Capítulo 2 — El hombre contratado
Daniel Reyes no había entrado muchas veces en lugares como el Whitmore Grand.
No porque no pudiera.
Había aprendido hacía tiempo que casi todo el mundo se podía cruzar si uno caminaba con suficiente seguridad, una libreta en la mano y la expresión exacta de quien sabe más de lo que está dispuesto a explicar. Pero entrar no era lo mismo que pertenecer. Y Daniel tenía un talento especial para distinguir la diferencia.
En el Whitmore Grand, esa diferencia estaba en todas partes.
En la forma en que los empleados bajaban la voz cuando Alexander Whitmore pasaba cerca. En la manera en que las lámparas parecían más limpias que la luz de la mañana. En el silencio caro de las alfombras. En los ascensores privados. En las sonrisas educadas de quienes llevaban toda la vida entrenados para no parecer sorprendidos por nada.
A Daniel, en cambio, todavía le sorprendían demasiadas cosas.
Le sorprendía que una suite pudiera costar en una noche lo mismo que su madre había ganado en un mes limpiando oficinas. Le sorprendía que hubiese flores frescas en cada mesa solo para que nadie las mirara. Le sorprendía que algunos hombres heredaran edificios enteros y aun así caminaran por ellos como si estuvieran cumpliendo una condena.
Alexander Whitmore caminaba así.
Recto. Impecable. Caro.
También solo.
Eso había sido lo primero que Daniel había visto en él. No el traje, ni el reloj, ni el apellido repetido en letras doradas sobre la entrada principal. Había visto la soledad. Una soledad perfectamente planchada, escondida bajo una corbata azul noche y una expresión de control tan pulida que casi daba pena tocarla.
Casi.
Daniel salió del ascensor en la planta baja y regresó al vestíbulo con la libreta abierta. Necesitaba trabajar. Necesitaba concentrarse. Necesitaba dejar de pensar en los ojos grises de Alexander Whitmore observándolo en el reflejo de unas puertas doradas.
No tenía tiempo para hombres imposibles.
Mucho menos para hombres imposibles que firmaban sus cheques.
—Señor Reyes.
Daniel se detuvo junto a una columna de mármol. Claire, la asistente de Alexander, se acercaba con una tableta en la mano y una educación tan exacta que debía de dolerle la mandíbula al final del día.
—Daniel está bien —dijo él.
Claire sonrió con cautela.
—Daniel. El señor Whitmore me ha pedido que le facilite acceso a las zonas que necesite revisar. Salvo cocinas y archivos internos, puede moverse con libertad.
—¿El señor Whitmore padre o el señor Whitmore hijo?
—Alexander.
Daniel notó que el nombre sonaba diferente en boca de ella. Más humano. Menos blindado.
—Entonces empieza a confiar en mí.
—No exactamente.
—Me parecía demasiado pronto.
Claire le tendió una tarjeta magnética.
—También me ha pedido que le recuerde que la propuesta revisada debe estar lista en cuarenta y ocho horas.
—Eso sí suena más a él.
—Y que cualquier modificación estructural deberá pasar antes por dirección.
—Eso suena a su padre.
La sonrisa de Claire se volvió casi imperceptible.
—Aprende rápido.
Daniel guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para Alexander?
—Cinco años.
—¿Y sigue vivo?
Claire soltó una risa breve antes de poder evitarlo.
—Alexander no es tan difícil como parece.
Daniel miró hacia el centro del vestíbulo, donde varios huéspedes hacían el check-in bajo una lámpara enorme de cristal.
—Los hombres que parecen difíciles suelen ser peores cuando dejan de parecerlo.
Claire no respondió enseguida. Lo observó con algo parecido a la prudencia.
—Alexander no es su padre.
—Eso espero.
—Pero tampoco es un hombre sencillo.
Daniel cerró la libreta.
—No me gustan los hombres sencillos.
La frase salió demasiado rápido. Demasiado natural.
Claire arqueó una ceja.
Daniel fingió estudiar la moldura de la columna.
—Hablaba profesionalmente.
—Claro.
—El edificio tampoco es sencillo.
—Por supuesto.
Hubo un silencio pequeño, incómodo solo en la medida exacta para que Daniel quisiera tragarse sus propias palabras.
Claire miró la tableta.
—Estaré en recepción si necesita algo.
—Gracias.
Cuando ella se alejó, Daniel respiró hondo.
Idiota.
No había venido a eso. No había venido a mirar a Alexander Whitmore como si detrás del ejecutivo frío hubiese un hombre esperando que alguien lo sacara de una jaula. Había venido por el contrato más importante de su carrera. Por la oportunidad de demostrar que su estudio podía competir con firmas que tenían oficinas en tres países y apellidos imposibles de pronunciar. Por su madre, que todavía se preocupaba cada vez que él aceptaba un proyecto grande porque en su familia el éxito siempre parecía una cosa prestada, algo que podía desaparecer en cuanto alguien importante decidiera retirarte la mano.
No podía estropearlo por culpa de unos ojos grises.
Ni por una voz baja.
Ni por la forma en que Alexander había dicho su propio nombre, casi como una concesión.
«Si vamos a trabajar juntos, puede llamarme Alexander.»
Daniel apretó el lápiz entre los dedos.
Algunas distancias existían por una razón.
Y él conocía esa razón demasiado bien.
Se obligó a mirar el hotel.
El Whitmore Grand era hermoso de una manera triste. No estaba muerto, como había dicho a Claire antes de la reunión, pero sí anestesiado. Alguien había pasado décadas cubriendo sus heridas con terciopelo, cambiando lámparas, sustituyendo muebles antiguos por piezas caras sin memoria, escondiendo grietas bajo pintura cremosa.
Daniel podía imaginar lo que había sido: una entrada llena de abrigos largos en invierno, mujeres con guantes subiendo la escalera, músicos en el comedor, camareros reconociendo a huéspedes que volvían cada año. No le interesaba convertirlo en un museo. Odiaba los museos disfrazados de hoteles. Pero sí quería que respirara de nuevo.
Quería que la gente entrara allí y sintiera algo.
No solo que sacara una foto.
Cruzó el vestíbulo hasta la escalera principal. La barandilla de bronce estaba fría bajo sus dedos. Había pequeñas marcas en la madera, casi invisibles, allí donde miles de manos habían rozado el pasamanos durante décadas. Aquello era lo que Charles Whitmore llamaría desgaste.
Daniel lo llamaba prueba de vida.
—No deberías tocar eso sin guantes.
La voz llegó desde abajo.
Daniel miró por encima del hombro.
Alexander estaba al pie de la escalera, una mano en el bolsillo del pantalón, el abrigo ya desaparecido, la corbata perfectamente colocada. Era irritante que un hombre pudiera parecer tan compuesto después de una reunión así. Daniel habría preferido verlo un poco desordenado. Solo un poco. Una arruga en la camisa. Un mechón fuera de sitio. Alguna señal de que debajo de aquella superficie había sangre.
—¿Por conservación? —preguntó Daniel.
—Por superstición familiar.
—Eso no venía en el informe.
Alexander subió tres escalones, despacio.
—Mi abuelo decía que cualquiera que tocara esa barandilla antes de cerrar un trato acabaría perdiendo dinero.
Daniel bajó la vista hacia su mano apoyada en el bronce.
—Entonces quizá debería tocarla usted también. Así empatamos.
Algo pasó en la boca de Alexander. No una sonrisa. Todavía no. Pero sí una amenaza de sonrisa. Daniel la vio y, por alguna razón estúpida, quiso verla completa.
—No creo en supersticiones —dijo Alexander.
—Claro. Usted solo cree en presupuestos, plazos y apellidos tallados en mármol.
—También creo en contratar a personas competentes cuando merece la pena soportar su personalidad.
Daniel soltó una risa breve.
—Eso casi ha sonado como un halago.
—No se acostumbre.
Alexander subió hasta quedar dos escalones por debajo de él. La diferencia de altura hacía que Daniel lo mirara desde arriba, una ventaja mínima y ridícula que aun así disfrutó más de lo prudente.
—Pensé que estaría con su padre —dijo Daniel.
—Mi padre no necesita compañía. Necesita público.
—Eso sí ha sonado como una crítica.
—No se acostumbre.
Esta vez Daniel sí sonrió.
El vestíbulo continuaba moviéndose bajo ellos, pero allí, a mitad de la escalera, se formó una especie de pausa. No silencio. No intimidad. Algo peor: la ilusión de que podían hablar sin que el mundo escuchara.
Alexander miró la barandilla.
—¿Por qué restaurarla?
—Porque es original.
—Eso no basta.
—Porque está bien construida.
—Tampoco.
Daniel apoyó la libreta contra el pasamanos.
—Porque cada persona que ha subido por esta escalera ha dejado algo aquí aunque no lo sepa. Una mano. Un roce. Un segundo de su vida. Puede cambiar la alfombra, las lámparas, el color de las paredes. Pero si arranca esto, convierte el hotel en un decorado.
Alexander lo escuchaba con atención. Esa era otra cosa peligrosa en él. Cuando escuchaba, lo hacía de verdad. Como si guardara cada frase en un sitio donde luego pudiera abrirla a solas.
—Habla de los edificios como si fueran personas —dijo.
—A veces son más honestos.
—Las personas no le parecen honestas.
—Algunas menos que otras.
La mirada de Alexander se afiló ligeramente.
—¿Eso va por mí?
Daniel debería haber dicho que no.
—Todavía no lo sé.
Alexander bajó un escalón, como si quisiera romper la cercanía antes de que se volviera demasiado evidente.
—Necesito que entienda algo. Si este proyecto sale mal, mi padre no culpará a la junta ni al equipo financiero. Me culpará a mí.
—¿Y usted me culpará a mí?
—Probablemente.
—Bien. Así sabré que formo parte de la empresa.
Alexander lo miró con una severidad que habría funcionado mejor si no estuviera empezando a perder efecto.
—No se tome esto a broma.
Daniel cerró la libreta con más fuerza de la necesaria.
—No lo hago. Este proyecto puede cambiar mi carrera.
—Entonces actúe como si le importara conservarlo.
La frase golpeó en un lugar que Daniel no esperaba.
No porque Alexander hubiese levantado la voz. No lo había hecho. No porque hubiese sido cruel. Podía haber sido mucho más cruel. Sino porque contenía algo demasiado parecido a una advertencia de clase. Compórtate. Agradece. Mide tus palabras. Recuerda quién te ha dejado entrar.
Daniel conocía ese idioma aunque se hablara con acento caro.
Bajó los dos escalones que los separaban hasta quedar frente a él.