En Charles saliendo por una puerta lateral mientras ellos atravesaban la principal.

—No —dijo.

Alexander exhaló despacio.

—Me alegro.

—Pero tengo miedo.

—Yo también.

Daniel sonrió apenas.

—Somos un desastre bastante coherente.

—Eso podría ser nuestro lema.

—No lo ponga en ningún comunicado.

Alexander rió.

Después el silencio volvió, pero esta vez no necesitaba defenderse.

Al llegar al Whitmore Grand, el hotel estaba iluminado contra la noche.

Los periodistas allí eran menos numerosos, pero seguían esperando. La foto del Harbor ya circulaba; el aire alrededor del edificio tenía esa electricidad de las historias que aún no han decidido cómo serán contadas.

El coche se detuvo frente a la entrada.

Daniel miró los escalones.

Alexander siguió su mirada.

—Puerta principal —dijo.

Daniel respiró hondo.

—Puerta principal.

Bajaron juntos.

No se dieron la mano esta vez.

No hacía falta repetir el gesto hasta convertirlo en espectáculo.

Pero caminaron uno al lado del otro, sin distancia de seguridad, sin fingir que apenas coincidían por trabajo.

Al entrar en el vestíbulo, varios empleados levantaron la vista.

El botones joven del día anterior sonrió.

La recepcionista también.

Una camarera que Daniel había visto en el comedor antiguo murmuró algo a su compañera y las dos siguieron trabajando con una especie de alegría discreta.

No hubo aplausos.

Gracias a Dios.

Daniel no habría soportado aplausos.

Pero sí hubo algo.

Una forma distinta de mirar.

Menos miedo.

Más aire.

Alexander lo notó.

Daniel lo vio en su rostro.

—Esto es raro —dijo Alexander en voz baja.

—Sí.

—¿Siempre?

—A veces. Luego se vuelve normal.

Alexander miró el vestíbulo.

—Normal suena bien.

—Normal suena mejor de lo que la gente cree.

Caminaron hacia el comedor antiguo.

El lugar estaba vacío. Las luces bajas, los planos sobre la mesa, la tarima esperando. Después de la prensa, del Harbor, de Charles, aquel comedor parecía una habitación donde podían volver a ser personas en lugar de titulares.

Daniel dejó la mochila en una silla.

Alexander se quedó junto a la puerta.

—No voy a quedarme mucho —dijo.

Daniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque estoy agotado. Porque tú también. Porque si me quedo, quizá quiera besarte, y hoy no quiero convertir el alivio en otra forma de correr.

Daniel sintió una ternura incómoda.

—Está peligrosamente sensato.

—Me preocupa también.

Daniel caminó hacia él.

—Un beso no siempre es correr.

Alexander sostuvo su mirada.

—No.

—A veces es llegar.

El silencio que siguió fue breve.

Alexander dio un paso.

Daniel también.

Se besaron en el comedor antiguo, junto a la puerta abierta, con las luces bajas y el hotel moviéndose al otro lado.

No fue un beso escondido.

Tampoco exhibido.

Fue un beso tranquilo.

Cansado.

Un beso sin hambre de demostrar nada.

Cuando se separaron, Alexander apoyó la frente contra la de Daniel.

—Quiero hacerlo bien —susurró.

Daniel cerró los ojos.

—Entonces no lo convierta en una obsesión. Solo esté.

Alexander respiró.

—Estoy.

Daniel le creyó.

No para siempre.

No sin condiciones.

No como se cree en los finales.

Le creyó esa noche.

Y, por primera vez, eso le pareció suficiente.

En el otro extremo de la ciudad, Charles Whitmore entró en su apartamento privado sin encender las luces.

El eco de la rueda de prensa seguía en su teléfono, en los mensajes, en las llamadas no respondidas. Evelyn lo había humillado con educación perfecta. Margaret lo había desarmado con procedimiento. Alexander le había arrebatado el relato.

Y Daniel Reyes, aquel diseñador que debería haber aceptado el dinero y marcharse agradecido, había salido del Harbor cogido de la mano de su hijo como si Charles no hubiera existido nunca.

Eso fue lo que más le dolió.

No el escándalo.

No los titulares.

La irrelevancia.

Charles dejó el abrigo sobre una silla.

En la mesa del salón había una fotografía antigua de Eleanor. La había guardado allí durante años no por amor, se decía, sino por costumbre. Ella sonreía en el comedor del Grand, una mano sobre el piano, los ojos fuera de plano.

Charles la miró largo rato.

—Ganaste —dijo en voz baja.

La habitación no respondió.

Por primera vez en mucho tiempo, Charles Whitmore no supo cuál era el siguiente movimiento.

Y en el Whitmore Grand, dentro del comedor antiguo, Alexander besaba a Daniel como si por fin hubiera entendido que no todas las batallas se ganaban derrotando a alguien.

Algunas se ganaban dejando de soltar la mano.