El Highlander más codiciado (Los indomables Kincaid 7) Capítulo 4
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Capítulo 4

- A ilsa, parece que vas a estar con nosotros más de unas pocas semanas —anunció Lachlan durante la cena, tres semanas después—.

Hoy he recibido noticias de mi hermano Niall, que vive en las Tierras Bajas.

Ha preguntado a los vecinos por tu padre y parece que muchos lo conocen y que cae muy bien.

Por desgracia, Niall también se ha enterado de que tu padre ya se ha marchado a España y no se espera que regrese a Escocia hasta principios de primavera.

Aunque de alguna manera tu mensaje le llegara y él regresara de inmediato, el invierno ya se habría instalado, lo que le impediría viajar hacia el norte salvo a pie o a caballo.

Ailsa sacudió la cabeza.

—Papá nunca dejaría atrás su carreta. Es su vida. Contiene todo lo que posee.

—Y no debería hacerlo —añadió Annora inclinándose para darle un apretón en la mano a Ailsa—. Nos encanta tenerte aquí con nosotros. Nuestros hijos te adoran, y tú y Maegan os estáis haciendo muy buenas amigas. Por favor, dime que esta noticia no te ha caído del todo mal.

—Siento que papá no haya podido venir antes, pero mentiría si dijera que no estoy disfrutando de estar aquí.

En realidad, a Ailsa le había preocupado al principio quedarse en un castillo donde no conocía a nadie, pero tras unas pocas semanas dudaba de que hubiera un lugar mejor en el mundo para pasar el invierno.

—Muchas gracias por la invitación. Sé que mi presencia fue inesperada y prometo marcharme tan pronto como papá llegue en primavera.

—Todo el mundo se va en primavera —dijo Brenna haciendo pucheros—. No quedará nadie. ¿Por qué no podemos irnos también?

Maegan se inclinó y le hizo cosquillas hasta que gritó.

—Yo seguiré aquí, al igual que Ruairí, Aileen, Gideon y todos tus amigos. Además, la primavera queda muy lejos. Antes de eso vendrán las fiestas navideñas y todas las celebraciones.

—¡No se me había ocurrido! —exclamó Brenna—. Espera a vivir la Noche de Reyes en nuestro castillo, Ailsa. ¡Es lo mejor!

Ailsa le devolvió la contagiosa sonrisa.

—Suena emocionante. Nos mudábamos tanto cuando era joven que nunca llegué a participar en grandes fiestas y celebraciones. Esta será la primera vez para mí.

—¿Nunca has vivido la Navidad y todas las fiestas que vienen después?

—preguntó Annora, asombrada—. Vaya, tendré que asegurarme de que esta sea la mejor celebración de la Epifanía que se haya tenido jamás en el castillo de Kincaid.

Mañana les diré a Maelis y a Meriel que este año seremos nosotros los anfitriones y…

¡una shìorraidh! Ya casi es diciembre. Quizá tengamos que empezar a planificarlo esta noche, Aileen —le dijo a su amiga, que asintió.

—No vas a empezar a planear nada esta noche, ni mañana, ni siquiera esta semana —refunfuñó Lachlan—. Faltan más de un mes para Navidad y Fallon tiene otras cosas en las que pensar para prepararse para el invierno.

—Está bien, está bien —dijo Annora fingiendo estar de acuerdo—.

Durante las próximas dos semanas, cualquier planificación que hagamos no te afectará ni a ti ni a nuestro atareado mayordomo.

Tampoco te haré sufrir escuchándome divagar sobre ello.

Pero sí empezaré los preparativos, así que será mejor que lo aceptes ya.

Lachlan se pasó la mano por la cara, sabiendo que discutir no serviría de nada.

—¿Te has instalado lo suficiente como para una estancia prolongada? —preguntó, volviendo su atención hacia Ailsa.

A Ailsa le encantaban sus aposentos y sabía que quedarse en aquel amplio espacio hasta que su padre pudiera venir a buscarla no iba a ser un problema. La habitación era diáfana y tenía mucha luz, nada que ver con la cabaña oscura y agobiante en la que había vivido durante años.

El único problema con respecto a una estancia prolongada eran sus libros.

A pesar de lo que pensara Tavish, sí que los leía y estaba estudiando activamente algunas de las revistas que su hermana había conseguido de alguna manera durante el último año.

Ailsa quería tenerlos a mano, no guardados bajo llave en pesados baúles.

Sin embargo, mencionar su necesidad no era una opción, pues sabía cuál sería la respuesta: ponerlos en la habitación de Tavish, que estaba repleta de estanterías hechas específicamente para ese tipo de objetos.

O, peor aún, Lachlan le pediría a Tavish que construyera estanterías para su habitación.

Ninguna de las dos soluciones era aceptable. Cualquier cosa que implicara a Tavish era completamente intolerable en todos los sentidos.

En las últimas dos semanas, el hombre había dejado muy claro que no quería saber nada de ella, y Ailsa no iba a hacer nada que le obligara siquiera a mirar en su dirección.

Llevaba ignorándola desde la mañana siguiente a su llegada.

Al principio, ella había pensado que se lo estaba imaginando, pero luego a Brenna se le había escapado que lo había oído hablar con Ruairí.

Tenía razón. Tavish había estado evitando intencionadamente situaciones, lugares, incluso comidas, solo para no tener que estar en su compañía.

Le dolió descubrir que se había equivocado tanto con él.

Había pensado que su incipiente relación era especial y que ella era una de las pocas mujeres que había sido capaz de traspasar su actitud brusca para ver al hombre que había debajo.

Había sido una tonta. Afortunadamente, nunca había compartido sus creencias erróneas con nadie y había sido capaz de actuar de forma convincente como si la indiferencia de Tavish no le preocupara en absoluto.

En cambio, Ailsa había decidido que la indiferencia era una idea excelente y, de forma deliberada, también comenzó a ignorarlo.

En la mayoría de las comidas, Tavish estaba en otro lugar, pero las noches en que cenaban en el salón inferior con los soldados de guardia en el castillo, o en noches como esta en que Annora invitaba a sus amigos íntimos, Tavish se veía obligado a unirse a ellos.

Y cada vez, Ailsa actuaba como si él no estuviera allí.

Mantenía conversaciones, se reía y sonreía con quienes se sentaban a ambos lados de él, pero ¿y con el propio Tavish?

Nunca le dirigía la mirada. Ni una sola vez.

Probablemente por eso había llamado tanto la atención.

Pero en lugar de sentirse molesta por su disputa silenciosa, Annora había elogiado verbalmente la fuerza de carácter de Ailsa.

Había dicho que solo unas pocas mujeres podían ver más allá del encanto y los hoyuelos de Tavish para descubrir al hombre egoísta que había debajo sin salir heridas primero.

Ailsa se había sentido como una farsante. No era diferente de esas otras mujeres. Peor aún, les tenía envidia. Al menos ellas habían podido experimentar lo que era besar a Tavish antes de que se produjera el desprecio mutuo.

—Creo que Ailsa necesita estanterías, papá, para sus libros.

Ailsa arqueó las cejas y miró fijamente a Bonny, que estaba sentada frente a ella.

Annora miró a su hija y luego a Ailsa.

—Nunca se me había ocurrido. Tienes razón, Bonny. Ailsa debe tener un lugar donde guardar sus cosas si va a estar aquí varios meses.

—Y —añadió Bonny, esta vez con una sonrisa pícara y cómplice— el tío Tavish es el mejor para hacerlas, ya que fue él quien construyó las estanterías de su habitación.

Lachlan agitó el tenedor hacia su hija.

—Gran idea, BonBon. ¿Qué te parece, Ailsa? ¿Necesitas estantes?

Ailsa miró a Bonny con severidad, pero la niña se negó a sentirse avergonzada. En cambio, Bonny le guiñó un ojo, sin dejar lugar a dudas de que había creado intencionadamente una situación que obligaría a Ailsa y a Tavish a interactuar.

Los hermanos gemelos mayores de Bonny podían ser muy divertidos y Brenna era, sin duda, una espía consumada, pero cada vez más Ailsa se daba cuenta de que Bonny era la más astuta de las dos, a pesar de ser la más joven.

Su capacidad para percibir la verdad detrás de una mirada o una acción era asombrosa, una habilidad que solo se volvería más precisa con la edad.

Y observaba cualquier cosa o persona relacionada con Tavish.

Ailsa no tenía ninguna duda de que los evidentes esfuerzos de ella y Tavish por ignorarse mutuamente habían llevado a Bonny a creer que había algo mucho más que desinterés alimentando su extraño comportamiento.

Desde luego, no ayudaba que Bonny hubiera oído a Ailsa admitir que quería besar a su tío y, a pesar de sus mejores esfuerzos, Ailsa no había convencido ni a Brenna ni a Bonny de que solo estaba bromeando.

Ailsa se volvió hacia Tavish y se sorprendió al ver que no solo la miraba directamente, sino que además sonreía.

No era su habitual sonrisa encantadora, la que solía usar para seducir a las mujeres, sino una sonrisa de satisfacción.

Sus ojos azules brillaban como si supiera que Ailsa nunca aceptaría.

Una lenta sonrisa se dibujó en los suaves labios de Ailsa.

El brillo de Tavish se desvaneció y fue sustituido por incomodidad.

Ella arqueó una ceja y se debatió entre aceptar o no su desafío. Tavish mantuvo su mirada hasta que ella se volvió hacia Lachlan y dijo:

—Gracias por la oferta, y creo que la aceptaré. Porque tienes razón, Bonny —añadió, mirando a la niña de siete años que sonreía—, no hay nadie mejor para construir mis estanterías que tu tío. Sobre todo porque voy a ser muy exigente con su resistencia, tamaño y ubicación.

Bonny le dio un codazo a Brenna, susurrando lo bastante alto como para que toda la mesa la oyera:

—¿Ves? Te dije que funcionaría.

Brenna se inclinó entonces y se llevó la mano a la oreja de Bonny.

—Todavía no, pero lo hará.

—¿Cuál estás mirando ahora? —le preguntó Ailsa a Brenna, que estaba tumbada en su cama hojeando uno de sus libros encuadernados.

—Uno muy interesante —respondió la niña—. Bonny nunca dijo que estas cosas tuvieran ilustraciones. Siempre pensé que solo estaban llenas de palabras aburridas.

Eso llamó la atención de Ailsa, que dejó a un lado el vestido nuevo que Maegan le había dejado para poder ver exactamente qué había cogido Brenna.