CAPÍTULO 28
«Nadie me enseñó que se puede asfixiar despacio. Y llamar mala suerte al ahogo que tiene dueño.»
HANNAH brOOKS
Lo primero que vi cuando doblé la esquina, aquel martes por la mañana, fueron las vallas.
Verdes, altas, relucientes de tan nuevas, cerrando media manzana de un día para otro.
Donde antes había una acera ancha, por la que la gente pasaba despacio y miraba mi escaparate, ahora había un pasillo estrecho de madera, un cartel de «obras» y el ruido de un martillo neumático empezando a comerse el hormigón del edificio de al lado.
Me detuve a media zancada, la llave del bistró en la mano, y sentí un cosquilleo en el estómago que no supe explicar en el momento.
—Buenos días a ti también —murmuré para el polvo.
Busqué el nombre de la constructora en el cartel.
Meridian Development LLC.
No me decía nada. No era más que otra de esas siglas que se tragaban pedazos de Manhattan cada semana, convirtiendo lo humano en torres de cristal. Respiré hondo, abrí la puerta e intenté convencerme de que no era más que eso. Ciudad grande. Una obra. Mala suerte de barrio.
No fue solo eso. Fue empeorando cada día.
El miércoles, el polvo ya cubría mi escaparate con una capa gris que limpiaba por la mañana y volvía por la tarde.
El jueves, el martillo neumático empezaba a las siete y no paraba, y dos señoras que venían desde hacía años a comer los martes y los jueves me dijeron, con pena en la cara, que quizá volverían «cuando se acabara ese ruido».
El viernes, un camión de escombros se quedó parado justo delante de la puerta tres horas, y nadie que pasara por la calle podía ni ver que allí había un restaurante.
Y lo peor —lo que de verdad apretaba— era la hilera de mesas vacías a la hora de comer. Mesas que siempre habían estado llenas. El sonido de los cubiertos, de las conversaciones, de la campanilla de la puerta, fue desapareciendo, sustituido por el zumbido de la obra al otro lado de las vallas.
No me quedé de brazos cruzados.
Llamé al ayuntamiento para quejarme de la acera cortada y me pasaron con cuatro personas hasta acabar en un buzón de voz.
Imprimí carteles y los pegué a la entrada del pasillo de madera, con una flecha: El Corner Plate sigue abierto, entra, merece la pena.
Creé un menú del día más barato para intentar retener a quien aún pasaba.
Me quedé hasta más tarde probando una carta para el reparto a domicilio, porque, si el cliente no podía llegar hasta mí, iría yo hasta él.
Pero, al final de cada día, cuando cerraba la caja, la cifra era menor que la del día anterior.
Y menor. Y menor…
—Esto no es normal. —Chloe dejó la taza en la barra una noche, después de que Lily se hubiera ido, y me miró con aquella expresión de quien ya ha sumado dos y dos y no le ha gustado el resultado—. Hannah, mira el tamaño de esta casualidad.
—Es una obra, Chloe. —Me froté los ojos, cansada—. Manhattan siempre está en obras.
—Hace tres semanas, una empresa intentó comprar este terreno una vez más.
—Lo contaba con los dedos, despacio, de esa manera irritante de quien tiene razón—.
Dijiste que no, con todas las letras. Y, entonces, de la nada, aparece una obra gigantesca que cierra tu manzana, mata tu clientela y hace imposible que nadie llegue a tu puerta.
—Ladeó la cabeza—. ¿No te parece raro? ¿En serio?
Tragué saliva.
La verdad es que lo había pensado. Lo había pensado a las tres de la madrugada, mirando el techo.
Y había alejado el pensamiento, porque era demasiado grande, demasiado paranoico, y porque admitir que alguien con bastante poder me estaba asfixiando a propósito era admitir que quizá no tuviera forma de ganar esta.
—Aunque así fuera —dije, en voz baja—, ¿qué hago?
¿Denuncio al polvo? Quien esté detrás de esto, si es que hay alguien, lo ha hecho todo en regla.
Acera despejada con permiso, obra con licencia, nada ilegal.
—Sentí la sangre hervir de impotencia—. No necesitan echarme de aquí a la fuerza, Chloe.
Solo necesitan esperar a que no aguante más.
Me miró un largo momento, y su dureza se deshizo en algo más triste.
—¿Y vas a aguantar?
—Voy a aguantar. —La respuesta salió antes de que lo pensara, firme, desde el fondo donde guardaba la terquedad que había heredado de mi padre junto con la receta de la pasta—. Este lugar es suyo. Es lo último que queda en pie de él. Van a tener que sacarme de aquí muerta.
Pero aquella noche, sola en el apartamento, con mi madre ya dormida, el nudo en el pecho no me dejó en paz.
Fue entonces cuando sonó el móvil.
Grayson.
Contesté antes del segundo tono, y con solo oír su respiración al otro lado, algo en mi pecho se aflojó.
—Pareces cansada —dijo, directo, antes incluso del «hola».
Siempre se daba cuenta.
—Ha sido un día largo. —Apoyé la cabeza en la pared, cerré los ojos—. Varios días largos.
—¿El bistró?
Estuve a punto de contárselo. Las ganas subieron por la garganta otra vez: la obra, el polvo, las mesas vacías, el miedo a no poder pagar a los proveedores a fin de mes, la fea sospecha de Chloe que no conseguía quitarme de la cabeza.
Él entendía de negocios, tenía una cabeza que resolvía cosas. Quizá supiera qué hacer.
Pero no fui capaz de arrastrar aquello dentro de lo único que aún me daba paz.
—Solo un mes difícil. Poca clientela. Pasa.
—Puedo ayudarte. —Su voz era firme, sin vacilación—. Con lo que necesites. Capital, contactos, lo que sea. Solo tienes que decirlo.
—No. —Sonreí, aunque él no pudiera verlo—. Gracias. Pero este lugar es mío y soy yo quien lo mantiene en pie. Si dejo que otra persona pague mis cuentas, deja de ser mío. ¿Lo entiendes?
Hubo una pausa. Casi pude oírlo entendiéndolo.
—Entiendo que eres la persona más terca que conozco.
—Aún no has conocido a mi madre.
Se rió, aquella risa rara, baja, que yo coleccionaba sin darme cuenta.
Y, durante unos minutos, solo hablamos de nada, de su día, de un viaje que quizá tuviera que hacer, de las ganas de vernos el fin de semana.
El nudo del pecho se fue haciendo más pequeño, el polvo de la obra se quedó fuera y, por un momento, fui solo una mujer hablando con un hombre que le gustaba demasiado.
Cuando colgué, me quedé con el móvil sobre el pecho, a oscuras, y me di cuenta de algo que me asustó más que la obra.
Que se había convertido en mi refugio. Que, en medio de todo derrumbándose, era su voz la que me devolvía al suelo.