CAPÍTULO 15
«Aquella noche aprendí que el deseo puede ser tan intenso como la decisión de no cruzar ciertos límites.»
GRAYSON HOLT
La observé un poco antes de arrancar el coche. Hannah estaba más callada de lo habitual, la mirada perdida en el paisaje que pasaba demasiado rápido al otro lado de la ventanilla. No le pregunté nada. Aprendí pronto que algunas verdades necesitan espacio para respirar antes de decirse.
Conduje en silencio unos minutos, dejando que la ciudad hiciera su trabajo. El tráfico fluía, las luces se reflejaban en el cristal, y yo pensaba en cuánto había cambiado estar con ella mi forma de percibir esas mismas calles.
—Ya estamos llegando —avisé, al girar la última esquina.
Aparqué cerca del The River Café, en Brooklyn. Las vistas a Manhattan, el río justo allí, las luces reflejadas en el agua: todo en aquel lugar siempre me había parecido contenido e intenso a la vez.
—Esto es precioso —dijo, en cuanto bajamos del coche, la sonrisa volviéndole despacio al rostro—. Nunca había venido aquí.
Caminamos hasta la mesa reservada y, mientras nos acomodábamos, noté que la conversación volvía a fluir con más tranquilidad.
Comentó algo sobre el ambiente, sobre el olor del sitio, sobre lo menos dura que parecía la ciudad vista desde allí.
Poco a poco, el peso que había percibido en el coche parecía disolverse.
—Hoy estás más callada —comenté, sin reproche—. Pareces un poco triste.
No fingió sorpresa.
—Lo estoy —respondió—. Un poco.
—¿Quieres hablar de ello?
Hannah respiró hondo.
—Es el trabajo. Son… algunos fantasmas del pasado. Asuntos que creía que ya habían quedado atrás.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Me miró un instante más de lo normal.
—Ya me estás ayudando.
Asentí. Cambié de tema sin insistir, como quien respeta un límite que todavía se está trazando.
Hablé un poco de mi rutina, de lo mucho que trabajo, de cuánto cansaba la exigencia constante, más de lo que uno imaginaba. No mencioné empresas, cifras ni cargos. Solo la sensación de estar siempre persiguiendo algo que nunca se deja alcanzar del todo.
Ella escuchó con atención. Después, habló de su familia. De su madre, firme y callada. De su padre, con un cuidado especial en las palabras. Noté cuándo le cambió la voz, cuándo la mirada se le volvió más lejana.
Llegaron los platos, y la conversación cogió otro ritmo. Hannah volvió a sonreír, a comentar sabores, a entusiasmarse con las cosas pequeñas. Era como si la comida le hubiera devuelto un pedazo de sí misma.
Cuando salimos del restaurante, volvimos al coche, y fue ella quien se acercó primero.
—Gracias por la noche —murmuró, todavía demasiado cerca.
Fue Hannah quien rompió la distancia.
Se detuvo de repente, se giró hacia mí con una determinación casi feroz en los ojos y me agarró del cuello del abrigo con las dos manos. No hubo vacilación ni pregunta. Tiró de mí hacia abajo con fuerza y pegó su boca a la mía.
El beso llegó como una ola al romper: caliente, profundo, exigente.
Sus labios eran suaves y a la vez decididos, presionaban los míos con una urgencia que decía todo lo que las palabras no habían logrado decir en toda la noche.
Sentí el leve temblor de excitación en su mandíbula, el calor que irradiaba su piel, el aroma sutil de su perfume mezclado con el aliento tibio de vino tinto que aún flotaba entre nosotros.
Abrí la boca para ella y nuestras lenguas se encontraron en un deslizamiento lento, casi reverente en el primer instante, antes de volverse voraces.
Sabía a deseo puro: dulce, ácido, salado, una mezcla enloquecedora de vino, de su propia saliva y de algo más primario, más suyo.
Mi cuerpo entero respondió de golpe: la sangre corriendo acelerada, el calor subiendo por la nuca, la erección que ya no lograba ignorar presionando dolorosamente contra la tela del pantalón.
Mis manos fueron por instinto a su cintura, atrayéndola con más fuerza contra mí.
Sentí la curva delicada de sus costillas bajo los dedos, la respiración entrecortada que hacía subir y bajar su pecho contra el mío.
Soltó un gemido bajo, casi un ronroneo, cuando le mordí levemente el labio inferior y luego lo succioné, arrancándole un sonido que reverberó directo en mi bajo vientre.
Hannah deslizó las manos por dentro de mi abrigo, las uñas arañando levemente la camisa, subiendo hasta mi nuca, donde enredó los dedos en mi pelo y tiró, no con delicadeza, sino con la presión exacta que me hacía perder el resto del control.
Nuestros cuerpos encajaron como si los hubieran diseñado el uno para el otro: cadera contra cadera, pecho contra pecho, la fricción inevitable que nos hacía gemir a la vez.
Cuando nos separamos un segundo, solo para respirar, nuestros ojos se encontraron a pocos centímetros de distancia. Los suyos estaban oscuros, las pupilas dilatadas, las pestañas temblando. Había vulnerabilidad allí, pero también un hambre tan cruda que casi dolía mirarla.
Sin embargo, veía en sus ojos que algo iba mal. Fuera lo que fuera lo del trabajo, la había afectado, y la parte racional de mí no quería usar eso para aprovecharse, por mucho que mi cuerpo deseara cada centímetro de piel de aquella mujer.
—Te necesito —dijo, casi en un susurro—. Vamos a un sitio tranquilo.
—Tienes la cabeza en otra parte —respondí, apoyando la frente en la suya—. Te quiero entera. Te quiero pensando en mí, en lo que haremos juntos, no huyendo de otra cosa.
Me miró, sorprendida y aliviada al mismo tiempo.
—¿No vas a desaparecer? —preguntó, y parecía bastante preocupada.
Le pasé el pulgar por la mejilla, trazando la línea hasta los labios.
—No. Y, aunque te deseo entera, te quiero aquí. Conmigo.
Hannah sonrió, aceptándolo.
—Está bien.
La llevé a casa. Cuando paramos, me dio las gracias de nuevo, con una mirada que decía más que cualquier frase. Me quedé allí unos segundos después de que entrara, observando cómo se cerraba la puerta.
Aquella noche tuve la certeza de una cosa: no quería solo su cuerpo. Quería la atención. La elección. La presencia. Y eso, para alguien como yo, era el comienzo de algo demasiado grande para ignorarlo.