CAPÍTULO 20
«Hay noches que guardamos no por la perfección, sino por la verdad que llevan dentro.»
HANNAH brOOKS
Estaba un poco nerviosa, lo confieso.
No era el tipo de nervios que paralizan, sino el otro, el que vive en el estómago y sube despacio, mezclado con algo que se parecía mucho a la anticipación.
Sabía adónde iba. Sabía en qué podía convertirse aquella noche.
Y, a diferencia de otras veces en mi vida en que me habría echado atrás, esta vez quería las consecuencias.
Las quería con una claridad que me sorprendía.
El coche se detuvo frente a un edificio del Upper West Side en el que nunca me había fijado, aunque pasaba por aquella calle con cierta frecuencia.
Era el tipo de construcción que no necesitaba anunciarse: alta, de líneas limpias, fachada de piedra oscura con detalles en cristal ahumado que reflejaban las luces de la ciudad como si las absorbieran en lugar de devolverlas.
Una discreta placa de bronce junto a la entrada.
Dos guardias de seguridad que reconocieron a Grayson con un gesto antes incluso de que abriera la puerta.
Salí del coche y levanté la vista.
Dios.
No era un ático. Era un mundo aparte dentro de otro mundo.
La entrada del vestíbulo tenía techos altos, iluminación indirecta en tono ámbar, suelo de mármol oscuro con vetas doradas que parecían el mapa de algún lugar cuya existencia yo desconocía.
Había una única recepcionista tras un mostrador minimalista que saludó a Grayson por el apellido con una naturalidad que me recordó que aquello era su realidad cotidiana, no una excepción.
El ascensor privado se abría directamente en el ático. Y, cuando las puertas se abrieron, simplemente me detuve.
El apartamento ocupaba la planta entera.
Paredes de cristal del suelo al techo en tres de sus lados, Manhattan extendida ahí fuera como un espectáculo que no pedía entrada.
Las luces de la ciudad palpitaban en la oscuridad con esa vida constante que solo Nueva York tenía, una respiración que nunca se detenía, nunca menguaba, nunca pedía permiso.
El interior era exactamente como imaginaba que sería el suyo: líneas rectas, paleta oscura y neutra, muebles de diseño que parecían sencillos hasta que te dabas cuenta de lo que había costado cada pieza. Sin excesos, sin ostentación. Todo allí hablaba de poder de la forma más silenciosa posible.
—Es precioso —dije, todavía de pie cerca de la entrada, los ojos recorriendo el espacio con la sensación de estar viendo algo que no cabía del todo en el campo de visión—. Nunca había… —empecé a completar la frase, pero no la terminé.
Porque se había acercado.
No oí sus pasos. Simplemente sentí su presencia detrás de mí, demasiado cerca para ser casual, y luego la voz, baja y directa, junto a mi oído.
—Preciosa eres tú —dijo—. La casa puede esperar.
No reaccioné de inmediato. Mi cerebro procesó las palabras con un retraso que jamás admitiría y, cuando por fin las procesó, él ya estaba frente a mí.
El beso no fue suave. No fue del tipo cuidadoso de los anteriores, construido en capas, tanteando límites. Fue inmediato, profundo, con la urgencia de quien ha esperado lo suficiente y ha decidido que lo suficiente ha llegado a su fin.
Sus manos fueron primero a mi rostro —las palmas calientes contra mis mejillas, los dedos enredándose en mi pelo con una firmeza que no pedía permiso—.
La respiración se me cortó el primer segundo y después desapareció por completo.
Su sabor ya me resultaba familiar, cálido, con aquel toque residual del Old Fashioned mezclado con algo que era solo suyo.
Agarré la tela de la camisa con las dos manos porque necesitaba algo concreto que me dijera que aquello era real.
Me guio por el apartamento sin romper el beso, no con prisa, sino con dirección. Mis talones encontraron unos escalones que no había visto, un pasillo en el que no me había fijado, y luego el pomo de una puerta que abrió sin apartar su boca de la mía.
El dormitorio era amplio y oscuro, iluminado solo por la luz que entraba por las ventanas, con Manhattan haciendo el trabajo que las lámparas no necesitaban hacer.
La cama era inmensa, con un cabecero tapizado en tela oscura, sábanas que parecían más suaves que cualquier cosa que hubiera tocado en mi vida.
Me cogió en brazos con una facilidad que me desarmó por completo —como si no pesara nada, como si fuera el gesto más natural del mundo— y me dejó sobre la cama con un cuidado que contrastaba con la urgencia del beso de unos segundos antes.
Nos quedamos mirándonos.
La ciudad brillaba tras él y, por un segundo, solo lo vi así: recortado por la luz de Manhattan, la camisa ligeramente arrugada, la mirada clavada en mí con una intensidad que ya no tenía nada de controlada.
—Si quieres echarte atrás —dijo, con la voz baja, firme—, es ahora.
Sonreí.
—No quiero echarme atrás.
Algo en su cara cambió. No fue una sonrisa, fue más sutil que eso. Una decisión tomada en silencio.
Volvió a mí despacio y, esta vez, el beso se construyó de otra forma, más profundo, más deliberado, como si ahora hubiera tiempo para todo.
Mis manos encontraron los botones de su camisa casi por instinto, y él me dejó, los ojos fijos en los míos mientras mis dedos los trabajaban uno a uno con una calma que no sabía que tenía.
Cuando la camisa cayó, deslicé las palmas por su pecho, caliente, firme, real.
Él no apartó la mirada.
Sus manos encontraron la cremallera de mi vestido con esa precisión que tenía para todo, bajándola despacio, las yemas de los dedos rozando la piel de mi espalda en un recorrido que hacía que la respiración me saliera a trozos. El vestido resbaló por mis hombros y cayó sin ruido.
Me miró.
No con prisa. No con la voracidad de quien solo quiere consumir. Con atención, el tipo de mirada que hace que una mujer se sienta vista de verdad, no solo deseada.
—Eres… —empezó, y se detuvo. Sacudió levemente la cabeza, como si las palabras se quedaran cortas.
No le hizo falta terminar.
Lo que vino después fue su boca en mi cuello, en la curva del hombro, bajando con una lentitud calculada que me hacía perder el hilo de cualquier pensamiento que intentara retener.
Cada beso lo colocaba con intención, no al azar, no con prisa.
Aprendía mi cuerpo como si fuera un texto que había que leer con cuidado.
Cuando sus labios llegaron a la línea de mi abdomen, cerré los ojos y simplemente dejé de resistirme a nada.
Lo que hizo a continuación me dejó completamente a la deriva: lengua, dientes, manos que sabían exactamente dónde y cuándo. Agarré la sábana con los dedos, la respiración del todo descontrolada y, cuando el orgasmo llegó, fue como una ola que no avisó antes de romper, profundo, largo, arrollador.
Todavía intentaba respirar cuando oí el sonido del envoltorio al abrirse, y entonces volvió a mí, los ojos oscuros, concentrados, con aquella contención que estaba claramente al límite.
—¿Estás bien? —preguntó, demasiado cerca.
—Más que bien —respondí, atrayéndolo hacia mí.
Lo que vino después fue distinto de todo lo que había conocido.
Entró en mí despacio, con aquella contención deliberada que era su sello en todo, como si quisiera que sintiera cada centímetro, cada segundo, sin la posibilidad de ignorar lo que estaba pasando. Cerré los ojos por reflejo, pero no me dejó.
—Mírame —pidió, con la voz ronca, casi una orden.
Abrí los ojos.
Y fue así —con su mirada clavada en la mía, la ciudad brillando tras la ventana y el silencio del dormitorio roto solo por nuestra respiración— como todo empezó de verdad.
Se movía con una precisión que me enloquecía.
No había prisa. Había intención en cada movimiento: una cadera que avanzaba y retrocedía a un ritmo lento, profundo, calculado para desmontarme por completo antes de darme lo que necesitaba.
Mis manos fueron a su espalda, sintiendo los músculos contrayéndose bajo mis dedos a cada embate, y me aferré a él como si necesitara un ancla.
—Grayson… —se me escapó de la garganta, mitad súplica, mitad advertencia.
—Lo sé —afirmó, y la seguridad de aquella voz me encendió de una forma que no esperaba.
Lo sabía. Sentía cada reacción mía: el arco de mi espalda cuando profundizaba el movimiento, el temblor de mis caderas cuando cambiaba el ángulo con esa precisión irritante de quien había prestado atención a todo desde el principio.
Una de sus manos fue a mi cintura, sujetando con firmeza, controlando el ritmo, impidiendo que apresurara lo que él había decidido construir despacio.
—Eres —empezó, la voz más baja ahora, demasiado ronca para fingir control— imposible de ignorar. Desde el primer día.
No respondí. No tenía palabras disponibles.
Me giré de lado por instinto y él acompañó el movimiento sin perder el ritmo, ahora detrás de mí, el pecho caliente contra mi espalda, la boca en mi cuello.
La mano que tenía en mi cintura bajó y, cuando sus dedos me encontraron en el punto exacto, la respiración me salió en un sonido que no reconocí como mío.
—Así —murmuró contra mi oído, más instrucción que pregunta.
Así, sí. Exactamente así.
Sus movimientos se volvieron más profundos, más urgentes, sin perder la deliberación que me mantenía completamente a merced de lo que estaba construyendo.
Sentía cada detalle con una claridad absurda: el calor de su piel contra la mía, el peso del brazo sobre mi cadera, la presión de los dedos, la fricción que crecía en capas hasta que ya no había forma de separarlas.
—No pares —dije, y la voz me salió irreconocible.
—No voy a parar —dijo, simple, seguro.
El orgasmo llegó distinto del primero, más profundo, construido de dentro hacia fuera, arrollador de una forma que me hizo morderme el labio.
Todo mi cuerpo se contrajo y se liberó en oleadas que no tenían prisa por acabar, y él me sostuvo durante todo ello, firme, presente, sin apresurar lo que estaba pasando.
Cuando dejé de temblar, me giró de cara a él.
Su mirada era distinta. La contención se había ido del todo.
—Ahora —dijo, y no era una petición.
Retomó con una intensidad que contrastaba por completo con la paciencia de los últimos minutos.
Los movimientos eran más rápidos ahora, más profundos, con aquella urgencia de quien ha esperado lo suficiente y ha llegado a su propio límite.
Le enrosqué las piernas en la cintura por instinto, cambiando el ángulo, y el sonido que se le escapó fue el más sincero que había oído hasta entonces: grave, involuntario, completamente real.
—¿Tienes idea —dijo contra mi boca, jadeante— de lo que me haces?
—Sí. Lo mismo que tú me haces a mí.
Aquello bastó.
Los últimos movimientos fueron profundos, acompasados, con aquella tensión creciente que sentía en él tanto como en mí: los músculos de la espalda contraídos bajo mis manos, la respiración del todo fuera de su control habitual, su nombre saliendo de mi boca una última vez antes de que todo se rompiera a la vez.
Soltó un sonido ahogado contra mi cuello al terminar, no una palabra, no una frase.
Nos quedamos inmóviles unos segundos, respirando al mismo ritmo irregular, los cuerpos aún enredados, el dormitorio en silencio absoluto a nuestro alrededor.
—Me dejas completamente fuera de control —dijo contra mi piel, con la voz ronca, distinta del tono que conocía.
—Bienvenido a mi mundo —comenté, y él se rió por lo bajo, un sonido raro, genuino, que guardé sin darme cuenta.
Nos quedamos así un rato que no supe medir. El mundo de fuera seguía girando, Manhattan seguía latiendo, pero allí dentro solo existía aquel espacio cerrado de calor, respiración y piel.
Cuando todo terminó, caímos exhaustos.
Él se quedó boca arriba, el brazo sobre los ojos, el pecho subiendo y bajando despacio. Yo me quedé de lado, mirando al techo sin verlo de verdad, sintiendo el peso agradable del cansancio instalándose en cada músculo.
El silencio entre nosotros era distinto de todos los anteriores.
Más pleno. Más sincero. Del tipo que no necesita llenarse porque ya lleva dentro todo lo que hay que decir.
Estaba metida en un lío, pensé, sin ningún drama.
Profunda, irremediablemente metida en un lío.