El hermano millonario de mi mejor amigo 7 ARROZ SIN COARTADA #3
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7 ARROZ SIN COARTADA #3

El Lyft llegó en seis minutos. Noah abrazó a Ryan en la puerta, rápido pero fuerte.

—Gracias por venir.

La frase era demasiado parecida al mensaje del brunch. Ryan sintió que algo se cerraba en el pecho.

—Gracias por amenazarme con Maya.

—Herramientas adecuadas para materiales difíciles.

Luego Noah abrazó a Daniel. No hubo espectáculo. Solo el brazo de Daniel alrededor de los hombros de Noah, la mano en la nuca un segundo, la forma en que Noah se permitió ser más pequeño sin parecer menos adulto. Ryan miró el felpudo porque mirar directamente aquello se sentía invasivo.

Noah se fue.

La puerta se cerró.

El apartamento cambió.

No de tamaño. De presión.

Ryan se quedó de pie junto a la mesa, con la chaqueta en la mano y el cuerpo lleno de instrucciones incompatibles. Irse. Hablar. Besarlo. Gritarle. Darle las gracias. Decirle que Noah confiaba en ellos y que eso era exactamente lo que hacía todo más sucio.

Daniel no se movió hacia él.

Bien.

Mal.

—Puedo llamar otro Lyft —dijo Daniel.

Ryan soltó una risa breve.

—¿Siempre gestionas salidas de emergencia?

—Cuando hay fuego.

—¿Hay fuego?

Daniel lo miró.

—Sí.

La palabra no tuvo dramatismo. Ese fue el problema. Daniel no estaba seduciendo, ni empujando, ni haciendo de adulto razonable. Estaba nombrando un hecho.

Ryan se puso la chaqueta despacio.

—La cena no arregla nada.

—Lo sé.

—Servirme menos picante tampoco.

Daniel bajó la mirada un instante.

—No lo hice para arreglar nada.

—Entonces ¿por qué?

Daniel metió las manos en los bolsillos de la sudadera.

La imagen era absurda después del traje de la historia. El mismo hombre. Otro mapa. Ryan no sabía cuál era más peligroso.

—Porque lo vi —dijo Daniel.

Ryan tragó.

—Eso no es una respuesta segura.

—No.

El silencio que siguió fue demasiado largo para una habitación donde todavía olía a arroz.

Ryan miró hacia la cocina. Tres cuencos secándose.

Mandarinas en un plato. La silla coja. La manta de Noah en el sofá.

Pruebas de una vida que Daniel no había comprado para impresionar a nadie.

Eso le daba rabia. Le habría resultado más fácil si el hogar de Daniel fuera frío, caro, vacío.

Una extensión de Nob Hill. Una superficie donde Ryan pudiera apoyar su juicio sin que se moviera.

Pero no.

Era arroz, mandos, manta, una silla que Daniel no arreglaba porque funcionaba lo suficiente, Noah entrando y saliendo como si todavía pudiera permitirse confiar.

Ryan dijo:

—No puedo decidir qué hacer contigo en una casa donde Noah deja su manta.

Daniel acusó el golpe sin teatralidad.

—Eso es justo.

—No digas “justo” como si fueras un juez de ti mismo.

—De acuerdo.

—Tampoco digas “de acuerdo” como si eso resolviera algo.

Daniel respiró despacio.

—No sé qué decir que no empeore esto.

Ryan se rió una vez, seco.

—Bienvenido al club.

Se dirigió a la puerta. Daniel no lo siguió. Eso también importó. No debería. Importó.

Con la mano en el pomo, Ryan se detuvo.

—La comida estaba buena de verdad.

Daniel lo miró desde la sala.

—Lo sé.

Ryan entrecerró los ojos.

—Tu modestia es inspiradora.

—No era modestia. Te vi repetir arroz.

Ryan quiso sonreír. O romper algo. Eligió abrir la puerta.

El pasillo estaba frío y olía a detergente barato. Desde algún apartamento llegó el sonido de una televisión y una risa enlatada. San Francisco, siempre dispuesto a recordarle que ningún drama personal merecía suspender la vida de los demás.

—Ryan —dijo Daniel.

Ryan no se giró del todo.

—¿Qué?

Daniel se quedó junto a la mesa, sin cruzar la distancia.

—No voy a hablar con Noah sin ti. Pero tampoco voy a esconderme detrás de ti.

Ryan apretó el pomo.

Era una frase mejor que las anteriores. No suficiente. Mejor.

—Todavía no sabes si eso es verdad —dijo.

Daniel asintió.

—No.

Otra honestidad pequeña. Molesta.

Ryan salió.

Bajó las escaleras con el calor de la cena en el cuerpo y la culpa en la boca. Afuera, Richmond estaba mojado y oscuro. La niebla hacía que las farolas parecieran errores de exposición. Sacó el móvil para mirar el Muni. Doce minutos. Por supuesto.

Tenía un mensaje de Noah.

Llegué bien. Brandon me dio té porque dice que parezco mapache con ansiedad. Me siento atacado y cortejado.

Ryan sonrió a pesar de todo.

Escribió:

Es cita. No muerdas al enfermero.

Noah:

No prometo nada. Gracias por venir hoy. En serio.

Ryan miró la ventana iluminada del tercer piso. No sabía cuál era la de Daniel. Eso no impidió que mirara.

Escribió:

También en serio.

Lo envió.

Luego, antes de poder diseñar una excusa, abrió el chat con Daniel.

El cursor esperó.

Ryan escribió:

No era un bug lo de la comida.

Lo leyó.

Demasiado íntimo.

Demasiado raro.

Demasiado cierto.

Lo borró.

La 38 apareció al fondo, luces amarillas en la niebla.

Ryan guardó el teléfono sin escribir.

Subió al bus.

Mientras Richmond se deslizaba por la ventana, con restaurantes cerrando y gente caminando encogida bajo chaquetas húmedas, Ryan apoyó la frente en el cristal frío y tuvo que admitir algo que no pensaba decirle a nadie.

No quería que Daniel dejara de verlo. Quería que verlo no costara tanto.