El Highlander más codiciado (Los indomables Kincaid 7) Capítulo 9
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Capítulo 9

A ilsa sonrió con dulzura al coger el pequeño paño que le tendían. El gran trozo de pan que había dentro aún estaba caliente. Lo sujetó con la mano y esperó mientras cada persona del gran círculo recibía su bocado y su bebida.

Lanzó una rápida mirada a Tavish, que estaba sentado frente a ella, mientras él se bebía el contenido de la taza, dándose cuenta de que no era cerveza, ni siquiera hidromiel, sino agua.

Tenía que admitir que estaba impresionada.

Su única muestra de descontento fue el breve instante en que se dio cuenta.

Luego entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa que casi parecía sincera.

Habían pasado cuatro días desde su pelea, y Ailsa nunca habría imaginado que aquel sería el escenario de su primer encuentro. Ni siquiera estaba segura aún de cómo la habían engañado para que viniera. Era la cita semanal de Maegan: aguantar el círculo social de las viudas.

Maegan no era viuda, pero su abuela había sido miembro fiel del círculo desde antes de que Maegan naciera.

Y después de que murieran los padres de Maegan y ella se fuera a vivir con su abuela, Maegan la acompañaba obedientemente cada semana para escuchar a las mujeres mayores del clan charlar mientras cosían.

Le encantaba y había seguido acudiendo incluso después de que su abuela falleciera.

Hasta aquella semana, Ailsa siempre había encontrado la manera de escapar, pero ayer finalmente había sucumbido a la presión de su amiga.

Y entonces Maegan tuvo el descaro de ni siquiera aparecer.

Tavish levantó el pan en señal de reconocimiento, con su sonrisa vacía congelada en el rostro. Ailsa frunció los labios en una expresión similar.

—Estamos muy contentas de que se hayan unido a nosotras esta semana —comentó la señora a su izquierda, con voz cálida y amable.

—Sí —añadió una voz quebrada procedente de alguien a su derecha.

—Normalmente solo cosemos, pero hoy, como tenemos invitados especiales, hemos decidido tomar un tentempié primero —dijo otra mujer un par de sillas más allá.

Tenía el pelo gris recogido en una sola trenza. Su rostro estaba arrugado, pero Ailsa se dio cuenta de que se debía a sonreír en exceso. La mujer señaló su pan.

—Pruébalo —indicó asintiendo con la cabeza—. Es de Almeda. Nadie hace un pan más delicioso.

Ailsa le dio un mordisco y tuvo que reconocer que estaba muy bueno.

La mujer, radiante de orgullo, que debía de ser Almeda, estaba sentada junto a Tavish, a su izquierda. Era corpulenta, con mejillas redondas y unos ojos pequeños y de un azul brillante que, a pesar de su edad, seguían pareciendo jóvenes y vivaces.

La mirada de Ailsa se posó en Tavish y se entrecerró.

¿Qué hacía él allí? No podía imaginar que hiciera aquel tipo de cosas a menudo.

Nunca había oído a Maegan mencionar su asistencia al círculo, y simplemente no estaba en su naturaleza sentarse pacientemente y escuchar mientras las ancianas parloteaban sobre cosas que no le interesaban.

Al ver su mirada inquisitiva, Tavish arqueó una ceja y luego dio un gran bocado. Un segundo después, se volvió y comentó:

—Excelente, Almeda. Incluso Fiona envidiaría tu habilidad.

Esto provocó risitas entre varias de las mujeres.

—Por favor, discúlpanos, querida Ailsa —dijo la mujer a su izquierda—, pero estamos muy emocionadas de tener a Tavish con nosotras.

Y como si supiera que Ailsa necesitaba más explicaciones, añadió:

—Llevamos años pidiéndole que viniera, pero hasta hoy se había negado.

Tavish bebió un sorbo de agua.

—Parece que mi pequeña sobrina también pensó que ya era hora de que viniera, Gavina.

Ailsa arrancó un trocito de pan y se lo metió en la boca, contenta de tener algo que le ayudara a disimular su expresión de sorpresa.

Se preguntó cómo habría convencido Bonny a Tavish para que viniera aquel día.

Podría preguntárselo, pero para tener siete años, Bonny era increíblemente lista y evasiva cuando quería.

Tendría más éxito preguntándole a Maegan, cosa que pensaba hacer justo después de regañarla por dejarla sola con un montón de desconocidos.

—Nos da mucha pena saber que nos vas a dejar en primavera. ¿Qué vamos a hacer?

La pregunta vino de una mujer delgada que parecía increíblemente frágil. Ailsa temía que una ráfaga de viento la derribara y se preguntaba cómo era capaz la anciana de sobrevivir a los fríos inviernos.

—Vamos, Leane, no tienes por qué preocuparte —respondió Tavish—. Me aseguraré de que alguien de la guardia de Lachlan dé un paso al frente y continúe cuando yo me vaya.

La mujer sentada a su izquierda se inclinó hacia ella y le dijo en un susurro alto:

—Hace unos años, las viudas empezamos a encontrar carne en nuestra puerta.

Nada muy grande, normalmente un pájaro o un conejo, pero del tamaño perfecto para que pudiéramos prepararlo y comérnoslo sin que sobrara nada que se echara a perder.

Durante meses intentamos averiguar quién era, pero no fue hasta que Tavish —un dedo largo lo señaló— se marchó varias veces a lo largo de un verano para visitar algunas abadías con el padre Lanaghly, que descubrimos su secreto.

Verás, cada vez que se marchaba, la carne dejaba de aparecer.

Al darse cuenta de que Tavish la estaba escuchando, al igual que todos los demás, alzó la voz.

—Y fue entonces cuando supimos quién era nuestro ángel.

A Ailsa se le había ido abriendo la boca cada vez más a medida que se contaba la historia. Cuando terminó, levantó la mirada atónita hacia Tavish, pero él miraba hacia otro lado.

Dos horas más tarde, Ailsa se sorprendió al darse cuenta de que se lo estaba pasando bien.

Cada mujer les había deleitado con su propia historia de amor y, al terminar, habían deseado que Tavish también encontrara a alguien que lo apreciara, como lo habían hecho sus hermanos.

Algunas compartieron anécdotas sobre sus hijos, la mayoría de los cuales ya eran adultos, pero vivían cerca.

Una vez que se acabó el pan, Ailsa observó cómo las mujeres sacaban sus labores de costura y se alegró de que Maegan le hubiera sugerido que trajera el dibujo que había empezado a esbozar para tener algo que hacer.

Solo dos mujeres trabajaban en la misma pieza, uniendo dos trozos de tela para hacer una manta más gruesa y cálida.

La mayoría estaba haciendo remiendos, y otra estaba confeccionando un nuevo leine para que su hijo lo llevara durante las próximas festividades.

—Tavish, jovencito, ¿podrías ayudarme a enhebrar esta aguja? —preguntó Almeda, entregándole un poco de hilo.

Él tomó la aguja y el hilo en la mano y con destreza introdujo la fibra por el pequeño agujero.

—Tapadh le at —dijo ella cuando Tavish se lo devolvió—. Esperaba que pudieras hacerme un último favor.

Ailsa observó cómo él arqueaba una ceja al volverse hacia Almeda. Parecía que estaba de acuerdo, pero Ailsa se dio cuenta de que aún no se había comprometido del todo.

—Tu hermano Keir me encontró el cachorro más adorable cuando vivía aquí.

—Era un hombre tan encantador —suspiró Gavina y luego acarició la mano de Ailsa con un dedo suave—. Aunque no tan dulce como nuestro Tavish.

—Piegi acaba de fallecer —continuó Almeda— y esperaba que pudieras encontrarme otro.

Por fin Tavish miró hacia Ailsa, pillándola observándolo fijamente. Le guiñó un ojo triunfante y luego aseguró:

—Por supuesto. Estaría encantado.

Ailsa estuvo a punto de soltar una risita burlona, pero se la tragó justo a tiempo.

Tavish, encantado de encontrar un cachorro.

Tavish, ansioso por enhebrar agujas. Tavish, alimentando a viudas.

El hombre sentado frente a ella podía parecerse a Tavish.

Puede que incluso tuviera su nombre y su voz, pero desde luego no era Tavish.

—Eres tan amable.

Almeda le apretó un poco la mano.

Tavish tosió en su otra mano, lo que hizo que Ailsa levantara la vista.

En cuanto lo hizo, él captó su mirada, y fue entonces cuando ella lo supo.

Sí, algunas de sus acciones demostraban que era caritativo, pero todo lo que había dicho y hecho aquella tarde había sido para demostrarle que ella estaba equivocada.

—Creo que algunos podrían no estar de acuerdo contigo —comentó él—. Vaya, precisamente esta semana me han dicho que una de las cosas de las que no era capaz era de ser bondadoso.

Esto provocó risitas en el grupo, ya que supusieron que solo les estaba tomando el pelo.

—Qué tontería —dijo Leane, clavando la aguja en el grueso tejido con más fuerza de la que parecía posible dada su frágil complexión—.

Vaya, fue justo ayer cuando un chavito —ya sabes, el hijo de Rona— te estaba dando la lata para que le enseñaras a luchar con la espada.

Le he oído preguntárselo a otros soldados, pero le dijeron que no tenían tiempo.

—O que era demasiado pequeño —comentó otra.

—Sí, pero nuestro Tavish se detuvo y le enseñó algunas formas de hacer frente a las burlas de otro niño que era más grande y más fuerte. Le alegró el día a ese chico.

—Mi nieta es tu doncella y cree que eres el hombre más amable que conoce —comentó Almeda, con sus mejillas regordetas sonrojándose.

Tavish echó la cabeza hacia atrás, y Ailsa se dio cuenta de que incluso él se había sorprendido ante eso. Ella había visto su habitación, y estaba hecha un desastre. Y aunque no lo sabía con certeza, su instinto le decía que aquel era su estado habitual.

—Yo, eh, debo decir que estoy sorprendido —logró soltar Tavish al fin.

—Siempre que la ves cargando una cesta de ropa y sábanas, te detienes y se la llevas el resto del camino. Nunca le gritas que limpie la escalera, y solo le pides que te ayude con tus aposentos un par de veces al mes. Ella considera una bendición trabajar para ti y se entristecerá al verte marchar.

Tavish se humedeció los labios y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Se recostó, cruzó las piernas por los tobillos y le lanzó a Ailsa una amplia sonrisa de «¿qué te parece?».

—Y luego está la pequeña Bonny —dijo la mujer sentada a la derecha de Tavish, sumándose por fin a la conversación.