Capítulo 2 — El hombre contratado #2
—No vuelva a hacer eso.
Alexander se tensó.
—¿El qué?
—Hablarme como si me estuviera haciendo un favor por dejarme trabajar.
El vestíbulo pareció alejarse.
Alexander mantuvo la mirada fija en él.
—Eso no era lo que quería decir.
—Pero es lo que ha dicho.
—Quería decir que mi padre puede ser implacable.
—Su padre no me preocupa.
—Debería.
—No. Me preocupa usted.
La frase salió antes de que Daniel pudiera corregirla.
Alexander no se movió. Pero algo cambió en su expresión. Una grieta pequeña. Casi nada.
Daniel tragó saliva.
—Profesionalmente —añadió, tarde y mal.
—Claro.
La palabra quedó entre ellos con el mismo eco que había tenido antes en boca de Claire.
Daniel dio un paso atrás.
—Tengo trabajo.
—Daniel.
Su nombre, dicho por Alexander, tuvo un efecto ridículo. No debería haberlo tenido. Era solo un nombre. Dos sílabas pronunciadas con una voz demasiado baja en mitad de una escalera antigua.
Daniel se obligó a mirarlo.
—¿Qué?
Alexander pareció dudar.
Esa duda lo humanizó más que cualquier confesión.
—No pretendía menospreciar su trabajo.
Daniel sostuvo su mirada. Había disculpas que sonaban como una estrategia. Aquella no. Aquella había salido a regañadientes, como si Alexander no estuviera acostumbrado a conceder ni siquiera una pulgada de terreno.
—Aceptado —dijo Daniel.
Alexander asintió.
Podría haber terminado ahí.
Debería haber terminado ahí.
Pero entonces un huésped bajó por la escalera con una maleta pequeña, obligando a Daniel a apartarse hacia un lado. El espacio era amplio, pero no lo bastante para evitar que su hombro rozara el pecho de Alexander.
Fue un contacto mínimo.
Esta vez no hubo ascensor. No hubo puertas cerrándose. No hubo excusa.
Daniel sintió el calor de Alexander a través de la camisa, el olor limpio y caro de su colonia, la tensión súbita de un cuerpo que sabía controlarse demasiado bien.
El huésped siguió bajando sin reparar en ellos.
Daniel no se apartó de inmediato.
Alexander tampoco.
Durante un segundo absurdo, quedaron demasiado cerca. Cerca de verdad. Daniel pudo ver una pequeña sombra bajo los ojos de Alexander, una señal de cansancio que ningún traje podía ocultar. Pudo ver también que no era frío. No del todo. La frialdad era la pared. Detrás había algo más. Algo encerrado. Algo que respiraba con dificultad.
Y Daniel, que siempre había tenido una debilidad imperdonable por las cosas heridas que fingían no estarlo, sintió que aquello podía arruinarlo.
Se apartó primero.
—Necesito revisar el comedor antiguo —dijo.
Alexander tardó medio segundo en responder.
—Lo acompaño.
—No hace falta.
—Mi padre quiere que supervise cada decisión importante.
—Mirar un comedor no es una decisión importante.
—En este hotel, hasta cambiar una lámpara puede convertirse en una guerra civil.
Daniel no pudo evitarlo. Sonrió.
—Entonces venga, Alexander.
El nombre le salió natural.
Demasiado natural.
Alexander lo notó. Daniel lo vio en sus ojos, en esa mínima alteración de la respiración, en la forma en que apretó la mandíbula como si el sonido de su nombre en boca de Daniel hubiese cruzado una línea invisible.
Durante los siguientes veinte minutos caminaron juntos por el hotel.
Daniel intentó concentrarse en su trabajo. Señaló techos, molduras, errores de iluminación, rincones donde el lujo había aplastado cualquier rastro de personalidad. Alexander escuchaba, hacía preguntas precisas y, de vez en cuando, discutía con una inteligencia seca que Daniel encontró insoportablemente atractiva.
No era solo guapo.
Eso habría sido manejable.
Era competente.
Y un hombre competente siempre era más peligroso que un hombre hermoso.
El comedor antiguo estaba cerrado al público desde hacía tres años. Olía a madera, polvo y abandono. Las mesas estaban cubiertas con sábanas blancas. Una hilera de espejos oscurecidos devolvía reflejos fantasmales de las lámparas apagadas.
Daniel entró despacio.
—Aquí —dijo.
Alexander se quedó junto a la puerta.
—¿Aquí qué?
Daniel miró el salón.
Lo vio antes de pensarlo. Eso le pasaba con los lugares importantes. Entraba y su mente comenzaba a retirar capas: el polvo, las sábanas, las decisiones equivocadas. Debajo aparecía una posibilidad.
—Aquí está el corazón del hotel.
Alexander observó el comedor con escepticismo.
—Mi padre quería convertirlo en una sala de conferencias.
—Su padre debería mantenerse lejos de cualquier cosa que tenga corazón.
El silencio posterior fue demasiado largo.
Daniel cerró los ojos un instante.
—Eso no debería haberlo dicho.
—No —respondió Alexander—. Pero no está del todo equivocado.
Daniel lo miró.
La luz que entraba por las ventanas altas caía sobre Alexander con una suavidad inesperada. Allí, lejos del vestíbulo, lejos de su padre, lejos de la sala de juntas, parecía menos una estatua y más un hombre cansado de sostenerse.
—¿Por qué sigue aquí? —preguntó Daniel.
Alexander frunció el ceño.
—Trabajo aquí.
—No me refiero al hotel.
Alexander no respondió.
Daniel avanzó entre las mesas cubiertas.
—Podría hacer cualquier cosa. Tiene dinero, contactos, formación, un apellido que abre puertas antes de que usted llame. ¿Por qué sigue obedeciendo a un hombre que claramente no le deja respirar?
La pregunta era demasiado íntima.
Daniel lo supo en cuanto terminó de hacerla.
Alexander se acercó despacio.
—¿Siempre cruza límites con tanta facilidad?
—Solo cuando están mal puestos.
—No sabe nada de mí.
—Sé que cuando su padre dice “Whitmore”, usted oye “jaula”.
Alexander se detuvo.
La palabra quedó suspendida en el comedor antiguo, entre las sábanas blancas y los espejos apagados.
Durante un segundo, Daniel pensó que lo había estropeado todo.
Alexander podía despedirlo. Podía llamar a seguridad. Podía decirle que recogiera sus notas y saliera por la misma puerta por la que había entrado.
Pero no hizo nada de eso.
Se acercó a una de las mesas cubiertas y retiró la sábana con un movimiento lento. Debajo apareció una superficie de madera oscura, rayada por años de uso.
—Mi madre tocaba el piano aquí —dijo.
Daniel no se movió.
Alexander pasó los dedos por el borde de la mesa, sin mirarlo.
—Los domingos por la tarde. Antes de que el comedor cerrara al público para eventos privados. Mi padre odiaba que lo hiciera. Decía que daba una imagen doméstica del hotel. Poco exclusiva.
La voz de Alexander no cambió. Pero algo en ella se volvió más bajo.
—Ella decía que un lugar donde nadie se atrevía a hacer ruido no era elegante. Solo estaba muerto.
Daniel sintió que el comedor se abría alrededor de aquella frase.
—Tenía razón.
Alexander levantó la vista.
—Murió hace nueve años.
—Lo siento.
—No hace falta.
—Ya lo sé. Pero lo siento igual.
Alexander apartó la mirada primero.
Daniel entendió entonces que aquella era la grieta. No el hotel. No la chimenea. No la escalera.
Él.
Alexander Whitmore era la grieta.
Y Daniel era lo bastante inteligente para saber que no debía acercar los dedos a una cosa rota si no quería cortarse.
También era lo bastante estúpido para querer hacerlo.
El teléfono de Alexander vibró.
Él miró la pantalla. La expresión se le cerró de nuevo.
—Mi padre quiere verme.
La pared regresó a su sitio con una rapidez casi violenta.
Daniel asintió.
—Yo seguiré revisando.
Alexander caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Daniel.
Otra vez su nombre.
Daniel lo miró.
—No incluya lo de mi madre en la propuesta.
No era una orden.
Era una petición.
La primera.
Daniel suavizó la voz.
—No lo haré.
Alexander asintió una sola vez y salió del comedor.
Cuando la puerta se cerró, Daniel se quedó solo entre las mesas cubiertas, con el pulso demasiado rápido y una certeza incómoda instalándose en el pecho.
El Whitmore Grand no era el único lugar peligroso de aquel edificio.
Alexander también necesitaba ser restaurado.
Y Daniel no podía permitirse querer hacerlo.