2 EL FALLO CONOCIDO #2
—Eso ha sido hiriente —dijo Ryan.
—¿Lavar el vaso?
—Cuestionar mi infraestructura doméstica.
—Tu infraestructura doméstica tiene una soldadora junto a la cama.
—No es junto a la cama. Es diagonal a la cama. Diferencia crítica.
Daniel bebió agua para ganar tiempo. El cuerpo de Ryan en la cama era un argumento pésimo y muy convincente contra cualquier decisión adulta.
Tenía un hombro fuera de la sábana, la boca aún un poco hinchada, una tranquilidad fugaz que Daniel no había visto anoche.
Ryan despierto atacaba, esquivaba, convertía cada cosa en un comentario.
Ryan recién despierto parecía menos armado.
No más suave exactamente. Solo menos rápido para levantar muros.
Daniel no tenía derecho a disfrutarlo.
—¿Duermes siempre con piezas aeroespaciales en zona de impacto? —preguntó, porque preguntar otra cosa era peligroso.
Ryan miró el suelo, donde varias piezas habían migrado durante la noche.
—Duermo en un sistema de estímulos profesionales.
—Eso no significa nada.
—Significa que sí.
Daniel casi sonrió. Se quedó en casi. Sonreír demasiado habría sido indecente.
El teléfono volvió a pesarle en la mano.
Ryan lo notó.
—¿Trabajo?
Daniel miró la pantalla apagada.
—Familia.
La palabra salió antes de que pudiera editarla.
Ryan hizo una mueca comprensiva, o lo que para Ryan debía de ser comprensivo: un pequeño fruncimiento de nariz, como si la empatía fuera un olor fuerte.
—Mis condolencias.
—No es eso.
—Nunca es eso hasta que alguien te pide mover un sofá.
Daniel dejó el vaso en la encimera. La foto seguía allí, en el borde de su visión.
Noah sonriendo. Noah con el brazo sobre Ryan.
Noah, que a los quince años había fingido no llorar cuando Daniel quemó arroz por quedarse dormido después de un turno doble.
Noah, que a los veinticinco seguía mordiendo las uñas cuando se sentía tratado como un niño.
Noah, que confiaba en él de esa manera desordenada y absoluta que Daniel nunca había sabido merecer sin convertirla en obligación.
Ryan se levantó de la cama envuelto en la sábana y buscó ropa en el suelo.
Daniel apartó la vista tarde.
Ryan lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa fue una mirada muy poco nada.
—Estaba pensando que deberías apartar esa pieza antes de pisarla.
Ryan bajó la vista y movió el pie justo a tiempo para no clavarse un borde de plástico.
—Retiro la acusación. Tu mirada era útil y paternalista, combinación terrible.
La palabra le cortó a Daniel algo por dentro.
Paternalista.
Noah lo había acusado de eso una vez sin usar la palabra. No eres mi papá, Dan , había dicho a los diecinueve, con una rabia que todavía le daba vergüenza recordar. Y si vas a actuar como si lo fueras, al menos deja de fingir que solo eres mi hermano cuando te conviene.
Daniel había contestado mal. Por supuesto. Había dicho algo sobre alquiler, estudios, responsabilidad. Había ganado la discusión y perdido tres días de conversación con Noah.
Ahora Ryan estaba a un metro, sin saber que había pisado una mina.
—No era mi intención —dijo Daniel.
Ryan se puso una camiseta vieja de una startup muerta. Le quedaba demasiado grande en los hombros y demasiado bien en todo lo demás.
—Relájate. Si me ofendiera cada vez que un hombre mayor intenta salvarme de mi propio suelo, no tendría tiempo para comer.
Daniel dejó salir una respiración lenta.
—¿Comes?
—Conceptualmente.
—Ryan.
El nombre salió con más cuidado del debido.
Ryan levantó las cejas.
—Uy. Nombre completo de una sílaba emocional. ¿Estoy en problemas?
Sí.
No.
Todos lo estaban.
Daniel pudo decirlo entonces. Tenía el momento.
Ryan estaba despierto, sobrio, de pie, mirándolo con curiosidad y una diversión todavía intacta.
Bastaba con una frase. Conozco a Noah. Tres palabras.
Luego el resto. Luego la incomodidad. Luego la decisión de Ryan, que Daniel no tendría derecho a dirigir.
Bastaba con no ser cobarde.
El teléfono de Ryan vibró sobre la mesa.
Ryan lo cogió. La pantalla se iluminó y el nombre de Noah apareció allí también, como si la habitación hubiera decidido dejar de permitir evasiones.
—Hablando de comer —dijo Ryan, leyendo—. Mi fiscal de nutrición exige prueba de vida y brunch en Inner Sunset.
Daniel sintió que el cuarto se estrechaba.
Ryan tecleó con una mano.
—Le voy a decir que quizá.
—Deberías ir.
Ryan lo miró por encima del móvil.
—¿Estás intentando librarte de mí desde mi propio apartamento?
—Estoy diciendo que la gente que guarda comida suele merecer respuesta.
Ryan se quedó quieto.
La frase era demasiado seria. Daniel lo supo al verla aterrizar. Ryan bajó un poco el teléfono, la cara todavía abierta por el sueño y ahora cruzada por esa cautela rápida que probablemente había aprendido antes de que alguien pudiera llamarla carácter.
—Noah es persistente —dijo.
Daniel mantuvo el vaso entre las manos para no hacer nada más.
—¿Noah?
—Mi mejor amigo. Bueno. Una de mis dos personas legalmente autorizadas para insultarme antes de las diez. Maya es la otra, pero ella no espera autorización.
Daniel asintió.
Solo eso.
Asintió, como si no supiera quién era Noah.
Como si el nombre no le hubiera vivido en la casa durante veinte años.
Como si no hubiera firmado formularios escolares, pagado depósitos de alquiler, aprendido recetas que Noah comía cuando estaba ansioso, esperado despierto detrás de puertas cerradas, contestado llamadas a medianoche, guardado cada versión de su hermano menor dentro de una memoria que ahora convertía aquella cama en una escena imposible.
Ryan lo observó un segundo más.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez nada. Tu sistema operativo abusa de esa palabra.
Daniel apoyó el vaso en la encimera.
—No dormí mucho.
Eso sí era verdad.
Ryan sonrió, lento y satisfecho, y lo peor fue que Daniel quiso devolverle la sonrisa.
Quiso cruzar el cuarto, tocarle la cintura, poner la boca en esa línea insolente y callarlo por medios menos culpables.
Quiso la versión de la mañana donde Noah era solo un nombre común, donde Ryan no tenía una foto en la nevera, donde Daniel podía permitirse ser el hombre del bar y nada más.
Ryan dio un paso hacia él.
Daniel no retrocedió.
Error.
Ryan le tocó el borde de la camiseta con dos dedos.
—¿Te quejas?
—No.
—Parecía una queja.
—Era una observación de rendimiento.
—QA hasta después del sexo. Trágico.
Daniel bajó la vista a la mano de Ryan. Tenía cortes pequeños en los nudillos, una línea de grasa vieja cerca de la uña, piel caliente. Una mano capaz de diseñar piezas que toleraran presión y también de aferrarse a la espalda de Daniel como si quisiera desmontarlo.
—No fue trágico —dijo.
Ryan parpadeó, y por primera vez pareció un poco descolocado. No mucho. Lo justo para que Daniel se sintiera peor.
—No —dijo Ryan, más bajo—. No lo fue.
La habitación se quedó sin humor.
El silencio que siguió no era incómodo todavía.
Podía haberse convertido en otra cosa. Daniel lo sabía.
Ryan también, aunque quizá le habría puesto otro nombre para no regalar demasiado.
La sábana seguía deshecha. La ciudad golpeaba metal contra metal afuera.
La foto de la nevera esperaba, obscena en su inocencia.
Daniel dio un paso atrás.
Tenía que hacerlo antes de tocarlo.
—Debería irme.
La cara de Ryan se cerró un grado. No herida. No exactamente. Más bien una persiana bajando antes de que alguien pudiera ver si había luz dentro.
—Claro.
Daniel odió ese claro . Rápido. Flexible. Diseñado para fingir que no había nada que perder.
—Tengo que pasar por casa antes del brunch —añadió.
La frase salió mal.
Ryan frunció el ceño.
—¿También tienes brunch?
Daniel sintió el fallo abrirse bajo sus pies.
Podía arreglarlo.
Podía decirlo ahora.
Sí. Con Noah. Con tu Noah.
El móvil de Daniel vibró otra vez. No lo miró. No hacía falta. La omisión ya había desarrollado pulso propio.
—Algo así —dijo.
Ryan lo estudió.
Daniel sostuvo la mirada porque apartarla habría sido más sospechoso. Había mentiras que no requerían palabras; Daniel acababa de descubrir que también podían mantenerse con una expresión tranquila.
Su defecto central, Grace le había dicho una vez, era que confundía estar en silencio con no hacer daño.
Grace tenía demasiada razón para ser cómoda.
Ryan señaló el baño con la barbilla.