2 EL FALLO CONOCIDO #3
—Puedes ducharte si quieres. El agua caliente dura siete minutos si el vecino de abajo no decide lavar platos como si preparara una autopsia.
—Estoy bien.
—También tengo café.
Daniel miró la cafetera.
—¿Eso es café?
—Legalmente, en algunos condados.
—Paso.
Ryan se cruzó de brazos. La camiseta le caía torcida en el cuello.
—Qué delicado.
—Tengo estándares bajos, no suicidas.
Ahí. Ryan sonrió otra vez. Automático. Daniel lo había hecho sonreír sabiendo lo que sabía, y el placer de conseguirlo fue pequeño, sucio, humano.
Empezó a recoger su ropa.
Los vaqueros junto a la silla. Los calcetines en dos sitios distintos, cosa que no recordaba haber permitido.
La chaqueta sobre el respaldo, con las llaves en el bolsillo.
Cada gesto cotidiano parecía ahora una prueba incriminatoria.
Vestirse en el apartamento de Ryan era salir de una escena y entrar en otra peor.
Ryan se apoyó contra la mesa, sin ayudar, observándolo con una mezcla de sueño, diversión y algo más que Daniel no debía intentar nombrar.
—Eres muy silencioso por la mañana —dijo Ryan.
—Soy silencioso siempre.
—Anoche no.
Daniel se abotonó los vaqueros con menos coordinación de la habitual.
Ryan pareció satisfecho.
—Punto para ingeniería.
—No sé qué marcador llevas.
—Yo sí. Vas perdiendo dignamente.
Daniel se puso la chaqueta. La foto de la nevera seguía detrás de Ryan, visible sobre su hombro. Noah sonriendo entre ambos sin saberlo. La composición era tan cruel que parecía diseñada.
Daniel tomó el móvil.
Tenía dos mensajes de Noah.
No los abrió.
—Ryan.
Ryan levantó la mirada.
Ahí estaba otra vez el momento. Más estrecho ahora, pero todavía real.
Daniel notó la frase correcta formarse en la garganta.
Notó también el miedo detrás: Noah decepcionado; Ryan mirándolo como si Daniel hubiera usado la diferencia de edad no para cuidar, sino para administrar información; la noche convertida en algo turbio antes de que Daniel pudiera entender por qué le importaba tanto no perderla.
No había nada que entender. El deseo no necesitaba interpretación para causar daño.
—Lo de anoche —dijo.
Ryan tensó la mandíbula una fracción.
—¿Sí?
—No fue un error.
La frase era cierta y cobarde al mismo tiempo.
Ryan lo miró sin sonreír. Luego soltó aire, casi una risa.
—Muy generoso tu informe.
—No estoy siendo generoso.
—Ya. Control de calidad independiente.
Daniel asintió.
Ryan bajó la vista un segundo. Cuando volvió a mirar, la ligereza ya estaba otra vez colocada. No perfecta, pero funcional.
—Vete antes de que mi apartamento te cobre alquiler proporcional.
Daniel abrió la puerta.
El pasillo olía a humedad, detergente barato y aceite del taller de abajo. La planta medio muerta seguía junto al rellano con su nota: Free if you can save her . Daniel la miró un instante. Una hoja amarilla colgaba hacia el suelo.
Ryan apareció detrás de él, descalzo, apoyado en el marco.
—No adoptes la planta —dijo—. Tiene problemas de apego.
—Se nota.
—Además, ya tengo suficientes organismos intentando morir cerca de mí.
Daniel lo miró. La broma era de Ryan, pero debajo estaba la cena evitada, el brunch aceptado a medias, la foto en la nevera, Noah guardando comida. Todo lo que Daniel ya sabía y no estaba diciendo.
—Ve al brunch —dijo.
Ryan entornó los ojos.
—Qué insistente.
—El arroz guardado merece respeto.
—Eso suena a proverbio de alguien que tiene una olla arrocera cara.
Daniel casi se rio.
Casi.
—Nos vemos —dijo.
No sabía si era promesa, amenaza o una forma más elegante de no acabar una frase.
Ryan sostuvo el marco con los dedos.
—¿Sí?
Daniel debería haber dicho no. Debería haber cortado allí, bajar las escaleras, llamar a Noah, cancelar, confesar, hacer cualquiera de las cosas que una persona decente habría hecho antes de que el daño empezara a acumular intereses.
En cambio, dijo:
—Sí.
Ryan sonrió como si no importara.
Daniel bajó las escaleras con esa sonrisa siguiéndolo peor que una mano.
En la calle, la niebla había aclarado lo justo para mostrar las fachadas húmedas y los almacenes reconvertidos en oficinas donde alguien, en algún piso alto, ya estaría pagando demasiado por café frío.
Un camión de reparto bloqueaba medio carril.
Dos ciclistas discutían con el conductor.
La ciudad seguía funcionando mal y, aun así, funcionando.
Daniel sacó el teléfono.
Abrió los mensajes de Noah.
No olvides brunch. 11:30. Inner Sunset.
Debajo, el segundo:
Actualización: Ryan dice que va. No hagas tu cosa de silencio raro, por favor. Quiero que os caigáis bien.
Daniel se quedó parado junto a la acera.
Un Muni pasó lento, lleno de gente con auriculares, bolsas de gimnasio, párpados pesados. El viento le metió frío bajo la chaqueta. En la pantalla, el nombre de Noah parecía más grande que todo lo demás.
Daniel escribió: Allí estaré.
No añadió nada más.
No dijo: Ya lo conozco.
No dijo: Lo siento.
No dijo: Acabo de convertirte en el último en enterarte de algo que ya te pertenece.
Guardó el teléfono y echó a andar hacia la parada, con la mañana pegada a la piel y la certeza, precisa como un bug reproducible, de que acababa de elegir el peor modo posible de ganar tiempo.