Capítulo 7 — El primer error #2
—Has hablado de usar a Evelyn como coartada.
El silencio fue absoluto.
Evelyn miró a Alexander. No parecía ofendida. Parecía, más bien, cansada de una obra que también conocía desde hacía demasiado tiempo.
Charles bajó la voz.
—Mide tus palabras.
—Las estoy midiendo.
—No delante de invitados.
—Precisamente delante de ellos.
Daniel no se movió.
Una parte de él quería que Alexander se callara. Otra, una parte más peligrosa y menos prudente, no podía apartar la vista.
Alexander continuó:
—La Fundación Marsh puede colaborar en el proyecto si Evelyn lo desea. Pero no voy a prestarme a una imagen diseñada para tranquilizar a nadie sobre mi vida privada.
Evelyn cerró la carpeta despacio.
Margaret miró al equipo de comunicación.
—Salid un momento, por favor.
Los dos empleados recogieron los portátiles y abandonaron la sala casi con alivio.
Cuando la puerta se cerró, Charles se levantó.
—No sabes lo que estás haciendo.
Alexander sostuvo su mirada.
—Sí.
—Estás confundiendo una provocación pasajera con una declaración de independencia.
Daniel sintió que la palabra provocación le quemaba la piel.
Alexander dio un paso hacia la mesa.
—No vuelvas a llamarlo así.
Charles miró a Daniel por primera vez desde que la conversación había dejado de fingir.
—¿Y cómo quieres que lo llame?
—No tiene que llamarlo de ninguna manera —dijo Daniel.
Alexander giró hacia él.
Daniel no le miró.
Miraba a Charles.
—No soy una provocación. No soy una fase. No soy una debilidad útil ni una amenaza para su apellido. Soy el profesional al que han contratado porque sabe hacer algo que ustedes no saben hacer: escuchar este edificio sin convertirlo en una excusa para seguir controlándose unos a otros.
La expresión de Charles no cambió.
Pero sus ojos sí.
Daniel siguió:
—Quiere apartarme porque cree que soy una complicación. No lo soy. La complicación es que su hijo ha empezado a decir no.
Alexander permaneció inmóvil.
Evelyn bajó la vista, pero Daniel tuvo la impresión de que ocultaba una sonrisa.
Charles caminó lentamente hacia él.
—Señor Reyes, está usted muy seguro de su importancia.
Daniel notó a Alexander tensarse a su lado.
No necesitaba que lo defendiera.
No en ese momento.
—No —respondió Daniel—. Estoy seguro de mi lugar. Me ha costado mucho conseguirlo.
Charles lo observó durante unos segundos.
Luego sonrió.
—Entonces tenga cuidado de no perderlo por ambicionar otro que no le corresponde.
La frase fue limpia.
Discreta.
Brutal.
Alexander se movió, pero Daniel levantó una mano sin mirarlo.
—Mi lugar no lo decide usted.
Charles no respondió.
No hacía falta.
La reunión terminó sin terminar.
Evelyn pidió revisar la propuesta antes de confirmar el comunicado. Margaret sugirió aplazar cualquier imagen pública hasta después de la aprobación formal del comité. Alexander no volvió a sentarse. Charles aceptó todo con esa cortesía que no concedía nada.
Daniel salió del salón Morgan con la espalda recta y la respiración medida.
No se permitió temblar hasta llegar al pasillo.
Alexander lo siguió.
—Daniel.
—No.
—Escúchame.
—No ahora.
—Daniel.
Esta vez su nombre no sonó como una súplica.
Sonó como dolor.
Daniel se detuvo junto a la escalera secundaria, lejos del tránsito principal, pero todavía en una zona abierta. Había aprendido a elegir los lugares donde podía enfadarse sin quedar atrapado.
—¿Qué? —preguntó.
Alexander se acercó, pero dejó espacio.
—Siento lo que ha dicho.
Daniel soltó una risa seca.
—¿Cuál de todas las partes? ¿La de insinuar que soy una provocación, la de usar a Evelyn como cortina de humo o la de recordarme que hay lugares que no me corresponden?
Alexander cerró los ojos un instante.
—Todo.
—No necesito que lo sienta. Necesito que entienda que para usted esto es empezar a respirar. Para mí es volver a una habitación donde ya he estado demasiadas veces.
—Lo entiendo.
—No. Quiere entenderlo. No es lo mismo.
Alexander aceptó el golpe en silencio.
Eso enfadó más a Daniel.
Habría sido más fácil si se defendiera. Si sacara el apellido, el cargo, el orgullo. Si volviera a ser el hombre frío del primer día. Pero allí estaba, mirándolo con una honestidad desarmada, como si cada palabra de Daniel mereciera quedarse en él aunque doliera.
—Cuando era niño —dijo Daniel—, mi madre me llevaba a algunos edificios donde limpiaba. Entrábamos por detrás. Siempre por detrás. Había puertas enormes delante, con lámparas bonitas, recepcionistas, alfombras. Pero nosotros entrábamos por pasillos estrechos que olían a lejía y basura. Durante años pensé que el mundo funcionaba así. Que algunas personas entraban por la luz y otras por donde no se las veía.
Alexander no se movió.
Daniel tragó saliva.
No quería decir aquello.
Lo dijo igualmente.
—Salir del armario no fue solo decir que me gustaban los hombres. Fue decidir que ya no iba a entrar por ninguna puerta lateral de mi propia vida.
Alexander palideció apenas.
—Y yo estoy arrastrándote otra vez hacia una.
—Su mundo lo hace.
—Yo no quiero eso.
—Entonces deje de quererlo en privado.
La frase los dejó a ambos en silencio.
Desde el vestíbulo llegó una risa lejana, el sonido de un carrito, una llamada en recepción. La vida del hotel continuaba, educada e indiferente, mientras Daniel sentía que acababa de abrir una parte de sí mismo que no solía mostrar en lugares así.
Alexander bajó la mirada.
—Evelyn lo sabe.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Lo de mí. Desde hace años. Nunca ha sido una pantalla voluntaria. Mi padre intenta usarla porque nuestras familias se conocen, porque ella es aceptable, porque encaja. Pero Evelyn no es parte de esto.
Daniel pensó en la forma en que ella había defendido la autoría del estudio.
—Eso ya lo he visto.
Alexander levantó la vista.
—No hay nada entre nosotros.
Daniel sintió una punzada de vergüenza. No porque hubiera dudado, sino porque le importara.
—No tiene que explicarme eso.
—Sí.
—No.
—Daniel, sí.
La intensidad de la respuesta lo dejó quieto.
Alexander dio un paso más cerca.
—No porque te deba celos. No porque tenga derecho a darte explicaciones. Sino porque no quiero que mi vida siga pareciendo una habitación llena de puertas falsas.
Daniel sintió que la rabia empezaba a mezclarse con otra cosa. Algo más blando. Más peligroso.
—Alexander…
—No sé hacerlo bien.
La frase salió baja.
Honesta.
Casi rota.
Daniel perdió la respuesta.
Alexander continuó:
—Sé negociar. Sé apagar escándalos. Sé hablar con inversores, con periodistas, con hombres como mi padre. Sé quedarme quieto cuando alguien me hiere para que nadie sepa dónde apuntar la próxima vez.
Sus ojos estaban fijos en Daniel.
—Pero no sé hacer esto.
Esto.
Otra vez esa palabra.
Daniel respiró despacio.
—¿Y qué es esto?
Alexander tardó en responder.
No porque no quisiera.
Porque quizá por primera vez intentaba no esconderse detrás de una palabra incompleta.
—Querer acercarme a un hombre sin convertirlo en una sombra.
Daniel sintió que algo le atravesaba el pecho.
No era una frase perfecta.
Por eso funcionó.
—No diga cosas así si no está preparado para sostenerlas —susurró.
Alexander se acercó otro paso.
Quedaba poca distancia.
La suficiente para que cualquiera que pasara por el pasillo pudiera verlos demasiado cerca.
La suficiente para que Daniel pudiera apartarse.
La suficiente para que no lo hiciera.
—Estoy cansado de estar preparado solo para perder —dijo Alexander.
Daniel cerró los ojos un segundo.
No.
Aquello era exactamente lo que no debía pasar.
No allí.
No ahora.
No con la propuesta pendiente, el padre moviendo hilos, el periodista olfateando sangre y el hotel entero convertido en escenario.
Pero Alexander estaba frente a él, sin tocarlo, sin exigirle nada, mirándolo como si Daniel no fuera una salida de emergencia sino una casa encendida al otro lado de la tormenta.
Daniel abrió los ojos.
—Si hace esto —dijo—, no puede hacerlo a medias.
Alexander sostuvo su mirada.
—No quiero hacerlo a medias.
—Querer no basta.
—Entonces dime qué basta.
La pregunta fue sencilla.
Terrible.
Daniel notó que toda su prudencia se le llenaba de grietas.
—La verdad —dijo.
—Estoy aquí.
—La verdad cuando no esté yo delante.
—Lo intentaré.
Daniel negó con la cabeza.
—No. Eso no.
Alexander entendió.
Esta vez entendió.
Su expresión cambió, no como alguien ofendido, sino como alguien que acaba de recibir la medida exacta de lo que se le pide.
—Lo haré —dijo.
Daniel no supo cuál de los dos se movió primero.
Quizá ninguno.
Quizá la distancia, cansada de existir, se cerró sola.
Alexander levantó una mano despacio, dándole tiempo para apartarse. Daniel no se apartó. Los dedos de Alexander rozaron su mejilla con una cautela casi dolorosa, como si tocarlo fuera algo que hubiera imaginado demasiadas veces y temiera romper al hacerlo real.
Daniel cerró los ojos.
Ese fue el error.
O quizá el error fue abrirlos después y encontrar a Alexander tan cerca, sin máscara, sin apellido, sin ninguna frase que pudiera salvarlos de lo evidente.
—Daniel —susurró Alexander.
No fue una pregunta.
Pero Daniel respondió igual.
—Sí.
Alexander lo besó.
Al principio fue apenas un contacto. Una presión suave, contenida, casi imposible para todo lo que había detrás. Daniel sintió el aliento de Alexander mezclarse con el suyo, la mano en su mejilla, el temblor mínimo de un hombre que estaba cruzando una frontera más grande de lo que ningún pasillo podía mostrar.
Luego Daniel le sujetó la solapa de la chaqueta.
Y el beso dejó de ser prudente.
Alexander soltó el aire contra su boca como si llevara años reteniéndolo. Daniel tiró de él, no mucho, solo lo suficiente para que el cuerpo de Alexander se alineara con el suyo junto a la pared. El contacto fue un golpe de calor, una certeza física, una respuesta que ya no podía disfrazarse de tensión profesional ni de conversación pendiente.
Alexander sabía a café y a control roto.