Capítulo 43
Cuando desperté esa mañana, no tenía la menor idea de lo que Matteo estaba planeando. Salió temprano y solo dijo que necesitaba “resolver unas cosas personales”, lo que, viniendo de él, podía significar cualquier cosa, desde comprar una bodega entera hasta derribar a otro competidor del mercado.
Pasé el resto de la mañana leyendo en el balcón, observando a Luca jugar con unos muñecos de acción que Matteo había traído a último momento, solo para complacerlo. Era tan extraño cómo ese hombre se transformaba cuando estaba cerca de mi hijo… más ligero, casi familiar. Todavía me sorprendía.
Cerca del mediodía, recibí un mensaje suyo en el celular.
Matteo:
Arréglate un poco. Nada extravagante. Quiero que estés bonita, para mí.
Ah, y a Luca también. Estoy enviando un chofer a buscarlos.
Rodé los ojos, pero no pude contener la sonrisa. Tenía algo en ese tono posesivo suyo que me derretía, aunque intentara mantener la compostura.
Cerré el libro sin siquiera marcar la página, sintiendo mi corazón acelerarse por razones que me negaba a admitir.
Pasé las horas siguientes arreglando a Luca, luego eligiendo y cambiándome de ropa al menos tres veces.
Al final, opté por algo sencillo, pero que él siempre elogiaba: un vestido claro que Matteo decía que combinaba con la manera en que yo lo miraba, como una invitación silenciosa.
En el auto, Luca no paraba de hablar sobre cuál podría ser la sorpresa, mientras yo intentaba controlar mis manos que insistían en apretar el celular sobre mis piernas. No importaba cuánto tiempo pasara, Matteo aún lograba ponerme así: nerviosa, curiosa y, en el fondo, peligrosamente feliz.
Cuando llegamos al hotel donde Matteo se alojaba, noté de inmediato que algo era diferente.
El vestíbulo ya era imponente por sí mismo, pero la planta que él había reservado parecía otro universo: al salir del ascensor, sentí el aroma fresco de lirios mezclado con el olor discreto del almuerzo que venía de la cocina.
Dentro del salón privado que Matteo había mandado preparar, había un enorme arreglo de lirios blancos sobre la mesa. Mis favoritos, aunque nunca se los había dicho en voz alta. No necesitaba preguntarle cómo lo sabía.
Matteo apareció desde un pasillo lateral, sin saco, con una camisa blanca y las mangas arremangadas hasta el antebrazo, el primer botón abierto, lo que solo lo hacía peligrosamente más atractivo. Luca corrió hacia él y Matteo se agachó en un gesto casi automático para despeinarle el cabello.
—¿Qué es todo esto? —pregunté, con el corazón latiendo rápido por razones que no comprendía del todo.
—Solo un almuerzo —dijo él, con esa sonrisa ladeada en la comisura de los labios—. Con algunas formalidades de más.
Alcé una ceja.
—¿Formalidades?
Antes de que pudiera responder, vi a una señora elegante con vestido claro y un portafolio negro en las manos, parada junto a la mesa. El estómago se me hundió. A su lado, para mi completa sorpresa, estaba mi madre, con una sonrisa emocionada y los ojos ya húmedos.
—¿Mamá? —susurré, confundida y con el pecho apretado.
Ella se acercó y tomó mis manos con cariño.
—Él me llamó, hija. Dijo que quería que yo estuviera aquí para ver el día más feliz de tu vida. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Y claro que no me perdería esto por nada.
Antes de que pudiera procesar todo, Matteo ya estaba a mi lado, sosteniendo mi mano con un gesto tan firme como cariñoso.
—Es la funcionaria del registro civil —dijo en voz baja, como si fuera lo más natural del mundo—. Trajo el registro aquí para ahorrarte nervios. Pensé que sería más íntimo. Más nuestro.
Por un segundo me quedé sin aire, intentando absorber el significado de aquello. Un registro civil. En un hotel . Matteo había literalmente contratado el servicio para casarse conmigo allí, rodeados de las personas que más importaban, lejos de los flashes y el ruido del mundo.
—¿Hablas en serio? —susurré, con la voz temblando.
Él levantó el mentón, con esa mirada que no admite dudas.
—Eres mía, Priscilla. Solo falta el papel que lo diga oficialmente. Quiero tu nombre junto al mío. Hoy.
Sus ojos estaban tan oscuros y sinceros que sentí un nudo subir por mi garganta. Luca, sin entender completamente el peso de eso, aplaudió y sonrió solo porque Matteo sonreía. Mi madre, a mi lado, apretó mis dedos en un apoyo silencioso.
Miré a mi hijo ( nuestro hijo , en tantos sentidos que Matteo ya había tomado para sí) y luego al hombre que un día destruyó todo, pero que ahora reconstruía cada pedazo de mi vida con una paciencia que nunca imaginé que tuviera.
Solté una risa temblorosa, ahogada por las lágrimas.
—Entonces… firmemos ese papel —dije, intentando sonar valiente—. Antes de que cambies de opinión.
Matteo soltó una risa baja, acercó su rostro al mío y susurró, con un acento tan marcado que se volvió casi una caricia:
—No va a pasar, piccola . Eres el contrato más importante que he firmado y el único que pretendo mantener para siempre.
Después de eso, me atrajo hacia un beso tranquilo, pero tan lleno de significado que sentí todo mi cuerpo calentarse, y supe, sin ninguna duda, que no importaba dónde el mundo intentara rompernos de nuevo. Con él, estaba segura.
El registro civil improvisado estaba tan silencioso que casi se podía escuchar mi corazón latir.
La oficial hojeaba algunos papeles con calma profesional, mientras yo intentaba controlar la respiración para no llorar antes de firmar nada.
Matteo permaneció a mi lado todo el tiempo, con su mano firme sobre la mía, acariciándome en un movimiento casi hipnótico.
Entonces él se levantó y vino justo frente a mí. Tomó mis manos en las suyas. Esas manos suyas grandes, cálidas, siempre lo suficientemente fuertes para protegerme del mundo. Pero en ese momento estaban ligeramente temblorosas. Fue la primera vez que vi a Matteo nervioso.
Me miró tan profundamente que sentí todo mi cuerpo calentarse. Luego, en un tono bajo, ronco, con el italiano saliendo cargado de su garganta, como si fuera el idioma que su corazón eligiera para decir lo que más importaba, murmuró:
— Voglio che sia per sempre. Voglio vederti firmare il mio cognome accanto al tuo.
La traducción vino a mi mente como una caricia: quiero que esto sea para siempre. Quiero verte firmar mi apellido junto al tuyo.
Un sollozo se me escapó antes de que pudiera contenerlo. Las lágrimas llegaron tan rápido que apenas pude parpadear para frenarlas. Me había preparado para todo en esta vida, menos para un Matteo Ferraro vulnerable, casi implorando tenerme de forma oficial.
—Matteo… —susurré, casi tartamudeando—. Yo…
Él sonrió, esa sonrisa ladeada que siempre me desarmaba, y apoyó la frente contra la mía.
—Shh, piccola . No necesitas decir nada. Solo firma. Lo demás déjamelo a mí.
La funcionaria carraspeó suavemente y empujó el papel hacia nosotros. Matteo firmó primero, con una línea firme y decidida, como todo en él. Luego me pasó el documento, con la mano todavía sobre la mía, guiándome. Cuando terminé, soltó un suspiro que sonó casi a alivio.
Luca, que observaba todo con los ojos muy abiertos, como quien sabe que eso es importante, corrió hacia nosotros con una cajita. Matteo había preparado eso sin decírmelo, un par de anillos hermosos de oro pulido. Luca me entregó el pequeño estuche con tanto cuidado que parecía llevar un tesoro.
—Toma, mamá —dijo, con una sonrisa tímida que me llenó el pecho de amor—. Para ti y para papá.
Me arrodillé y lo abracé fuerte, aspirando ese olor a infancia feliz que siempre prometí proteger. Cuando miré a Matteo, él ya sostenía el anillo, listo.
—Tú eres mi hogar, Priscilla. Tú y Luca. —Su voz bajó, cargada con ese acento rasgado por la emoción—. Y te prometo darte el mundo, o incendiarlo por ti, si es necesario.
Sentí el anillo deslizarse en mi dedo y, en ese instante, todo dentro de mí pareció encajar. Estaba donde debía estar. Después de tanto miedo, de tantos caminos torcidos, finalmente estaba allí.
Puse el otro anillo en su dedo, con los ojos tan mojados que la imagen se volvió borrosa.
Pero no importaba. Lo esencial lo podía sentir.
Matteo llevó mi mano hasta sus labios y depositó un beso largo sobre la alianza, con la mirada clavada en la mía como si sellara un pacto que ni el tiempo podría romper.
La funcionaria entonces anunció algo que casi no escuché porque mi corazón latía tan fuerte que ahogaba todo lo demás.
—Ahora están oficialmente casados.
Mi madre se llevó las manos a la boca, con los ojos brillando de orgullo y felicidad.
Luca aplaudió, sonriendo tan grande que fue imposible no reírme con él, aunque llorara.
Matteo me acercó para darme un beso tranquilo, profundo, sin prisa, y en ese beso sentí, finalmente, que el para siempre no era solo un cliché. Era real y acababa de comenzar.
La noche cayó lentamente sobre nosotros, trayendo ese silencio bueno que solo existe cuando Luca ya duerme, la ciudad afuera era solo un borrón de luces lejanas, y el mundo entero parecía contener el aliento para darnos ese momento.
***
Estábamos en la habitación, Matteo recostado en la cabecera con las piernas abiertas, y yo entre ellas, acostada de lado con la cabeza sobre su pecho. Él acariciaba mi brazo con sus dedos de manera distraída, pero tan constante que cada caricia encendía pequeños puntos calientes en mi piel.
—¿Sabes en qué estuve pensando hoy? —murmuré, con la voz ronca por el cansancio y las emociones del día.
—¿Que tienes suerte de haberte casado conmigo? —bromeó, con el acento cargado de pereza y ese humor contenido que solo aparece cuando estamos solos.
Le di una palmada suave en el abdomen, pero terminé riendo bajito. Suspiré, cerrando los ojos.
—Estuve pensando en lo aterrador que es… amar tanto a alguien. A ti, a Luca... Es como si mi corazón fuera un regalo que les entregué sin manual ni seguro. —Hice una pausa, tragando seco—. Pero no puedo imaginar otra forma de vivir.
Matteo guardó silencio por un segundo que pareció más largo de lo que fue. Luego, sujetó mi mentón, levantó mi rostro y me obligó a mirarlo. Su mirada estaba tan oscura e intensa que me estremeció por completo.
—No tienes que tener miedo. Te lo dije hoy, y lo repetiré hasta que entre en tu cabeza testaruda: voglio che sia per sempre , quiero que sea para siempre. —Apoyó su frente en la mía—. Y si depende de mí, así será.
Antes de que pudiera responder, me besó. Fue un beso lento, profundo, sin esa urgencia voraz de otras veces. Matteo me besaba como quien tiene toda la vida para devorarme poco a poco, y quizá eso era justo lo que quería.
Cuando me atrajo para quedar encima de él, mi cuerpo reaccionó por sí solo, encajándose sin dificultad. Sus manos bajaron por mi cintura, metiéndose bajo la camiseta fina hasta encontrar mi piel desnuda. Me arqueé contra el toque, dejando escapar un gemido bajo.
—Eres demasiado hermosa así —murmuró, con la voz ronca por el deseo, pero cargada de algo más tierno, casi vulnerable.
Me moví despacio, ajustándome a su cadera, y sentí cuando se puso completamente duro debajo mío. Nuestras miradas se encontraron y se quedaron atrapadas ahí. El mundo podría derrumbarse alrededor de la cama y yo no podría mirar a otro lado.
Cuando me incliné para meterme su verga adentro, el movimiento fue tan lento, tan intencional, que sentí cada centímetro.
Matteo soltó un gemido bajo y grave, sostuvo firme mis caderas, pero no marcó el ritmo.
No esta vez. Me dejó guiar, quedándose allí, mirándome como si quisiera guardar cada detalle de mi rostro.
Comencé a moverme en una danza tranquila, alternando entre subir y bajar con círculos lentos que me hacían morderme el labio.
Matteo no apartaba la mirada de la mía. En un momento llevó la mano a mi pecho, apretando suavemente, y luego subió para sostener mi cuello, no con fuerza, sino como si quisiera anclarme ahí.
—Mírame —ordenó en voz baja, casi quebrándose—. Quiero ver tu rostro cuando gimas.
Mordí el labio con más fuerza, sintiendo mi cuerpo arder y estremecerse bajo su toque. Seguí moviéndome hasta que no pude más, hasta que un calor dulce explotó en mi vientre y se extendió por mis piernas. Jadeé fuerte, sin vergüenza de gemir su nombre como si fuera una oración.
Él me tiró hacia abajo, me besó con fuerza, y pronto sentí su cuerpo tensarse, hundiéndose profundo hasta deshacerse en un gemido ronco contra mi boca. Quedamos así, unidos, pegados, respirando el mismo aire, con su corazón latiendo acelerado bajo la palma de mi mano.
Cuando todo finalmente se calmó, rozó mi mejilla con su nariz y susurró en un italiano bajo, casi inaudible:
— Mia moglie. Per sempre [17] .
Cerré los ojos y sonreí, sabiendo que ese “ per sempre ” no me daba miedo, al contrario, me hacía querer el infinito solo para vivirlo más veces.