Capítulo 7 — El primer error #3
Daniel lo besó con rabia, con deseo, con todo lo que había intentado mantener ordenado desde la primera vez que lo vio en el salón Astor. Lo besó como se besa a alguien que no debería gustarte tanto. Como se besa a un hombre que puede hacerte daño precisamente porque, por un segundo, parece capaz de no hacerlo.
Alexander respondió con una intensidad contenida que a Daniel le deshizo algo por dentro. No lo empujó. No tomó más de lo que se le daba. Pero su mano descendió hasta la cintura de Daniel y se quedó allí, firme, temblando apenas, como si ese lugar fuera a la vez un permiso y una promesa.
Un ruido al fondo del pasillo los separó.
No bruscamente.
No del todo.
Alexander apoyó la frente contra la de Daniel durante una fracción de segundo.
Los dos respiraban demasiado rápido.
El mundo volvió en capas: el hotel, la luz del pasillo, las voces lejanas, el riesgo.
Daniel fue el primero en apartarse.
Se llevó los dedos a la boca, como si pudiera borrar o comprobar lo que acababa de pasar.
Alexander lo miraba con una mezcla de deseo y terror que habría sido devastadora en otra vida.
—Daniel…
—No.
La palabra salió rota.
Alexander bajó la mano al instante.
—Lo siento.
—No diga eso.
—No quería…
—Sí quería.
Alexander cerró la boca.
Daniel respiró hondo y se obligó a recuperar el suelo bajo los pies.
—Y yo también.
Aquello pareció dolerles a los dos.
Alexander dio un paso atrás, aunque Daniel vio lo que le costaba.
—No debería haberlo hecho aquí.
—No debería haberlo hecho si mañana va a fingir que no pasó.
—No voy a fingirlo.
Daniel sostuvo su mirada.
—No lo sabe.
Alexander quiso responder.
No pudo.
Y ese silencio fue más honesto que cualquier promesa.
Daniel asintió, tragándose algo que se parecía demasiado a la decepción aunque no tenía derecho a existir tan pronto.
—Por eso esto ha sido un error.
Alexander palideció.
—¿Un error?
Daniel sintió el golpe de esa palabra rebotando entre ambos.
Quiso retirarla.
No lo hizo.
—Sí —dijo—. El primer error.
Alexander bajó la vista.
—¿Y el segundo?
Daniel se permitió mirarlo una última vez. La boca de Alexander estaba ligeramente enrojecida. La corbata, un poco torcida. Por fin, pensó Daniel con una tristeza absurda. Por fin algo en él parecía desordenado.
—Querer repetirlo.
Se dio la vuelta y caminó hacia el comedor antiguo.
Cada paso le costó más que el anterior.
No miró atrás.
Si lo hacía, sabía que volvería.
Y no podía volver a un hombre que todavía no sabía si sería capaz de quedarse.
Alexander permaneció en el pasillo hasta que Daniel desapareció.
Se tocó la boca con los dedos, no como un adolescente sorprendido por su primer beso, sino como un hombre que acababa de descubrir que había vivido años sin saber exactamente qué le faltaba.
Después oyó una voz a su espalda.
—Bueno.
Alexander se giró.
Evelyn Marsh estaba al fondo del pasillo, junto a la puerta lateral del salón Morgan. No parecía escandalizada. No parecía sorprendida. Llevaba la carpeta contra el pecho y una expresión tranquila, casi triste.
Alexander sintió que el corazón le caía al estómago.
—Evelyn.
Ella se acercó despacio.
—Tranquilo. No soy tu padre.
Alexander cerró los ojos un instante.
—¿Cuánto has visto?
—Lo suficiente para saber que no era un gesto político.
Él soltó una risa amarga.
—Eso no lo hace menos complicado.
—No. Pero lo hace más difícil de despreciar.
Alexander se apoyó en la pared.
Durante un segundo, se permitió parecer cansado delante de alguien que conocía casi toda su vida y, aun así, no tenía poder sobre él del modo en que lo tenía Charles.
—No sé qué estoy haciendo —dijo.
—Eso ya se nota.
Alexander la miró.
Evelyn suavizó la voz.
—Pero por una vez parece que no estás haciendo solo lo que tu padre espera.
Él tragó saliva.
—Puedo arruinarle la carrera.
—A Daniel.
Oír su nombre en boca de Evelyn lo devolvió al centro del problema.
—Sí.
—Entonces no lo hagas.
—No es tan simple.
—Claro que no. Las cosas importantes casi nunca lo son. Pero algunas partes sí son simples.
Evelyn se acercó un poco más.
—No lo conviertas en tu secreto. No lo conviertas en tu rebelión. No lo uses para demostrar que no eres Charles. Si lo quieres, aunque sea un poco, empieza por no hacerle pagar el precio de que tú hayas tardado tanto en ser honesto.
Alexander sintió que la frase lo golpeaba en el mismo lugar donde Daniel había puesto el dedo desde el principio.
—¿Y si no sé cómo?
Evelyn lo miró con una ternura que no intentó disimular.
—Aprende antes de tocarlo otra vez.
Dicho eso, le entregó la carpeta.
—He revisado la propuesta. Es excelente. La Fundación Marsh puede apoyar la recuperación del comedor como espacio cultural, siempre que la autoría del estudio Reyes quede clara y que el programa no se convierta en otra vitrina para millonarios aburridos.
Alexander tomó la carpeta.
—Gracias.
—No me lo agradezcas todavía. Tu padre va a odiarlo.
—Mi padre odia muchas cosas.
Evelyn sonrió un poco.
—Últimamente tú estás subiendo puestos en la lista.
Alexander miró hacia el pasillo por donde Daniel se había marchado.
—Bien.
Evelyn siguió su mirada.
—Alexander.
Él volvió a ella.
—Esta noche hay una recepción privada en el museo Adler. Tu padre quiere que vayamos juntos.
—No.
—Lo sé. Pero va a insistir. Habrá fotógrafos.
Alexander sintió el viejo cansancio.
Ese mecanismo de siempre: evento, imagen, rumor controlado, sonrisa correcta.
—No iré.
—Eso también será una declaración.
—Entonces que lo sea.
Evelyn lo observó un momento.
—Hay otra opción.
—¿Cuál?
—Ir. Pero no conmigo.
Alexander la miró.
El silencio que siguió fue distinto.
No imposible.
Pero casi.
—No puedo pedirle eso a Daniel.
—No he dicho que se lo pidas.
Evelyn acomodó la carpeta contra su pecho.
—He dicho que hay otra opción.
Se marchó sin añadir más.
Alexander se quedó solo en el pasillo, con la propuesta en una mano y el recuerdo del beso todavía ardiéndole en la boca.
En el comedor antiguo, Daniel intentaba trabajar.
No lo consiguió.
Movió papeles, revisó presupuestos, corrigió una línea de la memoria conceptual y fingió durante veinte minutos que era posible continuar como si su cuerpo no siguiera recordando la mano de Alexander en su cintura.
Se sentó al borde de la tarima donde había estado el piano de Eleanor Whitmore y se cubrió la cara con las manos.
—Idiota —murmuró.
El móvil vibró.
Mateo.
Daniel no contestó.
El móvil volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje.
No sé qué ha pasado, pero acabo de sentir una perturbación homosexual en la fuerza.
Daniel soltó una risa involuntaria que se le rompió a mitad de camino.
Escribió:
Lo he besado.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Voy para allá con una pala y sentido común.
Daniel escribió:
No vengas.
Mateo respondió:
Entonces ven tú. Ahora.
Daniel miró hacia la puerta.
Parte de él quería irse. Salir del hotel. Cruzar la ciudad. Sentarse en el café de Mateo hasta que el beso dejara de parecer una promesa y volviera a ser solo un error.
Pero otra parte, la más estúpida, la más honesta, quería quedarse.
No por el contrato.
No solo por el hotel.
Por Alexander.
Y eso era exactamente lo que lo asustaba.
Antes de que pudiera responder, Claire entró en el comedor.
—Daniel.
Él guardó el teléfono.
—¿Sí?
Claire parecía incómoda.
—Hay algo que debería ver.
Le tendió una tableta.
Daniel la tomó.
En la pantalla había una página de noticias locales. City Ledger. El artículo acababa de publicarse.
El titular decía:
Tensiones en el imperio Whitmore: la restauración del Grand despierta dudas internas y rumores sobre el heredero.
Daniel sintió que la sangre se le enfriaba.
Bajó por la noticia con el dedo.
No había fotos comprometedoras. No había nombres íntimos. No había acusaciones directas.
Pero estaba todo insinuado con una habilidad venenosa.
Una fuente cercana al grupo hablaba de desacuerdos creativos, de la influencia creciente de un joven diseñador externo sobre Alexander Whitmore, de preocupaciones familiares por la dirección personal y profesional del heredero. El artículo mencionaba a Daniel Reyes como una “figura emergente, aunque controvertida por su estilo frontal y su falta de experiencia en proyectos de esta escala”.
Daniel dejó la tableta sobre la mesa.
Muy despacio.
Claire habló con suavidad:
—Alexander no sabía que esto iba a salir.
Daniel levantó la vista.
—Pero salió.
—Está con legal ahora mismo.
—Claro.
Daniel miró los planos. La propuesta. Las fotografías. El comedor que había empezado a respirar otra vez.
Todo parecía de pronto ingenuo.
—Daniel…
—Necesito un minuto.
Claire asintió.
—Estaré fuera.
Cuando se quedó solo, Daniel no se movió durante un buen rato.
Después cogió su libreta.
Arrancó una hoja.
Y escribió una sola frase, con la mano más firme de lo que esperaba:
No voy a desaparecer para que otro hombre parezca intacto.
La dejó sobre la mesa.
Luego empezó a recoger sus cosas.
En el piso catorce, Alexander acababa de terminar una llamada con el equipo legal cuando recibió el mensaje de Claire.
Daniel ha visto el artículo.
Alexander se quedó mirando la pantalla.
Después llegó otro mensaje.
Está recogiendo sus cosas.
Alexander salió de la sala sin responder a nadie.
Corrió.
Por primera vez en años, Alexander Whitmore corrió por el pasillo de un hotel que llevaba su apellido.
Y mientras bajaba las escaleras hacia el comedor antiguo, con el corazón golpeándole contra las costillas y el sabor de Daniel todavía en la boca, entendió algo con una claridad brutal.
El primer error no había sido besarlo.
El primer error había sido pensar que podía protegerlo sin cambiarlo todo.