Capítulo 16 — Sin esconderse #3
—Esta será mi última declaración pública sobre mi vida privada. Quienes quieran convertirla en espectáculo tendrán que hacerlo sin mi colaboración. Quienes quieran evaluar mi trabajo, tendrán documentos, resultados y decisiones que revisar. Y quienes trabajan para este grupo merecen saber que su lugar no dependerá de encajar en una imagen antigua de respetabilidad.
Terminó.
No hubo aplausos.
No era ese tipo de sala.
Hubo algo mejor.
Silencio.
Un silencio en el que la versión de Charles ya no podía ocuparlo todo.
Luego estallaron las preguntas.
Claire apareció junto a Alexander y empezó a organizar la salida. Margaret se quedó hablando con dos periodistas especializados en negocios, dándoles suficientes datos fríos para que la historia no pudiera reducirse a drama familiar. Evelyn cruzó el salón hacia Daniel.
—Necesito una copa —dijo.
Daniel la miró.
—Estamos en una rueda de prensa.
—Por eso.
Él casi sonrió.
—Ha estado magnífica.
—Lo sé.
Daniel soltó una risa baja.
Evelyn lo observó con una seriedad repentina.
—Tú también.
—Yo no he hecho nada.
—Has estado.
La palabra le llegó de vuelta como un eco.
Daniel miró hacia Alexander.
Estaba respondiendo a una última pregunta, con Claire a su lado. Parecía agotado. Pero no roto.
—A veces eso es lo más difícil —añadió Evelyn.
Daniel no contestó.
Porque era verdad.
Cuando todo terminó, Charles salió por una puerta lateral.
Nadie lo detuvo.
Nadie lo siguió al principio.
Eso quizá fue lo peor para él.
Durante años había sido el centro natural de cualquier habitación. Ahora el relato se había quedado en el salón sin necesitarlo.
Alexander lo vio marcharse.
No lo siguió.
Daniel sí lo vio mirar hacia la puerta.
—¿Vas a ir? —preguntó cuando se acercó.
Alexander no fingió no entender.
—No.
—¿Seguro?
—Si voy ahora, volveremos a tener una conversación donde él decide el terreno, el tono y la herida.
Daniel asintió.
—Bien.
Alexander lo miró.
—¿Tú estás bien?
Daniel soltó una risa breve.
—Estoy empezando a odiar esa pregunta.
—Respuesta justa.
—No estoy mal.
—Eso no es lo mismo.
—No.
El salón empezaba a vaciarse. Algunos periodistas seguían hablando con Margaret. Evelyn había desaparecido en dirección al bar, probablemente en busca de esa copa. Claire hablaba por teléfono con la concentración de una mujer que estaba salvando seis incendios simultáneos.
Alexander y Daniel quedaron junto a un ventanal.
El Atlántico brillaba detrás.
El mismo mar que la noche de la tormenta había parecido imposible de controlar.
—Has venido —dijo Alexander.
Daniel lo miró.
—Me lo pediste.
—Podrías haber dicho que no.
—Sí.
—Pero viniste.
—Sí.
Alexander bajó la vista.
—No quiero convertir cada gesto tuyo en una deuda.
—Entonces no lo hagas.
Él sonrió apenas.
—Estoy intentando aprender a no hacer muchas cosas.
Daniel miró hacia el salón casi vacío.
—Hoy ha sido importante.
—También ha sido agotador.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Alexander se apoyó en el cristal con una mano.
—Cuando Evelyn habló, pensé que quizá no tenía que pelear solo.
Daniel lo observó.
—No tiene que pelear solo.
Alexander volvió hacia él.
—Pero tampoco quiero que pelees por mí todo el tiempo.
—No he venido a pelear por usted.
—¿No?
Daniel negó.
—He venido porque quiero saber quién es cuando deja de pedir permiso.
La frase quedó entre ellos.
Alexander respiró despacio.
—¿Y?
Daniel lo miró.
No al heredero.
No al hombre del vídeo.
No al hijo de Charles.
Al hombre que había ido al atril sin negar a Thomas, sin esconder a Daniel, sin usar a Evelyn, sin pedir indulgencia por ser quien era.
—Me gusta más —dijo.
Alexander cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había una vulnerabilidad sencilla en ellos.
—Daniel.
—No se emocione demasiado. Sigue siendo insoportablemente rico.
Alexander soltó una risa.
Una risa de verdad.
Cansada, sí.
Pero libre en los bordes.
Daniel sintió que esa risa podía volverse peligrosa para su prudencia.
—Tengo que volver al Grand —dijo.
—Yo también.
—Tenemos trabajo.
—Mucho.
Ninguno se movió.
El sol empezaba a bajar sobre el mar. La luz entraba oblicua por los ventanales, convirtiendo el salón artificialmente perfecto del Harbor en algo casi hermoso. Daniel pensó que incluso los lugares equivocados podían tener un momento de verdad si uno estaba dispuesto a mirar.
Alexander extendió la mano.
No para estrecharla.
No como gesto profesional.
La dejó entre ambos.
Una pregunta.
Daniel pensó en las cámaras que quizá todavía quedaban. En los empleados. En las miradas. En los titulares posibles. En Mateo diciéndole que una mano no era un contrato de pareja, pero sí un buen comienzo si nadie la soltaba cuando entraban otros.
Tomó la mano de Alexander.
Los dedos se entrelazaron.
Nadie gritó.
Una cámara, en algún lugar, hizo clic.
Daniel la oyó.
Alexander también.
Durante un segundo, el viejo reflejo pasó por su cuerpo. Daniel lo sintió en la tensión mínima de sus dedos.
Pero Alexander no soltó.
Al contrario.
Apretó apenas su mano.
No como posesión.
Como decisión.
Daniel miró hacia delante.
—Esa foto va a salir.
—Sí.
—No somos una pareja oficialmente.
—No.
—Esto va a complicarlo todo.
—Probablemente.
Daniel respiró hondo.
—Podría soltarme.
Alexander giró hacia él.
—No quiero.
Daniel sintió que algo se le rompía un poco.
No de dolor.
De alivio.
—Bien —dijo.
Caminaron hacia la salida del salón de eventos con las manos unidas.
No rápido.
No teatralmente.
No como una escena preparada.
Solo dos hombres atravesando un lugar lleno de restos de estrategia, cámaras, poder y miedo, negándose a devolver la verdad al bolsillo.
En la entrada, Evelyn los esperaba con una copa en la mano.
—Por fin —dijo—. Estaba empezando a pensar que tendría que empujaros físicamente hacia una vida digna.
Daniel levantó una ceja.
—Ruth ya hizo una versión de eso.
—Ruth y yo tenemos métodos distintos pero objetivos comunes.
Alexander negó con la cabeza, aunque sonreía.
Claire apareció detrás de Evelyn.
—El coche está listo. La prensa sigue fuera, pero seguridad abrirá paso.
Daniel sintió que Alexander miraba su mano.
—Podemos soltarnos antes de salir —dijo Daniel.
No era una prueba.
O quizá sí.
Alexander sostuvo sus dedos.
—Podemos.
Silencio.
—Pero no voy a hacerlo.
Daniel no respondió.
No hacía falta.
Salieron.
Los flashes estallaron de inmediato.
Más fuertes que al entrar.
—¡Alexander! ¿Confirma su relación con Daniel Reyes?
—¡Daniel! ¿Son pareja?
—¿Es esta la respuesta a Charles Whitmore?
Alexander siguió caminando.
Daniel también.
Ninguno contestó.
Porque no les pertenecían las preguntas.
No todavía.
Quizá nunca de esa forma.
Pero la mano seguía allí.
Y a veces el silencio, cuando ya no escondía, podía ser una respuesta suficiente.
Esa noche, la foto apareció en todas partes.
Alexander Whitmore y Daniel Reyes saliendo del Whitmore Harbor cogidos de la mano después de la rueda de prensa de Charles Whitmore.
Algunos titulares fueron insoportables.
Otros sorprendentemente decentes.
Mateo envió uno con tres signos de exclamación:
OS HAN PILLADO DE LA MANO Y TU PELO ESTÁ BIEN. MILAGRO DOBLE.
Daniel respondió desde el coche: