El hermano millonario de mi mejor amigo 5 PARCHE TEMPORAL #2
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5 PARCHE TEMPORAL #2

La fiesta estaba en un tercer piso de Mission, encima de un local de reparación de móviles y una tienda de vestidos de quinceañera con maniquíes iluminados como fantasmas.

El ascensor no funcionaba; por supuesto que no.

Subieron tres tramos por una escalera que olía a polvo, cerveza y cables calientes.

En la puerta, alguien había pegado una hoja impresa: QUEER HARDWARE NIGHT / NO FOUNDERS PITCHING AFTER 10 PM / CONSENT ALSO APPLIES TO TOUCHING OTHER PEOPLE’S PROJECTS.

—Bonito —dijo Maya.

—Lo de founders pitching debería ser ley federal.

Dentro había demasiada gente y demasiadas placas electrónicas sobre mesas plegables.

Luces LED parpadeaban en prototipos que no tenían derecho a estar cerca de bebidas.

Una persona con arnés fluorescente soldaba algo junto a una ventana abierta mientras otra gritaba que eso violaba al menos tres códigos.

En un rincón, alguien proyectaba un visualizador de datos de Muni en una pared descascarillada.

La música era bass demasiado bajo para bailar y demasiado alto para pensar, es decir, diseñada por alguien con trauma de coworking.

Ryan respiró mejor de lo esperado.

Ese tipo de caos sí lo entendía. Objetos, cables, chistes técnicos, cuerpos que no exigían relato emocional inmediato. Comunidad con superficies de trabajo. Un ecosistema peligroso pero documentable.

Maya desapareció a los cinco minutos porque vio a Priya —no la productora de Fogline, otra Priya, según aclaró con un gesto de “San Francisco tiene tres nombres por industria”— discutiendo sobre seguridad digital con una chica de Oakland.

Ryan aceptó una cerveza tibia y se acercó a una mesa donde un microdrone del tamaño de una mano intentaba elevarse y fracasaba con dignidad.

—Centro de masa adelantado —dijo sin pensar.

El chico que lo sujetaba levantó la vista.

Era guapo de una forma fácil: piel morena, pelo rizado, camiseta sin mangas bajo una camisa abierta, brazos con tatuajes de constelaciones que parecían recién hechos. Treinta, quizá. O veintiséis con buena hidratación. Sonrió como si Ryan hubiera dicho algo encantador y no una observación obvia.

—¿Eso ha sido crítica o coqueteo?

Ryan bebió cerveza.

—En mi experiencia, la diferencia depende de la autoestima del receptor.

El chico rio.

Buena risa. Cálida. Disponible.

—Eli —dijo, ofreciendo una mano.

—Ryan.

La mano de Eli estaba manchada de flux. A Ryan le gustó. Una marca de utilidad. No pensó en las manos de Daniel.

Pensar eso era, por supuesto, pensar en las manos de Daniel.

Mal.

—¿Sabes de drones? —preguntó Eli.

—Sé de cosas que deberían volar y de por qué deciden no hacerlo.

—Eso suena personal.

—Todo fallo de diseño es personal si eres lo bastante arrogante.

Eli sonrió más.

—Me gustan los arrogantes útiles.

Ryan pudo trabajar con eso. La conversación entró en terreno seguro: propulsión, baterías, materiales baratos, la estupidez colectiva de confiar en componentes comprados a las tres de la mañana.

Eli tenía humor, ritmo y una forma de inclinarse que indicaba interés sin convertirlo en invasión.

Ryan corrigió una hélice mal montada. El drone subió ocho centímetros antes de estrellarse contra un paquete de papas.

Eli aplaudió.

—Mejoró.

—Murió a mayor altitud. Progreso capitalista.

—¿Quieres verlo desde la azotea? Hay menos gente. Y más viento, que probablemente arruine todo.

Era una invitación limpia. Fácil.

Ryan miró hacia el otro lado de la sala. Maya estaba sentada en el brazo de un sofá, hablando con dos mujeres y gesticulando con una botella de kombucha alcohólica como si dictara sentencia. No lo vigilaba.

O fingía no vigilarlo, que era peor.

—Claro —dijo Ryan.

La azotea tenía una vista funcional y nada romántica: respiraderos, grava, barandilla dudosa, una hilera de edificios bajos, el resplandor de Mission mezclado con niebla, el ruido amortiguado de la calle.

Al oeste, la ciudad desaparecía en gris.

Al este, una grúa se recortaba contra luces de oficinas donde alguien seguía trabajando porque la industria tecnológica había confundido explotación con pasión.

Eli dejó el drone sobre una caja de leche invertida.

—No creo que sobreviva.

—Nadie en esta ciudad sobrevive sin control de renta o negación.

Eli rio otra vez. Se acercó. No demasiado.

—¿Siempre hablas así?

—Solo cuando estoy despierto.

—¿Y dormido?

Ryan pensó en Daniel en su cama, despierto antes que él. Daniel viendo la foto. Daniel sabiendo.

—Soy peor dormido.

Eli lo observó.

—Me cuesta creerlo.

Ryan debería besarlo.

La idea apareció con claridad técnica. Eli era guapo.

Eli estaba interesado. Eli no conocía a Noah.

Eli no tenía cuarenta años ni una voz baja que convertía las frases simples en daños persistentes.

Eli no había mirado a Ryan desde el otro lado de una mesa con culpa contenida.

Eli era una salida de emergencia con buena iluminación.

Ryan dio un paso.

Eli sonrió.

Ryan levantó la mano y tocó la manga abierta de la camisa de Eli.

Nada.

No nada absoluto. Había cuerpo, calor, posibilidad.

Pero no hubo ese pequeño reajuste interno, esa irritante concentración de sistemas que Daniel provocaba solo al quedarse quieto.

No hubo ganas de discutir. No hubo peligro.

No hubo la sensación de que alguien lo veía demasiado bien y aun así no lo simplificaba.

Ryan se odió.

Eli bajó un poco la voz.

—¿Está bien?

Ahí sí hubo algo. No deseo. Decencia. Eli estaba preguntando de verdad.

Ryan retiró la mano.

—Sí. No. Perdón.

Eli se apartó medio paso de inmediato.

—Todo bien.

—No estoy… —Ryan hizo un gesto inútil—. Mi sistema operativo acaba de lanzar una actualización no solicitada.

Eli lo miró un segundo y luego sonrió, menos seductor, más humano.

—Ex.

—No exactamente.

—Peor.

—Mucho peor.

—Entendido.

El drone, abandonado sobre la caja, emitió un pitido triste.

Ryan señaló.

—Creo que tu máquina también juzga mis decisiones.

—Mi máquina no puede permitirse juzgar a nadie. Se estrella contra papas.

Ryan soltó una risa con alivio suficiente para que doliera.

—Lo siento.

—No pasa nada. Gracias por no usarme como parche, supongo.

La palabra fue accidental. Ryan lo supo. Eli no sabía. No podía saber.

Parche.

Ryan miró hacia la niebla.

—Sí —dijo—. Últimamente estoy intentando no empeorar cosas con soluciones temporales.

—Ambicioso.

—Inconsistente.

Eli recogió el drone.

—Voy a bajar antes de que el viento termine lo que empezó mi incompetencia. ¿Vienes?

—En un minuto.

Eli asintió y se fue.

Ryan se quedó solo en la azotea, con la ciudad debajo sonando como una placa base enorme y mal ventilada. Sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Noah.

No-cita con Brandon actualizada a quizá-cita. No hagas comentarios horribles todavía. Necesito incubar.

Ryan sonrió.

Luego la sonrisa se le fue.

Abrió el chat con Daniel. Vacío desde el brunch. El cursor parpadeó cuando tocó la barra de texto.

Escribió:

Tenemos que hablar.

Borró.

Escribió:

No puedo seguir haciendo esto.

Borró.

Escribió:

Noah me escribió sobre Brandon y pensé en contarte porque eso aparentemente es el tipo de estupidez que mi cerebro hace ahora.

Miró la frase. Horrible. Demasiado larga. Demasiado cierta. La borró.

Guardó el teléfono.

Al bajar, Maya lo esperaba junto a la puerta de la escalera con los brazos cruzados.

—¿Tan malo fue?

—¿Qué?

—Eli. Te vi subir con un hombre guapo y bajar con la expresión de alguien que acaba de suspender una prueba que él mismo diseñó.

Ryan pasó junto a ella.

—Tu vigilancia viola varias normas comunitarias.

Maya lo siguió.

—¿Lo besaste?

—No.

—¿Porque no quiso?

—Porque yo no pude.

Maya no dijo nada durante tres pasos. Eso era casi misericordia.

—Ah —dijo al fin.

—Ya advertimos contra esa vocal.

—Esta vez era inevitable.

Ryan cogió otra cerveza de una mesa. Estaba caliente. La dejó sin abrir.

Maya lo condujo hacia una esquina menos ruidosa, junto a una estantería llena de manuales viejos, routers destripados y una planta sorprendentemente viva. La música golpeaba desde el otro lado, pero allí podían hablar sin gritar.

—No estás enamorado —dijo Maya.

Ryan se atragantó con aire.

—Gracias por introducir el concepto más horrible posible.

—Dije que no lo estás.

—Aun así contaminaste el entorno.

—Lo que tienes es peor en esta fase.

—No quiero tu taxonomía.

—Deseo con culpa, curiosidad con secreto y una amenaza directa a tu familia elegida.

Ryan la miró.

—Podrías haber dicho “mal timing”.

—Podría haber mentido.

Ryan apoyó la cabeza contra la pared. La pintura estaba fría.

—No sé qué hacer.

Maya dejó que la frase existiera. No la convirtió en chiste. No se apresuró a arreglarla. Eso hizo que Ryan quisiera retirar la confesión y también quedarse allí.

—Primero —dijo ella—, deja de probar con otros hombres como si Daniel fuera una variable reemplazable.

—No estaba—

Maya lo miró.

—Vale. Sí. Estaba.

—Segundo, decide qué le debes a Noah antes de decidir qué quieres de Daniel.

—No quiero nada de Daniel.

—Eli discrepa.

Ryan cerró los ojos.

—Quiero que no importe.

—Eso sí te lo creo.

—Fue una noche.

—No. Fue una noche y después un brunch y después un secreto y ahora una fiesta donde no puedes besar a un hombre guapo porque otro hombre te ocupa espacio mental como una aplicación mal cerrada.

Ryan abrió un ojo.

—Odio que uses analogías para mí.

—Son caramelos para que no muerdas.

—Funciona a medias.

Maya se apoyó a su lado.

Durante un rato no hablaron. En la sala, alguien celebró que una luz se encendiera en un prototipo. Otro alguien gritó que olía a quemado. La vida seguía: ridícula, comunitaria, llena de fallos menores.

—¿Vas a contarme quién es? —preguntó Maya.

Ryan miró al frente.